Capítulo 1. Lunes
Escena 1: Creep- Radiohead
Mariposas. Muchas mariposas azules. Fuego que se consume, cristales rotos que vuelven en sí. Un abrazo dorado que se siente inversamente.
Estridente e inoportuno, el timbre que anunciaba el final de las clases sacó bruscamente a Ayna de sus pensamientos. La mirada cansada de la profesora de matemáticas se clavaba en su persona a través del cristal de unas gafas cuadradas, suplicando a la joven con sus pequeños ojos calculadores que abandonara el aula. Con una torpeza propia de un tibio comienzo de semana, Ayna recogió sus pertenencias y marchó de la sala con las orejas coloreadas por el despiste. Sus siempre amables compañeros habían huido del instituto hacía ya rato. Sin embargo, una agraciada muchacha de larga melena rubia aguardaba con paciencia en la puerta de acceso al centro, rodeada por las nubes de tóxico humo que dejaban escapar de sus bocas los jóvenes de su alrededor. Ayna podría pintar esa rutinaria escena con óleos o acuarelas. Y sin necesidad de referencia.
-¿Qué pasa Ayn? ¿Tenías ganas de quedarte a comer en clase o qué?-normalmente, el tono sarcástico de Val la habría animado, pero aquella tarde no hizo más que irritarla levemente. Cerró los ojos y fingió una sonrisa. Caminaron juntas por la calle del instituto, como hacían cada día al salir de clase. Su amiga parloteaba sin cesar. El sol de mediados de junio las asfixiaba cruelmente a medida que avanzaban, y su luz se colaba entre las ramas más altas de los naranjos del barrio. Las paredes de los edificios más cercanos desprendían un amargo calor que convertía las aceras en pasarelas del infierno.
-…y me dijo que no lo sabía. –Ayna sintió un inesperado golpe en el brazo y se giró para ver con qué había chocado. -¡No me estás escuchando! –le dijo Val. La miró confusa. –Te estaba diciendo que en Historia le pregunté a Eli si Marc y Ángela están saliendo y me dijo que no lo sabía. ¡Cómo no va a saberlo si es la mejor amiga de Marc! –De nuevo, otro golpe. Esta vez, claramente propinado por Val. Esta suspiró desesperada.
–Ya no sé qué hacer contigo, Ayn. Llevas unas semanas muy a tu bola, como metida en tu mundo todo el rato. El profesor de gimnasia me llamó el otro día para preguntarme si tenías problemas de algún tipo. Que te veía distante y que no estabas al cien por cien. Le contesté que estabas estupendamente, pero me da a mí que eso no me lo creo ni yo. ¿Necesitas contarme algo? Sabes que estoy aquí para lo que quieras. –Un suspiro reflejo salió ahora de entre los labios de Ayna.
–No creo que sea nada, quizás cansancio acumulado. No te preocupes por mí, Val. Estoy bien, de verdad –le respondió con media sonrisa. Su amiga le devolvió el gesto. Cruzaron el último paso de peatones que unía sus caminos de vuelta a casa y se despidieron en la esquina que conectaba sus calles.
–Después te llamaré. No te vayas a quedar colgada mirando el teléfono sin contestar y replanteándote el sentido de la vida, que te conozco.
Tras despedirse, Ayna aceleró el paso hasta llegar a su portal. Con repentina prisa, sacó las llaves del bolsillo izquierdo de su mochila y empujó varias veces la cerradura hasta que la puerta cedió. Subió las escaleras de dos en dos, y antes si quiera de abrir la puerta gritó:
-¡Ya estoy en casa! –Soltó las llaves en el recibidor y corrió al cuarto de su hermano. Allí estaba él, sentado en su cama con un piano electrónico sobre las piernas. Sus ojos azules, idénticos a los de Ayna, se clavaron en ella con una chispa de sorpresa. La joven se quitó la mochila, abrió la cremallera y sacó de dentro la pesada chaqueta que llevaba doblada de mala manera.
–Hey, Eric. Te la robé otra vez. Espero que no la hayas echado de menos.- saludó con aparente indiferencia. Siempre que podía, Ayna le quitaba a su hermano la más ancha de sus chaquetas vaqueras, esa que estaba llena de parches y pegatinas y que tanto le gustaba. Él le decía que algún día sería suya, en cuanto marchara a estudiar a las afueras, pero ella prefería verla en el armario de su hermano y cogerla de allí. Al menos, eso sería un recordatorio de que Eric aún seguía en casa. Se sentó a su lado en la cama y cogió las partituras que había esparcidas por la colcha.
-¡No toques eso! Me las vas a desordenar. ¿Has venido a escuchar o a fastidiar? -dijo entre risas. El muchacho le había prometido a su hermana que, a la vuelta de clases, le enseñaría una pequeña composición que había estado creando en los últimos días. A Ayna le encantaba escuchar a su hermano tocar el teclado. Toda la familia coincidía en que tenía un don para la música.
El sonido de unas patitas corriendo por el pasillo vaticinaba la posterior aparición de la cabezota negra de un perro por un lado del colchón. Con tierno frenesí, el inquieto animal lamió repetidas veces las manos de Ayna, quien le acariciaba el hocico a modo de saludo.
-Jack… ¡deja de lamerme! Hace demasiado calor para eso.
De repente, una fuerte melodía enérgica resonó llenando la habitación. Ayna brincó asustada. El móvil de Eric vibraba entre las partituras dibujadas a mano que cubrían la cama como si de una sábana se tratase. El joven saltó de la cama y contestó a la llamada.
-¿Ben? ¡Cariño! ¿Por qué no respondías a los mensajes? Ya bueno, eso no te lo crees ni tú. Lo que tú digas, guapo.
Ayna salió del dormitorio para darle privacidad. Benjamin era el novio de su hermano, un chico estupendo, con el que la familia de Eric estaba encantada.
Aún con la mochila a cuestas y los zapatos puestos, Ayna entró en su cuarto y resopló, observando toda la ropa que tenía esparcida por la habitación. Ya tocaba limpieza. Sintió unos golpecitos en la puerta al tiempo que comenzaba a desvestirse.
-¿Se puede? –Unos curiosos ojitos azules asomaron por el umbral de la entrada.
-¡Juls! ¿Qué tal el cole? –La niña que esperaba en la puerta se lanzó a los brazos de Ayna con una amplia sonrisa sin paletas.
-¡Súper bien! He sacado un ocho en música. Ha sido demasiado fácil, solo tuvimos que tocar Piratas del Caribe con la flauta. ¡Tengo que contárselo a Eric! –le contó emocionada. –La mayor de las hermanas reaccionó justo a tiempo para coger a la pequeña por la cintura y levantarla. Juls rió e intentó zafarse del agarre de Ayna.
-¡Está hablando con Benjamin! Te va matar si le molestas, soldado -le explicó. La niña paró de moverse y Ayna la dejó en el suelo. Se tapó la boca con las manitas y sonrió tras ellas. Ambas caminaron de puntillas hasta la puerta cerrada de la habitación de Eric. Juls aguantaba una carcajada con notorio esfuerzo. Pegaron las orejas a la madera y se quedaron escuchando la conversación telefónica de la pareja. No habían pasado aún unos segundos cuando Eric abrió la puerta y sorprendió a las chicas tratando de espiarle.
-Seréis ratas. ¿No os han enseñado a no escuchar conversaciones ajenas o qué? -Juls señaló a su hermana mayor entre risas.
–Pero bueno soldado. ¿Traicionando a tu superior? Esta me la vas a pagar caro -le respondió ella, fingiendo seriedad.
–Bueno, os perdono si en vez de escucharnos a Ben y a mí discutir de psicología atendéis a mi nueva música -propuso él. Sin embargo, una vez más, Ayna se vio obligada a esperar para escuchar la composición de Eric. La dulce voz de su madre rebotó entre las paredes de la casa para avisar a los chicos de que había llegado la hora de almorzar. Los tres hermanos fueron para ayudar a poner la mesa. De repente, la puerta principal del piso se cerró con un portazo. Se giraron para encontrar a su padre con los ojos muy abiertos y una mano levantada.
-Ha sido la corriente. Huele muy bien, Lena –dijo a modo de saludo. Su mujer sonrió negando con la cabeza, y los hijos continuaron con su labor tras dar la bienvenida a su padre. Ayna coincidía con su padre, el aroma que bailaba en la cocina era maravilloso. La lasaña humeaba en su recipiente lista para ser servida. Ayna adoraba la comida de su madre. Su padre a veces lo intentaba, pero no era su fuerte. Decía que estaba acostumbrado a comer comidas rápidas como un bocata o ensalada, porque los horarios del aeropuerto no le dejaban para mucho más.
-Darío, no se te vaya a ocurrir sentarte a la mesa sin haberte lavado las manos. Da ejemplo a tus hijos, anda.
Los lunes eran el día favorito de Ayna. Mucha gente no lo compartía, pero poco le importaba. Los lunes eran sinónimo de tener a toda la familia en casa. Eric tenía horario reducido en la universidad, su madre libraba y su padre solo volaba por la mañana. El resto de la semana, lo normal era que sus padres dejaran comida hecha y las hermanas almorzaran solas. Algunos días estaba su madre, otros su padre. O quizás solo Eric. Pero como los lunes, ninguno.
-Desde una punta a otra de la región. ¡Y ni una sola incidencia! Cuando la tripulación ha salido del avión nos hemos felicitado unos a otros y todo. Hacía tiempo que no teníamos un vuelo tan tranquilo. Así da gusto levantarse a las cinco de la mañana –contaba Darío. Juls lo escuchaba con la lasaña cayéndosele del tenedor. El sueño de la pequeña era convertirse en general del ejército del aire nacional.
-Papá, ¿cuándo tenéis un accidente llamáis al ejército del aire? ¿O a las avionetas de bomberos? –preguntó curiosa.
-Julia cariño, no podemos molestar al ejército porque un señor vomite en una bolsa de papel. Si pasa algo más grave, sería lo suyo –Ayna miró a su padre con una mueca de asco.
-¿Qué cosas graves? ¿Qué alguien se tire? –El tenedor de Julia yacía en la mesa manchando el mantel de tomate. Sus ojitos brillaban, y cerraba los puños sobre la mesa con fuerza.
-Julia hija, esos accidentes no los debe imaginar una niña. Cuando seas mayor te contaré algunas cosas. Pero luego no querrás volver a montarte en un avión, créeme –le respondió su padre.
-¡Ya tengo casi 10 años! Soy mayor papá. El año que viene…no el siguiente, entro en el instituto –Juls cruzó los brazos y entrecerró los ojos con actitud reprochadora. El afán curioso de Julia siempre conseguía dibujar una sonrisa en el rostro de Ayna. Ambas hermanas compartían ese detalle de sus personalidades, tan parecidas a ojos de sus padres.
Escena 2: Boulevard of Broken Dreams- Green Day
Después de comer -era inevitable-, cada miembro de la familia marchaba
a hacer sus tareas. Con paso lento, Ayna se dirigió a su habitación y se sentó
en el escritorio. Suspiró y dejó caer el cuerpo sobre el respaldo de la silla. Tenía
la sutil esperanza de que alguno de los miembros de su familia apareciese dando
un golpe al abrir la puerta y gritase: “¿qué hacéis encerrados? ¡Vamos a ver
una película, y luego pasamos el resto del día con juegos de mesa!”. Su mirada
se posó en las fotos que tenía colgadas en la pared: Eric tocando en un
certamen de piano, Julia y ella disfrazadas de militar, Jack de cachorro, Val
sacando la lengua… El semblante de la joven se tornó oscuro al recordar lo que
le había dicho su amiga aquella mañana. No le sorprendía, hasta ella misma se
sentía extraña. Sabía que algo no iba bien, pero no sabía qué. Sacó sus apuntes
de literatura mientras pensaba esto, dispuesta a estudiarlos aunque le pesase.
De entre los papales escritos cayó al suelo una hoja en blanco. Ayna se agachó
a recogerlo y descubrió que en el reverso había algo dibujado. Lo observó con detenimiento.
Era un dibujo suyo, podía reconocer su línea irregular. Sin embargo, no
recordaba haberlo hecho. Ni siquiera sabía qué era lo que había representado.
Parecía una torre antigua rodeada por copas de árboles, como si fuera un
bosque. ¿Qué era aquel edificio? Nunca lo había visto. Ayna se esforzó en buscar algo entre sus recuerdos que le
indicase cuándo y por qué había hecho aquello. Sintió un frío estremecimiento
cuando recordó que no era la primera vez que dibujaba algo de lo que después no
se acordaba. Se levantó de la silla y rebuscó en los cajones de su armario.
Dibujos, partituras, fotografías, apuntes… Hasta que por fin dio con lo que
buscaba. Se dejó caer en la cama con la boca entreabierta. Miraba el folio
arrugado con las cejas formándole un ángulo recto sobre los ojos. Hacía poco
más de un mes que había encontrado entre sus trabajos un boceto de un extraño
banco que no había visto jamás. Tenía un detalle de una elegante letra E en el
medio, y también había sido dibujado por ella. Aquel día decidió no prestarle
demasiada atención, y lo guardó con el resto de papeles inservibles. Una vez podría
ser curioso, pero dos… puso ambos dibujos uno al lado del otro. ¿Qué
significaba todo aquello?
–Mamá, me voy con Ben, ha convencido a sus padres para que le
dejen venir al barrio. ¡Llegaré para cenar, ciao!
-escuchó gritar a su hermano. Bufó desilusionada. Echó un último vistazo a los
bocetos y los volvió a guardar, esta vez en una carpeta vacía que tenía siempre
en un lateral de la mesa. Decidió también archivar aquella extraña coincidencia
en un rincón de su pensamiento.
El resto del día transcurrió con normalidad. Mientras paseaba a
Jack, Ayna ocupó su mente reflexionando acerca de lo que le estaba sucediendo
durante esos días. Todo era tan extraño… Un par de semanas después de las
vacaciones de primavera, le había sucedido algo bastante chocante:
“Antes de
subir a casa del instituto, Ayna entró en una tienda para hacer algunos recados
que le había encargado su madre. Mientras esperaba su turno, se quedó mirando
un estante lleno de productos de limpieza, a la vez que las banales
conversaciones de algunas vecinas que hacían sus compras delante se mezclaban a
su alrededor. Paulatinamente, sus ojos comenzaron a percibir con vaga
intensidad cómo la información visual que la rodeaba se tornaba borrosa, al
igual que si una niebla repentina hubiera invadido el local a gran velocidad. De
repente, con una inesperada presión en el pecho, Ayna sintió que ya no estaba
en la tienda. Efectivamente, cuando consiguió devolver la transparencia a su
visión, descubrió que se encontraba en medio de lo que parecía ser un pasillo
de instituto. Pero no era su instituto. Era un lugar desconocido. La gente
caminaba a cámara rápida a su alrededor, difuminándose sus siluetas en un
vaivén temporal confuso. De entre los borrones en movimiento, Ayna podía
distinguir con claridad a una chica de oscuros ojos que la miraba de frente y le
decía con voz suave: vamos, no lleguemos tarde. Justo cuando iba a responderle
que no sabía quién era, una mujer mayor la sacó bruscamente de aquella
ensoñación con un toque en el brazo. La chica se sobresaltó de tal manera que
tuvo la necesidad de coger aire como si acabase de salir a la superficie del
mar tras una larga apnea. Levantó la mirada para encontrarse con que toda la
tienda estaba pendiente de ella.
–Joven,
¿estás bien? Parecía que te costaba respirar. ¿Necesitas agua? -se preocupó una
señora. Ayna la miró muy confusa. ¿Qué acababa de pasar? Estaba sudando. Su
pecho subía y bajaba con velocidad debido a lo ocurrido. Tenía la sensación de
que había estado corriendo durante largo rato. Negó con la cabeza e intentó
sonreír, notando el sudor en las palmas de sus manos. Salió lo más rápido que
pudo del local, perseguida por el grito de la dependienta reclamándole que se
había dejado la compra allí. Subió los escalones hasta su casa de dos en dos,
con un cierto temblor incómodo en las piernas.
–Cariño,
¿la compra? -le saludó su madre.
–Recógela
después, por favor -le respondió Ayna,
casi sin aliento. Se encerró en su cuarto y se sentó en la cama con las manos
en la frente. A los pocos segundos, alguien tocó la puerta. Eric entraba con
cautela seguido de Jack. Se sentó al lado de su hermana en la cama.
–Me ha
dicho mamá que te ha visto llegar rara. ¿Me lo cuentas? -le dijo. La chica lo
miró pensativa.
–No me
creerás -avisó. Él asintió. Jack posó su hocico sobre el regazo de Ayna. –Vale.
Pues estaba en la panadería, y de pronto no lo estaba. Mi mente me ha llevado a
un sitio que no conozco, una especie de pasillo de instituto. Una chica morena
me hablaba como si me conociese, pero entonces volví a la tienda. La gente me
ha mirado preocupada. Y luego estaba muy cansada. -le contó de corrido. Él
pareció quedarse atónito por un momento. Ayna observó cómo su piel se aclaraba
enfermizamente. Borró la sonrisa de complacencia con la que había llegado y movió
la cabeza de un lado a otro sin mirar a su hermana a los ojos.
-Son tonterías,
Ayn. Te habrás despistado -dijo mientras se levantaba para irse.
-Te he
dicho que no me ibas a entender. –se quejó Ayna con un suspiro. Su hermano se
dio la vuelta para señalarle con un dedo acusador.
-Tú, tú no tienes ni idea de psicología y yo, sí. Te digo que ha sido un despiste y punto. No puedes teletransportarte. Pero sí se te puede ir la cabeza soñando despierta como haces siempre. Un día nos darás un disgusto por andar siempre tan distraída, Ayna –Lo joven quedó con la boca abierta y un molesto nudo en la garganta tras las palabras de Eric, quién se marchó dando un portazo. No sabía a qué se debía aquella reacción, pero la rabia ocupaba en ese momento un porcentaje demasiado alto de sus emociones como para salir y hablar las cosas con él.”
Aquella escena había ocurrido hacía casi dos meses, días más tarde
de encontrar el dibujo del extraño banco. Después de esa, hubo más veces en las
que Ayna volvió a ver ante sus ojos el pasillo abarrotado de gente. Ya lo tenía
como algo habitual, una respuesta de su cuerpo ante el cansancio. Cada vez que
intentaba hablar de ello con Eric, este le respondía con evasivas, quitándole
importancia al asunto. Había sopesado la opción de contárselo a Val, pero
desechó la idea al instante. No tardaría en descubrirlo por ella misma, ya que
en clase le ocurría usualmente. Durante los cursos anteriores, los profesores
ya se habían percatado de esta constante “distracción”, y habían llegado a tener
una charla con los padres de Ayna. Concluyeron que pasaba demasiado tiempo
estudiando y pensando cosas relacionadas con el instituto. Simples síntomas del
cansancio. Ayna asentía, dando por hecho que jamás entenderían lo que realmente
veía. Ni siquiera ella misma lo hacía.
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