Capítulo 5. Contacto

 Escena 17: Arriving at the formal- Labrinth

Una vez en el hall, la profesora Leabhar volvía a estar delante de la puerta dorada, subida a un escalón y resaltando de entre la multitud.

-Buenas tardes de nuevo. Hoy no haremos visita por la Escuela debido al poco tiempo del que disponemos hasta la cena. Mañana a primera hora de la mañana comenzará la ruta, para que después del almuerzo puedan acceder a las clases de presentación con normalidad. Son actualmente las siete y media de la tarde. Tienen exactamente una hora libre para recoger las maletas en el descansillo de la segunda planta e instalarse, pasear por el hall, conocerse entre ustedes... A las ocho y media, quiero verles a todos aquí. Les llevaré al comedor para la cena.

Ayna caminaba hacia la zona de las maletas cabizbaja, temerosa del momento en el que el profesor Teinset apareciera para enviarla a otra habitación con gente desconocida, a la que realmente tendría que conocer antes o después. Elvia iba a su lado, tenía los labios apretados y las cejas formando una línea recta sobre sus ojos. Buscaron sus maletas entre el montón y se dirigieron hacia las escaleras de caoba. Algunos grupos de alumnos se quedaron en el hall charlando, otros subieron junto a las chicas. Ayna sentía sus piernas tensarse y destensarse con el esfuerzo de la subida, con la maleta en brazos. Intentando controlar la respiración, se fijo en las dos personas que iban delante suya. A la izquierda, un chico alto de pelo negro alborotado. A su lado, una chica algo más baja que llevaba el rizado pelo dorado recogido en un moño. Ambos charlaban animadamente. Con disimulo, giró la cabeza para contemplar a Elvia. No había sido consciente de lo alta que era hasta ese momento.

 Una vez arriba, se acercó al mueble de las llaves, buscando la de su puerta gris. Sin embargo, la pieza no se encontraba en la posición en la que la estaba cuando la cogió por primera vez. Empezando a ponerse nerviosa, se volvió para mirar a la entrada de la habitación. Elvia la esperaba apoyada en el quicio de la puerta, con los brazos cruzados y la mirada perdida. Por un momento, le tembló el paso y tuvo que obligar a sus pies a que no dejaran  de caminar en dirección a la chica. Cuando estuvo frente a ella, le dijo que no sabía dónde estaba la llave. Vio como Elvia levantaba las cejas, sorprendida. Las palmas de Ayna comenzaron a sudar.

-Podemos ir a buscar al profesor Teinset… total, va a venir a buscarnos para encasquetarnos en alguna habitación en cualquier momento… -De repente, oyeron ruidos en el interior del dormitorio. Las chicas se miraron, dudando en si abrir la puerta o no. Ayna no pudo evitar de nuevo acercarse al pomo y empujarlo hacia abajo con delicadeza. Se oyó un golpe, y eso fue incentivo suficiente para que entrasen rápidamente en el dormitorio buscando el origen del alboroto. Una masa de pelo rizado se movía de un lado a otro de la habitación, tirando cosas al suelo a su paso. Había varias maletas encima de las camas de arriba, y un par más abiertas y echas un caos en las de abajo. Ayna miró hacia atrás, encontrándose con la expresión incrédula de su compañera. Cuando giró de nuevo la cabeza, ya no había movimiento. La masa de pelo rizado estaba agachada en el suelo, rodeada de papeles. Elvia se situó junto a ella y carraspeó. La chica a la que pertenecía la mata de rizado pelo miró hacia arriba y se levantó. Ayna no pudo evitar fijarse en la diferencia de altura entre la una y la otra, siendo la última notoriamente más pequeña. Iba vestida con un peto rosa bastante simpático.

-¿Qué hacéis en mi cuarto? –preguntó. Elvia dejó escapar una risa irónica.

 -¿Tu cuarto? Perdona, pero la llave que tienes tirada en el suelo es nuestra. Nosotras la vimos antes –le replicó con cierto rencor. La chica bajita parpadeó un par de veces, recorrió de arriba abajo a la morena y siguió recogiendo sus papeles. Ayna se agachó y empezó a recoger con ella en silencio.  Elvia se unió con una extraña sonrisa en la boca. Unos segundos más tarde, las tres chicas habían conseguido limpiar el suelo del dormitorio sin decir palabra de lo que resultaron ser fotos de un joven con diferentes atuendos.

 –Gracias, en serio. No hacía falta. Tenía toda la noche para hacerlo –dijo sonriente. Elvia estuvo a punto de recriminarle algo, pero Ayna la frenó.

 –Lo que mi… lo que mi amiga quería decirte antes era que cuando hemos estado eligiendo habitaciones con el profesor Teinset, nosotras escogimos esta, y no recordamos haberte visto cuando estábamos examinándola por primera vez – Intentó ser compasiva y autoritaria a la vez, pero el resultado fue una mezcla entre una madre que regaña a su hija pequeña y un portero de discoteca a quien nadie toma en serio.

–Ah, pues vaya… He llegado tarde, muy tarde hoy, y me he perdido todas las charlas explicativas del primer día. He venido literalmente al mismo tiempo que las maletas. De todas maneras, dudo mucho que nos obliguen a mantener la misma habitación desde el primer día. Es un poco ilógico, teniendo en cuenta que nos tendremos que ir conociendo, ¿no? –se explicó. Elvia dejó escapar una risa suave.

–Es verdad… -Ayna, al ver esta reacción relajó un poco los músculos de su cuerpo. No quería que la pequeña bronca interna que habían tenido antes de la cena afectara a la posibilidad de socializar.

–Soy Elvia, y a mí personalmente no me importaría compartir la habitación contigo si quisieras. –dijo amablemente la morena. La chica del pelo rizado abrió mucho los ojos, y pasó su mirada de una a otra con velocidad.

–Yo tampoco tengo ningún problema –terció Ayna, sonriendo ya ampliamente.  –Yo me llamo Ayna, aunque puedes llamarme Ayn, encantada –se presentó.

–Yo soy Daniela, podéis llamarme Dani y sois mis salvadoras –respondió eufórica la tercera. Las tres rieron con ganas, soltando así la tensión del encuentro.

Una vez dentro, se centraron en deshacer el equipaje. Descubrieron que había armarios empotrados individuales a la altura de cada cama, escondidos en la pared para no ocupar espacio. Estos tenían tres baldas donde distribuir la ropa y el calzado que usarían diariamente. Por lo tanto, tenían que escoger en qué cama iban a dormir. Elvia y Daniela eligieron las dos de arriba, quedándose Ayna con la de abajo que estaba más a la izquierda. Decidieron que la cama sobrante la usarían para colocar cosas que no les hubieran cabido en los armarillos, a no ser que llegase alguien más. Mientras completaban la tarea, pudieron conocerse más entre ellas, aunque aún con timidez. Ayna ya empezaba a degustar ese sabor a hogar que esperaba desde que subió al tren. En el exterior se escuchaban voces y risas.

Daniela resultó ser la mayor de ocho hermanos. Ayna alucinaba con la tremenda paciencia que debía tener la chica para tratar con tantos niños pequeños.

–Todos los domingos nos sentábamos en el salón a ver dibujos animados, porque a mí me encantan. Mis compañeros me dicen que ya soy lo suficientemente mayor como para ver eso, pero a mí sinceramente me da igual. No me importa que vaya a cumplir diecisiete, ese tipo de series no tienen edad –Ayna miraba a Daniela con cierta admiración. Sonrió de medio lado mientras oía su historia.

–Por cierto, ¿quién es el chico que aparecía en tus fotos? –le preguntó, curiosa. La joven se sonrojó levemente mientras doblaba un pantalón, y Ayna temió haber querido ir demasiado lejos.

–Es un cantante australiano, se llama Sugar Beast. Bueno, es más bien rapero. Pero también baila, compone y produce. Y es guapísimo –Elvia dejó escapar una risa nerviosa desde su cama, donde dividía su ropa para guardarla ordenada. -No me digas que le conoces. ¿Tú también le sigues? No puede ser. ¡No he conocido nunca a nadie a quien le guste Sugar Beast! –En un instante, ambas comenzaron a alabar las virtudes del artista, dejando a Ayna con la boca abierta. Daniela recordaba muchos datos de la biografía del cantante, y los recitaba sin olvidar detalle. Aprovechó que no tenía nada que aportar a la conversación para terminar de guardar sus cosas y revisar su teléfono móvil por primera vez en toda la tarde. Lo había tenido guardado todo el rato en uno de los bolsillos internos de la maleta. Se sentó en su cama y desbloqueó la pantalla.

Escena 18: Glinding Flight- Norman Dück

Tenía varios mensajes sin abrir. «Te voy a echar de menos, aunque no te lo dijera ayer… Espero que me mantengas informada de TODO, sobre todo de si hay algún chico interesante ;)», le enviaba Val. «Me he quedado sin querer con la pelota de Jack… avísame cuando vayas a volver para tenerla preparada. Y no dudes en llamarme si te da algún mareo de esos tuyos. ¡Ya me cuentas qué maravillas te encuentras por allí!», escribía Roy. Ayna se encontró a sí misma sonriendo. No habían pasado ni veinticuatro horas y ya los echaba de menos. Miró disimuladamente a Elvia y a Daniela, que conversaban aún con gran énfasis en sus gestos, y una calidez hogareña se instaló entonces en su pecho. Si ellas iban a ser sus compañeras en todo aquello, estaba segura de que iba a estar bien rodeada. Exhaló con suavidad y redirigió su atención al teléfono. Su madre le había enviado un mensaje de voz. Se acercó el móvil a la oreja y distinguió la voz de su hermano: «Ayn, hazme el favor de ser buena y no te apegues mucho a la vida casi universitaria que vas a tener ahí dentro. Espero que los profesores no sean unos carcas que os tengan todo el día leyendo textos de química cuántica». Oyó cómo su padre lo interrumpía: «física cuántica, cariño. Ayna, vuela todo lo alto que puedas. Aquí en casa no te vamos a echar de menos para nada. De hecho tu madre no está llorando ahora mismo por ti, ¿a que no, Lena?». De fondo se escuchaba una risa sofocada en sollozos. A Ayna se le encogió el corazón. Se mordió el labio inferior mientras miraba al suelo con los ojos algo llorosos. «Hija, es que me ha dado un ataque de echarte de menos… y es el primer día. Si os dejan, llámanos de vez en cuando, anda. Tu hermana se ha pasado el día llorando, y Jack lleva todo el día en tu cuarto. Pásalo bien, y aprende mucho, te queremos.» A la despedida se unía la voz de su hermana pequeña, gangosa por haber estado llorando. Ayna parpadeó un par de veces y dejó que las lágrimas acumuladas resbalaran por sus mejillas. Encogió las piernas y las abrazó, apoyando la frente en las rodillas. Los iba a echar tanto de menos… Sabía que a veces se encerraba en su habitación para descansar de ellos un tiempo, pero eso no significaba que no les quisiese. No se lo expresaba a menudo, y en ese momento se arrepentía de ello.

Levantó la cabeza y se limpió la cara con el dorso de la mano. Tecleó un mensaje de agradecimiento a sus amigos y a su familia y apagó la pantalla con delicadeza. Tras unos segundos de respiraciones profundas, salió de la cama y sonrió a sus compañeras.

-Chicas, voy a salir a explorar un poco al descansillo. Necesito un poco de aire. –Al parecer, habían oído algo del mensaje de voz de su familia, porque en sus miradas había ternura. Elvia le frotó el brazo que tenía más cerca con cariño.

-Claro. Nosotras saldremos después. Déjanos la llave.

Ayna salió del dormitorio con paso lento. Una vez en el pasillo, aspiró el aroma a madera que inundaba el ambiente. Las luces estaban apagadas, pero había algo parecido a dos hileras de antorchas que iluminaban tenuemente el lugar. Subió los dos escalones que le separaban del corredor principal y se acercó a observar una de ellas más detenidamente. Bajo un cilindro abierto de cristal que se estrechaba en su parte superior, una vela con dos mechas se consumía lentamente. A Ayna le pareció fascinante cuánta luz eran capaces de ofrecer unas llamas tan pequeñas, y a la vez le pareció una agradable forma de ahorrar energía eléctrica. Continuó paseando con las manos detrás de la espalda, observando todo a su alrededor. Había varios grupitos de alumnos aquí y allá, compartiendo experiencias y conociéndose. La chica del pelo rojo con la que Ayna había hablado durante la explicación del profesor Teinset reía a carcajadas rodeada de varios alumnos más. Ayna sintió la poco familiar sensación de acercarse y entrar en la que, parecía ser, una divertida conversación. Una de las chicas del grupo se encontró con la mirada de Ayna y sonrió. Esta le devolvió el gesto. En lo poco que había durado el contacto visual, había podido notar la palidez de la piel de la muchacha, además de su curioso tono de pelo, de un rubio casi blanquecino. A su cabeza volvió de nuevo el pensamiento de que todos esos chicos tenían habilidades mentales. Las mariposas de su estómago aún tenían energía suficiente para provocarle cierto nerviosismo constante. El inicio no había ido tan mal como imaginaba. Había tenido mucha suerte de haber conectado con Elvia y Daniela tan pronto. Quizás, estaba llegando el momento de desprenderse de su desconfianza y de abrirse a la gente que la iba a rodear los próximos meses.

Escena 19: Deviltown- Cavetown

Pensaba esto cuando llegó a la puerta del baño femenino. Entró con la intención de echarse agua en la cara, y agradeció que hubiera señas dibujadas en la pared porque la misma entrada al servicio se hacía un tanto liosa. Allí la luz sí que era artificial. Un fuerte pero agradable olor a limpio la invadió de pronto. Los baños estaban divididos por sexos, y aquel pertenecía a las chicas. Contaba con un gran espejo y varios grifos comunes. Además, albergaba cuatro subdivisiones del espacio que correspondían a cada dormitorio, cuya puerta compartía color con la del cuarto al que perteneciese. Era como tener un servicio por habitación, pero colocados dentro de uno mayor. Sintió interés por ver cómo sería por dentro el suyo, pero la llave (que supuso sería la misma que la del dormitorio) la tenían Elvia y Daniela.

Se acercó a los grifos, y pasó la mano por debajo. Un chorro de agua fría empapó las manos de Ayna. Se las llevó a la cara rápidamente. Sin embargo, allí no había toallas para secarse. Dejó escapar un bufido y se secó con las mangas de su sudadera. Se fijó en el grifo y quedó paralizada. ¿Cómo demonios había sabido que aquellos grifos no se abrían como los convencionales, sino pasando las manos por debajo? Abrió los ojos con perplejidad. No tenía sentido. De nuevo, su intuición era la que la había guiado de manera inconsciente. Hizo una mueca de extrañeza y giró sobre sus pies para regresar a las habitaciones. De repente, todo se quedó oscuro y Ayna se quedó quieta, sin saber qué hacer. Apretó la mandíbula y encogió el cuerpo. Tras unos breves instantes, todo volvió a iluminarse. Sin embargo, algo había cambiado en la visión de la chica. Ahora había una persona, inquietantemente parada frente a ella, mirando hacia el suelo. Ayna contuvo la respiración y tensó sus músculos.

-¿Ho… hola? ¿Has apagado tú la luz? –le preguntó, consciente de que no obtendría respuesta. Intentó dar un paso hacia adelante y salir de allí, sintiéndose bastante incómoda e intranquila. Dos ojos felinos se clavaron en ella a través de unas gafas redondas, y un escalofrío la recorrió de arriba abajo. –Si necesitas que me vaya o algo… -dijo titubeante. Sin formular palabra, la misteriosa chica dio media vuelta y salió del baño arrastrando los pies. Ayna permaneció inmóvil durante unos segundos, esperando a que estuviese lo suficientemente lejos como para no volver a encontrársela. Luego, se fue hacia la habitación dando pequeños saltitos para llegar más rápido. Cerró la puerta una vez dentro y se sentó en la cama que nadie ocupaba.

Elvia y Daniela habían desaparecido. La cabeza le daba vueltas, había sido un día muy largo con muchas emociones y ya solo podía pensar en descansar. Apagó la luz del techo, encendió la lamparilla que había junto a su cama y se tumbo boca arriba. Cerró los ojos, y dejó que su mente paseara por todo lo que había sucedido en aquella jornada. Cuando ya sentía que su cuerpo pesaba más que sus ganas de seguir despierta, escuchó voces que se acercaban por el pasillo hasta entrar por la puerta haciendo bastante ruido con el pestillo. Ayna se levantó demasiado rápido y se golpeó la sien con la litera de arriba. Tras unos segundos de absoluto mareo y desconcierto, logró enfocar su mirada en los ojos verdosos de Daniela, que se abrían con preocupación mientras se llevaba una mano a la boca.

-¿Estás bien? –le preguntó. La rubia no lograba articular palabra, y solo consiguió dejar escapar una risa nerviosa. Elvia, que también acababa de llegar, le siguió el gesto y comenzó a reír. El repentino dolor de Ayna comenzaba a desaparecer paulatinamente.

–Me da miedo preguntar dónde habéis estado – A juzgar por el intercambio de miradas de sus compañeras, supuso que habían hecho algo emocionante.

–Pues después de ponernos al día con nuestros temas de Sugar Beast favoritos y viendo que te habías ido, fuimos a buscarte y nos encontramos con un grupo de gente bastante simpática en el descansillo alto. ¡Aquí la gente mola muchísimo! Hacen cosas muy guays, como controlar cosas magnéticas, teletransportar objetos, hacer fuego con las manos… -¿Fuego? Recordó a la chica de rojo, y a su bola de fuego. Siguió escuchando con atención mientras se frotaba la zona del golpe. Daniela continuó explicándole cómo un grupo de alumnos había empezado a hablar muy fuerte en el pasillo y ella y Elvia habían salido, encontrándose a varios de ellos jugando con chatarra pequeña. Alguien la hacía levitar, otra persona congelaba la pieza y una tercera la reparaba cuando esta caía por su propio peso y se partía en mil pedazos. Mientras tanto, Ayna deshacía su cama y la preparaba para irse a dormir. Escuchando a las chicas, el sueño que la invadía hacía unos minutos iba desapareciendo poco a poco. Estaba muy interesada en la conversación, aunque no decía palabra.

–Fabio es un encanto. Llegué con él a la hora de las maletas, así que también ha tenido que colarse en una habitación ya ocupada como yo. Es un chico negro bastante alto, viste muy bien, seguro que lo reconoces en el comedor – Al escuchar aquellas palabras, Ayna se irguió con las cejas levantadas y la boca entreabierta.

-¿Os podéis creer que con la cosa de salir mi cabeza había asimilado que ya era hora de irse a dormir? Mirad, he desecho hasta la cama. En fin… qué día más largo –Las muchachas volvieron a compartir una carcajada. Ayna negaba con la cabeza, con la punta de sus orejas del tono de una cereza.

-¿Y tú? ¿A dónde has ido? –Ayna iba a responder que simplemente a explorar los baños, pero a su mente regresó la misteriosa chica que se encontró allí.

–Yo… salí a investigar, y acabé en el baño. Es algo lioso, pero nos acostumbraremos. Me crucé con una chica de pelo negro corto, llevaba gafas y estaba quieta en medio del baño. Fue muy raro, porque justo antes de que apareciese se había apagado la luz unos segundos. Que a ver, puede sonar algo exagerado pero- No pudo terminar la frase, ya que en ese momento, unos golpes en la puerta interrumpieron inesperadamente a las chicas.

 –Será algún profesor o alguien que viene a… uy, ¡hola! –Daniela había abierto la puerta a una chica de baja estatura, que miraba al suelo a través de unas gafas redondas. El pelo oscuro le caía sobre ambas mejillas, y el flequillo impedía a las chicas distinguir su rostro con claridad. En cuanto Ayna la reconoció, dio un diminuto brinco y se agarró al brazo de Elvia, que también se sobresaltó por la reacción de su compañera.

-Es esa, esa es la chica rara del baño –le susurró. El silencio se apoderó de la habitación, las tres jóvenes esperaban que la recién llegada se presentase, pero eso no sucedió. Fue Daniela quien, con amabilidad, se acercó a ella.

-¿Podemos ayudarte en algo? –preguntó con tono suave. Por fin, la misteriosa chica levantó la mirada y mostró lo que parecía ser una sonrisa.

–Me llamo Segna, y venía a pediros que si me puedo quedar con esta cama –dijo señalando la litera de abajo más próxima a la puerta. A Ayna le recorrió un escalofrío de disgusto. Se soltó de Elvia y le dio la espalda a la nueva inquilina. Con un bufido disimulado, se dedicó a colocar bien las sábanas de su cama.

–Por mí no hay problema. Pero no creo que te dejen… puedes consultarlo con algún profesor durante la cena–oyó decir a Elvia. – ¿Alguna viene conmigo abajo ya? Son las ocho y veinte–pidió tímidamente. Daniela y ella salieron, dejando de nuevo a Ayna sola con la chica misteriosa. Esta última caminó hacia la ella.

–Tienes los ojos azules –soltó con voz suave. Aún agachada, la otra chica se quedó quieta, perpleja y sin saber qué responder a aquello. -Siento lo de antes, no soy muy buena conociendo gente –se disculpó. Ayna subió la cabeza y miró a la chica por primera vez a los ojos. Sorprendentemente, le transmitieron una paz inexplicable que la dejó completamente fuera de juego. Era como si hubiese establecido contacto visual con un cachorro inocente.

–Tranquila, solo me asustó que justo en ese momento se apagase la luz. No me lo esperaba. –respondió, intentando sonar convincente.

–Por eso también te tengo que pedir disculpas… fui yo quién hizo que desapareciese la luz, tengo umbraquinesis. Es difícil de controlar, por eso se me fue de la mano cuando entraste en el baño. No tenía planeado cruzarme con nadie –Ayna torció la cabeza, bastante más calmada.

-¿Umbraquinesis? Perdona mi ignorancia, pero no sé en qué consiste –Segna le contó que podía controlar las sombras con su mente, que no llegaba a apagar la luz porque la corriente seguía fluyendo, pero las zonas más oscuras invadían el espacio a voluntad del portador de esta habilidad. Le hizo una demostración algo torpe intentando cubrir la única lámpara que estaba encendida en el dormitorio, creando un contraste de luces y sombras descontrolado. Ayna no pudo más que reír ante los gestos exagerados que hacía Segna con el rostro. Hasta que esta se cansó y miró con el semblante serio a su compañera.

–No voy a dormir aquí siempre como vosotras. Tengo otra habitación más pequeña para mí sola en la planta de abajo. Ahí estaré las noches que no pueda dormir, que serán la mayoría, para no despertar a nadie atrayendo y deshaciendo luces –Ayna no entendió muy bien aquello, pero se limitó a asentir con la cabeza y a observar cómo la chica daba media vuelta y desaparecía del cuarto como si nada. Junto las manos sobre el pecho y tamborileó con los dedos. A partir de entonces estaría más atenta a su alrededor, no fuera a ser Segna apareciese repentinamente en su campo de visión y volviese a darse un buen susto. Sacudió la cabeza y salió de la habitación para bajar al hall, confiando en que la llave la tuvieran sus compañeras.

Abajo, por tercera vez desde que llegaron, los alumnos se iban agrupando frente al portón dorado a la espera de la llegada de la profesora Leabhar. Ayna se puso de puntillas para buscar el pelo rizado de Daniela entre la gente, aunque no le fue difícil localizarla. Mientras caminaba hacia ella, se cruzó con el chico alto que sus compañeras le habían descrito antes: Fabio. Ambos se sonrieron tímidamente al pasar. A Ayna le había bastado aquel corto contacto visual para descubrir cuan bello era el rostro del muchacho. Estuvo a punto de girarse para contemplarle de nuevo, pero no lo vio adecuado. Cuando llegó a donde estaban sus compañeras, Dani le saludó con la mano y una amplia sonrisa.

-¡Ese era Fabio! ¿A que es guapísimo? –dijo levantando la voz para hacerse oír entre los murmullos de la gente.

-Yo creo que tiene que ser modelo o algo. Solo hay que fijarse en la forma de andar –secundó Elvia. Ayna asintió. Observó a la gente de su alrededor. A lo lejos le pareció distinguir a la chica rubia que le había sonreído la noche anterior en el descansillo. ¿Cuántos cursos habría allí? El conserje les había dicho que llegarían tarde a la “reunión de los de primero”. ¿Acaso había más cursos? Si era así, le parecía que no había demasiados alumnos. Contó por encima unos treinta. En los institutos normales, cada clase se llenaba con casi treinta estudiantes. Quizás todos los que estaban allí conformarían una única clase… aunque claro, no estaban en un instituto normal. Estaban en la Escuela Élmeros de la Mente. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Ayna de la cabeza a los pies.

-Muy bien, jóvenes. Me gusta la puntualidad, y me sorprende gratamente que la tengan en cuenta el primer día de clases. Como ya les informe con antelación, ahora procederemos a desplazarnos al piso subterráneo, donde está el comedor. Allí les explicaré una de las normas más importantes para la convivencia en la Escuela: los turnos de ayuda –Leabhar había aparecido de nuevo alzándose por encima de los jóvenes.

Escena 20:

Con paso enérgico, la profesora Leabhar lideraba la comitiva que se dirigía hacia las escaleras de caoba por las que los alumnos subían a sus habitaciones. En vez de avanzar por la de la derecha, lo hizo por la de la izquierda, que iba hacia abajo. La luz era cada vez más escasa a medida que bajaban escalones.

El comedor era amplio, con techos altos y paredes de piedra gris. Los ventanales por los que entraban los últimos vestigios de luz solar estaban situados en la parte más alta de la pared. Era evidente que se encontraban bajo el nivel del suelo. No había apenas decoración. Avanzaron unos pasos, y Ayna descubrió en el lateral derecho una puerta de madera entreabierta, de la que salían ruidos metálicos y carcajadas. También de allí salía un humo delicado que llenaba el comedor de una mezcla de ricos aromas.

-Esa que ven ahí escondida, es la puerta que conecta el comedor con la cocina de la Escuela. Ahí trabaja un maravilloso equipo de seis cocineros y cocineras nobis (es decir, sin habilidades mentales) que lo dan todo por alimentarles bien. Como podrán imaginar, es una tarea difícil y costosa. Es por ello que van a necesitar de toda la ayuda posible. Ustedes son personas cercanas a la adultez, que seguro habrán querido saborear alguna vez la independencia. Bien, pues la cocina es un pilar fundamental para llegar a ese punto. No os darán clases, pero si podréis aprender echando una mano. Se lo explicaré con más detalle una vez tomen asiento. Por favor.

Los alumnos no tardaron en buscar un lugar donde sentarse. Había aproximadamente unas diez filas de mesas fabricadas con madera de árbol natural, colocadas de forma paralela y horizontal. Los bancos eran del mismo material, y a pesar del aspecto rústico, Ayna encontró muy cómodos aquellos asientos. No era para anda el tpo de comedores al que estaba acostumbrada a ver en películas o series, y eso le daba un ambiente muy especial. En general, Élmeros no se parecía en nada a lo que ella se había imaginado que sería una escuela. A excepción de la torre, claro.

Las tres chicas escogieron una mesa que estaba situada más o menos en el centro, y esperaron a que algunos compañeros más se sentasen a su lado. Entre todos, solo ocuparon cuatro de las mesas disponibles. La profesora Leabhar dejó escapar un suspiro al percibir este detalle.

Ayna observó a ambos lados. Sus amigas estaban a sus costados, y una chica con hijab se había situado frente a ella con una sonrisa como presentación.

-Ha llegado el momento de que les dé su primera lección de ética. Élmeros es un internado, lo que supone, como es evidente, un elevado nivel de convivencia. Aquí van a dormir, comer, asearse… y no pueden hacerse una idea de lo dificultoso que resulta a veces convivir de esta manera. Sin que ello intervenga de forma negativa en sus estudios y avances académicos, deberán formar parte de un plan de repartición de tareas. El mantenimiento de las zonas de convivencia está supervisado y dirigido por nuestro equipo de limpieza. Pero les rogamos que, durante esos dos días intermedios, tengan la decencia y el civismo de ayudar en todo lo que puedan. Siempre hay dos profesores de guardia durante los horarios externos a las clases, y el conserje también vive aquí. En aquella pared del final, hay un tablón de corcho con un par de cuadrículas para que ustedes vayan apuntando lo que hacen respecto al mantenimiento. Pueden establecer unos turnos flexibles a los que amoldarse para que haya cierto orden. Bien, pues si no hay ninguna pregunta… ¿sí? -Leabhar se vio interrumpida por un joven que alzaba una mano en señal de pedida de palabra. El chico llevaba unas gafas exageradamente grandes, y el pelo teñido de un rosa desgastado.

-Ahora mismo ocupamos apenas cuatro de las diez mesas disponibles. ¿Deberíamos sentarnos siempre en el mismo sitio para no mezclarnos con otros cursos?

Aquella pregunta había revoloteado también por la cabeza de Ayna. Se giró para ver con claridad la respuesta de la maestra. Le sorprendió ver como su semblante temblaba levemente, como una columna que amenaza con caer.

-No hay “otros cursos”. Ustedes son el Año Formativo, “los de primero”. Serán la única promoción de alumnos que pasen este año por la Escuela -El silencio sumió al comedor en una atmósfera tensa, en cierto modo triste. -Si tienen más cuestiones acerca del por qué de este factor, tengan la paciencia suficiente como para esperar a sus primeras cases de historia.

La mención de la existencia de una asignatura llamada “Historia” había despertado cierto murmullo de disgusto entre los estudiantes.

-Por último, aclararles que la cena de hoy es de bienvenida, por ello será abundante y variada. A partir de mañana por la mañana, deberán indicar en un parte que les ofreceremos cuáles son sus alergias.

La cena transcurrió con normalidad mientras los jóvenes charlaban animados. La chica que estaba sentada frente a Ayna parecía ser muy sociable, estaba enfrascada en una intensa conversación con un par de chicos que también estaban colocados en aquella mesa. Elvia disfrutaba de la comida sin decir palabra, moviendo la cabeza de vez en cuando para dar señal de que atendía a lo que le decían. En contraste, Daniela no paraba de parlotear acerca de lo mucho que le había sorprendido el maravilloso sabor de la cena. No era la primera vez que pasaba por un internado, por lo que tenía experiencia en temas de convivencia.

-Estuve solo un año porque mis padres creían que, de mis hermanos, era la más independiente. ¡Por esa época no cabíamos en nuestra propia casa! Fue una locura de curso.

Ayna tampoco estaba muy participativa. Se limitó a observar a los chicos y chicas de su alrededor. Algunos comían con energía, pendientes de sus compañeros y gesticulando sin timidez. Otros lo hacían con cierto pudor, de manera reservada. Ayna estaba segura de que ella pertenecía al segundo grupo. Le resultaba levemente incómodo comer tranquilamente con tanta gente desconocida allí. Supuso que debía ir acostumbrándose. En cuanto a los turnos de tareas, le habían parecido una idea admirable. Cogió un trozo de pollo con una sensación de agradecimiento dando vueltas en su pecho.

Al término de la cena, la profesora Leabhar dio permiso para subir a las habitaciones y les deseo buenas noches a los jóvenes. Ayna estaba realmente cansada, caminaba con la pesadez que produce una buena comilona. Daniela hacía rato que había agotado su enérgica retórica.  

-Me gustaría conocer a la gente que se ha encargado de hacer la cena. Me sentiría fatal no poder darles las gracias en persona… -Elvia buscaba en el armarillo sus utensilios de higiene personal. Ayna estaba totalmente de acuerdo con ella, y asintió para reflejarlo. Eran las once de la noche, y los acontecimientos de aquel intenso día pesaban sobre los párpados de las chicas.

-Vamos a lavarnos los dientes, y nos metemos en la cama. No puedo más –Daniela ya tenía el cepillo de dientes metido en la boca, sin dentífrico.

-Id vosotras, yo estoy buscando mi peine. Soy capaz de no habérmelo traído.

Escena 21:

Buscó ávidamente entre sus cosas, dejando el pijama arrugado sobre la colcha de su cama. Por fin, encontró el peine entre la ropa interior. Cogió su neceser de aseo, y salió hacia el baño. Iba en calcetines, y el frío mármol del suelo le calaba los pies. Al entrar en los pasillos del servicio se encontró con un barullo que resonaba por las paredes marmoladas. Varias de las chicas que había allí tenían parte de la ropa mojada y reían a carcajadas. Elvia y Daniela observaban desde la puerta ocultando sus sonrisas tapándose las caras con las manos. Ayna se acercó a ellas sonriendo.

 –Resulta que los grifos sólo se encienden cuando pasas la mano por debajo, los botones de al lado lanzan chorros aleatorios –le explicó Daniela.

–Pero, ¿os ha dado tiempo a lavaros los dientes? –quiso saber Ayna mientras se colocaba en uno de los lavabos vacíos.

–Sí, pero no sabíamos qué hacer, si irnos o quedarnos por si necesitan algo –le respondió Elvia encogiéndose de hombros. Su compañera la observaba sonriendo por el reflejo del largo espejo que cubría la pared. –Ayn, te vemos en la habitación, que al final nos vamos a acabar mojando nosotras también –Las chicas se marcharon de vuelta al dormitorio, y Ayna siguió concentrada su aseo personal de antes de dormir. De pronto sintió un toque en el hombro que la hizo dar un respingo. No había visto llegar a la chica del fuego porque estaba pendiente de abrir el grifo sin salir perjudicada. Con el cepillo de dientes en la boca y los ojos muy abiertos, se giró hacia su derecha, encontrándose con la sonrisa reprimida de la pelirroja.  Ayna rodó los ojos, avergonzada.

-¿Te sobra algo de pasta de dientes? –La pregunta la pilló desprevenida, pero no se negó a ofrecerle lo que necesitase de dentífrico –Gracias. No la metí en la maleta y ahora tengo que ir a recepción y pedir una –se excusó. La rubia arqueó una ceja mientras se secaba el rostro con su toalla.

-¿Recepción? ¿Dónde está eso? –La curiosidad se había apoderado rápidamente de ella, contrastando con el cansancio acumulado que arrastraba hacía unos minutos.

 –En el hall. ¿Quieres que vayamos? Así me acompañas, no quiero ir sola –Ayna no sabía qué responder, pero su cuerpo actúo sin su consentimiento y caminó hacia la salida tras la otra chica. –Por cierto, me llamo Amber. Creo que no nos habíamos presentado hasta ahora –dijo ella susurrando. En el mismo tono, Ayna se presentó. –No hacía falta que me dijeses tu nombre, vas a seguir siendo la chica de las preguntas porque ya me he acostumbrado –La aludida apretó la mandíbula, pero se convenció a sí misma de que iba a ser así aunque no le gustase. Sonrió a la espalda de Amber. Caminó tras ella por descansillo de las habitaciones, encontrándose con algunas de las puertas abiertas. En sus interiores parecía que comenzaban a forjarse los primeros lazos, a juzgar por los murmullos y las risas. Bajaron unos escalones y aparecieron en un pasillo iluminado de la misma forma que el superior. Tras recorrerlo a paso rápido y con cuidado de no hacer ruido, bajaron algunos escalones más y giraron a la derecha. Ayna pensó que aprovecharían el paseo para tratar de conocerse, pero la otra chica parecía poco dada a la conversación.

–Creo que no es por aquí –confesó Amber, que iba delante y había abandonado por primera vez su ya habitual tono seguro. Había muchas puertas a cada lado del corredor que se alargaba ante ellas, Ayna se asomó por la cristalera de una de ellas y consiguió distinguir algunos pupitres.

–Estamos en la zona de las clases, pero allí delante parece que hay otra salida –dijo señalando al frente. Amber mantenía el gesto preocupado, no parecía muy convencida.

–No recuerdo haber pasado por aquí al llegar. Lo mejor va a ser que volvamos, ya iré mañana por la mañana –Cuando ya se disponía a dar media vuelta, Ayna la agarró del brazo frenándola en seco. Su piel estaba a una temperatura anormal.

-¿Se puede saber qué haces?- Pero Ayna no la escuchaba. Estaba teniendo un desvarío, algo se estaba formando en su mente. Veía puertas cerrándose, llaves que hacen un ruido muy particular y pasos acelerados. Y de pronto, fuego. Ayna casi podía sentir su calor en las mejillas.

 –Van a cerrar las puertas de los pasillos. Si seguimos por ahí vamos a tardar más. Quien sea que tenga las llaves va a subir por otro lado a las habitaciones –explicó con voz ronca, poco consciente de lo que decía. Amber la observaba fijamente en silencio. La siguió sin rechistar cuando la rubia empezó a correr, volviendo por donde habían venido. En el descansillo entre dormitorios ya no había tanta gente. Torcieron bruscamente hacia la izquierda, encontrándose con unas escaleras de caoba que bajaban casi en espiral. Las bajaron deprisa, y por fin aparecieron en el hall de la escuela. Todas las luces estaban encendidas allí, y el conserje que había recibido a Ayna y a Elvia en el exterior dormitaba sobre la mesa de la recepción. Ayna podía escuchar la respiración agitada de Amber.

–No hacía falta que hubiéramos venido, no era tan importante –Ayna dejó escapar un suspiro. El bostezo del conserje resonó por todo el recibidor. Este les miró sonriente desde su puesto.

-¿Puedo ayudaros? Justo iba a subir a cerrar los pasillos –saludó. Las chicas caminaron lentamente hacia la mesa.

–Eh, veníamos a por… pasta de dientes –pidió Amber, sin apartar la mirada de Ayna. Esta movía una pierna, nerviosa. Sabía que su compañera estaba reclamando explicaciones para la carrera, pero siendo sincera consigo misma ni siquiera sabía a qué había venido. Simplemente había visto el fuego y su intuición la había obligado a salir de allí.

–No le digas a nadie que te la he dado, o todos vendrán a por botecitos de dentífrico para guardárselos. Ya sabéis que los primeros productos de higiene debéis traerlos vosotros. Haré una excepción porque es el primer día… -dijo el hombre desde debajo de la mesa.

–No voy a dejar que te vayas hasta que me expliques qué te ha dado para bajar corriendo. –susurró la pelirroja. Ayna suspiró, algo abrumada. Le dieron las gracias al conserje por la pasta de dientes y subieron las escaleras hacia los dormitorios.

–Vi fuego. En mi cabeza apareció la imagen de una puerta vieja quemándose –Amber la miraba fijamente sin darse por satisfecha.

–Y qué –inquirió, volviendo al tono ácido de siempre.

–Es difícil de explicar. A veces veo cosas en mi mente que después terminan ocurriendo, aunque nunca soy capaz de interpretarlas y colocarlas en algún contexto. Pero esta vez ha sido diferente. En la visión había puertas que se cerraban y una de ellas salía ardiendo –Ayna notaba el calor subiendo a sus mejillas, sintiéndose ridícula.

–Un momento… ¿pensabas que yo…? –Las chicas ya habían llegado al rellano, por lo que se vieron obligadas a bajar la voz.

–No, no pensé nada. Ese es el problema, que no soy capaz de pensar mientras me suceden esas cosas. Simplemente, mi inconsciente conectó las cosas e interpretó que el conserje nos dejaría encerradas en el pasillo de las aulas y tú te pondrías nerviosa y quemarías la puerta que tuvieras más cerca provocando un incendio y –Amber expulsó todo el aire que tenía retenido por la nariz. Su expresión estaba algo más suavizada.

-¿Creías que yo quemaría el edificio? –soltó con un hilo de voz. Ayna negó lentamente con la cabeza. –Tranquila, estoy acostumbrada a que la gente tenga miedo de… lo que sea que es esto –El silencio se hizo entre ambas, dejando a Ayna pensativa y arrepentida.

–No sé controlar esta habilidad, y ante la perspectiva de peligro me he dejado llevar… siento haberte ofendido, no era mi intención, de verdad –trató de disculparse.

–No te preocupes, yo tampoco la controlo y es bastante probable que eso hubiera sucedido, por lo que tu habilidad ha funcionado bien. Creo que me voy a ir yendo a mi habitación, ha sido un día largo. Buenas noches, Ayna –Dejó escapar otro suspiro. Ya había tardado en meter la pata con alguien. Se dio la vuelta y bajo los tres escalones que la separaban de su cuarto. Abrió la puerta y se encontró con que sus compañeras, ya dormidas, habían dejado la luz de su cama encendida y habían doblado el pijama que Ayna había sacado de mala manera antes de ir al baño. Sonrió sintiéndose agradecida. Cuidándose de no hacer ruido, quitó la sábana que cubría su cama y se metió dentro, apagando la luz. Habían dejado la ventana abierta, y a través de ella se podía oír el canto de los grillos en el exterior, y el de algunas aves nocturnas que Ayna no supo reconocer. La cabeza de la chica daba mil vueltas entre los hechos de aquel intenso primer día Élmeros. La llegada por el bosque, el encuentro con Elvia en la entrada, la charla de la profesora, conocer a Daniela, las habilidades, Segna y la luz, el desvarío con Amber… demasiadas cosas para una sola jornada. A todo eso se sumaba el cansancio físico de no haber parado desde que dejó la ciudad. Tras unos minutos de asimilar lo ocurrido, el sueño se hizo con ella y acabó quedándose profundamente dormida. 

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