Capítulo 4. Génesis
Escena 13: Nature-MISSIO
Ayna suspiró aliviada cuando el tren se
puso en marcha. Comprobó por tercera vez que lo tenía todo consigo y se acomodó
en el asiento. Aquella noche había dormido sorprendentemente bien. Roy había
cumplido su palabra de acompañarle junto a su familia a la estación. Como
tantas veces predijo Lena, habían llegado con solo tres minutos de margen al
andén desde donde partiría el tren hacia Perla.
La despedida había sido demasiado rápida para lo que hubiera preferido
Ayna, pero se tuvo que conformar con los consejos exprés de su padre, los
muchos besos en la frente de su madre, las lágrimas contenidas de Julia y el
abrazo de Eric, quien le entregó su preciada chaqueta para que cada vez que les
echase de menos, se la pusiera. Roy se despidió de ella con un susurro:
-Disfrútalo,
y acuérdate de mí cuando te conviertas en súper-woman.
Cerró los ojos, intentando despejar su
mente y concentrarse en el casi imperceptible traqueteo del vagón, hasta que
una voz le sacó de su ensimismamiento.
-¿Esto es tuyo? –Una chica que parecía
tener su edad le tendía con una sonrisa de medio lado una prenda de ropa que
Ayna reconoció como suya. Sintió el calor subir hasta la punta de sus orejas,
ruborizándolas.
–Sí, lo-lo siento, soy muy despistada. Se
me habrá caído por el camino y… -intentó excusarse, empeorando la situación. La
chaqueta vaquera de Eric se había resbalado de sus manos en algún momento y si
no fuera por aquella chica, estaba segura de que se habría quedado allí tirada
sin que se hubiera dado cuenta. La recién llegada soltó una carcajada.
–No pasa nada – Ayna le agradeció el
gesto con una sonrisa tímida. Se le daba fatal conocer gente, incluso tenía
pensado prepararse una presentación mentalmente durante el trayecto, pero por
culpa de su torpeza, ni siquiera le había dado tiempo a mirar por la ventana.
-¿Puedo? –preguntó la chica, señalando el
asiento libre que había justo al lado del de Ayna. Esta asintió. Sus ojos
azules estaban fijos en la moqueta del vagón, intentando evitar el contacto
visual con la muchacha.
-¿Ganas de empezar el curso? –oyó. Se
giró para encontrarse con la mirada sonriente de la chica, quien parecía estar esperando
una respuesta. Para su sorpresa, fue capaz de pronunciar una contestación
coherente sin mezclar las palabras.
–Pues, en realidad sí. Aunque estoy algo
nerviosa. Entro en un instituto nuevo. ¿Y tú? –dijo sonriente. Su compañera de
viaje abrió los ojos pardos de una forma exagerada, dando a entender que ella
también estaba impaciente por comenzar las clases. Ayna rió.
–Por cierto, me llamo Uma –se presentó,
sonriente.
–Ayna, encantada –Ahora que sabía su
nombre, se sentía más segura para poder entablar una conversación con ella.
Gracias a Uma, el tiempo se le había
pasado volando. El tren había llegado a Perla. Ayna se despidió de su nueva
amiga y salió del vagón. Se volvió varias veces para asegurarse de que no
olvidaba nada en su asiento, hasta que pisó tierra firme con fuerza. Aspiró el
aroma a café que inundaba el aire y recorrió el terreno con la mirada. La
estación no tenía nada de especial, así que tenía que cerciorarse de que estaba
en el lugar correcto. Observó los carteles en busca de alguna pista que le
indicase dónde se encontraba, hasta visualizar uno que rezaba: “Estación de
Ora”. La chica suspiró. Lo había conseguido. Sus padres debían pensar que
seguía camino de Ruet. Se le revolvió el estómago solo de pensarlo.
Aquella estación era el lugar perfecto
para descansar de las largas horas de viaje a las que se sometían tanto
turistas como trabajadores que venían de la ciudad, y a los cuales el
itinerario de trenes obligaba a pasar por allí. Los transeúntes eran desde
numerosas familias que transportaban grandes equipajes, a gente que corría
desesperada para no perder su tren. Hombres y mujeres enchaquetados, niños
jugando y ancianos leyendo el periódico.
Una vez en el exterior, una corriente de
aire fresco poco acorde a los últimos vestigios del verano la recibió
revolviéndole el largo cabello castaño. Recorrió con la vista las bajas casas
de ladrillo que contrastaban con la moderna estructura de la estación. De
momento, nadie había intentado raptarla… Con paso lento puso rumbo al bosque
admirando toda la belleza que le rodeaba. Apenas se oía ruido alguno, las
calles estaban silenciosas a excepción del ladrido de algún perro. En ese
momento, se acordó de Jack. Iba a estar mucho tiempo sin verlo, ya no podría ir
a pasear con él al atardecer… aunque tampoco podría hacerlo con Roy. Ni con
Val. Ni ayudar a Julia con los deberes o a Eric con sus composiciones. Sintió
un terrible nudo en la garganta. Una lágrima amenazaba con escapar. Estaba
dejando atrás tantas cosas… y no había sido consciente de todo ello hasta que
se había visto completamente sola. Prácticamente, su vida estaba a punto de dar
un giro de 360 grados, y no tenía nadie en quién apoyarse o a quién pedir
consejo. ¿Dónde estaría Freddie? Él le dijo que estaría ahí para lo que Ayna
necesitase, pero no lo veía por ninguna parte. Sus nudillos comenzaban a
teñirse de blanco. La sensación de soledad se apoderó de ella hasta tal extremo
que pensó en dar la vuelta, volver a casa y hacer como si nada hubiera pasado.
Sin embargo, algo le decía que debía seguir su camino, llegar hasta la escuela
y descubrir qué era lo que la hacía especial. Pensó en Uma. Le había parecido
una chica muy simpática, pero por desgracia la había perdido de vista al salir
del tren. Habían estado la hora y media que duraba el viaje hablando de muchas
cosas. De sus familias, sus aficiones, de música… aunque Ayna había intentado
evitar la pregunta acerca de a qué instituto se dirigía. Dedujo que Uma era una
chica sencilla y segura a quién parecían hacerle feliz las pequeñas cosas de la
vida.
Pensaba esto cuando notó que sus pies se
hundían en la hierba. Había llegado a la frontera entre el pueblo y el bosque.
Había estado siguiendo las indicaciones que le dio Freddie: nada más salir de
la estación, todo recto por la calle principal del pueblo; contar tres arcos de
piedra por los que tendría que pasar y, en cuanto viese una casa con una placa
de cerámica que rezase “Clínica de Psiquiatría Mar H.”, girar hacia la
izquierda por un callejón que la llevaría directamente a la frontera del
pueblo, que colindaba con el bosque. Y allí estaba Ayna, con el brazo izquierdo
agarrotado de arrastrar la maleta por la gravilla del suelo, y una leve presión
en el pecho. Los árboles eran exageradamente altos, algo poco común en la
región. Ayna suspiró, con las mariposas que revoloteaban en su estómago desde
que había salido de casa dando vueltas cada vez más rápido, haciéndole daño.
Miró el reloj. Las cinco y media. Esperaba que el bosque no fuera tan extenso
como lo parecía desde allí, porque disponía de treinta minutos exactos para
llegar a la escuela. Se ajustó la mochila y avanzó todo lo rápido que su
equipaje le permitía, descubriendo la misteriosa belleza del lugar a medida que
caminaba.
Sus pasos estaban guiados por su
intuición, además de por el suave sonido del río, que debía quedar siempre a su
derecha. A medida que avanzaba, crecían sus ganas de quedarse allí y descubrir
los secretos que guardaban aquellos robustos árboles. Pero el tiempo era
escaso. Escuchaba el cauce del río aún a su costado derecho, señal de que iba
en la buena dirección.
Se fijó en cómo la hierba se aplastaba
con cada paso que daba hasta que, al cabo de unos minutos, notó que la sombra
que la había estado acompañando hasta allí desaparecía dando paso a los rayos
de sol, que incidían directamente sobre ella. El corazón de Ayna dio un vuelco
cuando reconoció aquella sensación de estar caminando sobre la hierba fresca
del bosque bajo un radiante sol que le acariciaba la espalda. El día que
conoció a Roy, justo antes de que él la sujetase para no ser atropellada, había
tenido un desvarío que la había llevado hasta ese mismo punto. Era una especie
de intenso dejá vu. La chica comenzó a respirar con dificultad, la cabeza le
daba cada vez más vueltas. Jamás había estado allí, pero era como si hubiese
recorrido ese claro en varias ocasiones, como si hubiese pasado mucho más
tiempo allí en el pasado. Intentaba encontrarle una explicación a lo que le
sucedía cuando sintió el impulso de levantar la vista. A unos metros de ella se
alzaba una vieja torre de color terroso cuya base se fundía con algunos árboles
más. Los latidos del corazón de Ayna aumentaron peligrosamente, le empezaron a
sudar las manos y sintió la necesidad de apoyarse en la roca más cercana para
no perder el equilibrio. Sufrió un fuerte impulso eléctrico en la cabeza, al
igual que si hubiera recibido un golpe. Era aquella. Tenía delante la torre con
la que tantas veces había soñado, aquella que estaba entre sus bocetos. Estaba
segura de que aquel era el lugar que estaba buscando. Siguió acercándose,
intentando tranquilizarse.
Unos metros más adelante podía divisarse
una verja de aspecto oxidado que se entremezclaba con el límite entre el bosque
y el claro en el que se encontraba. Se dirigió hacia allí, con la curiosidad y
los nervios haciéndole cosquillas en la tripa. Cuando llegó a donde estaba la
valla pudo comprobar que era un par de cabezas más alta que ella. Era una
puerta, y estaba decorada con un arco de medio punto de acero en el que se
podían leer de forma dificultosa las iniciales EDLM en un dorado desgastado.
Ayna rozó con el dedo índice uno de los barrotes, y la hoja derecha de la
puerta cedió hacia delante. Solo se oía a los pájaros piar. Era una sensación
horrenda el estar allí, en aquel paraje aparentemente desolado, con una enorme
maleta e indicaciones escuetas. En un chute de valor, empujó del todo la puerta
y pasó al otro lado de la verja. En un acto reflejo, la volvió a cerrar tras de
sí. El número de árboles era claramente menor en aquella zona que fuera de la
valla. Continuó avanzando, hasta que se fijó en que sus pies pisaban ahora una
zona sin hierba, como un camino creado por los propios pies en movimiento de
las personas que hubieran pasado por allí. De pronto, un intenso olor a quemado
inundó la nariz de Ayna. Sin embargo, no había ningún foco de humo a la vista.
La joven siguió hacia delante, hasta divisar un edificio grisáceo que se
camuflaba perfectamente con el paisaje. A primera vista parecía un colegio
abandonado. Las paredes estaban teñidas de un mugriento color carbón.
Era diferente, extraño y, en cierto modo,
discordante. Pese a ello, sentía que ese era el lugar que andaba buscando.
Siguió caminando, tirando de la maleta para que no se encallasen sus ruedas en
la tierra. Cuando estuvo más cerca, pudo distinguir una escueta puerta de
entrada. Tenía un aspecto gótico misterioso y atrayente, un arco ojival de
piedra que enmarcaba una puerta de madera oscura. Quizás detrás de aquella
robusta puerta que la separaba del interior del edifico viese a centenares de
estudiantes y profesores yendo de un lado a otro con apuntes y libro bajo los
brazos. Aunque no era una entrada demasiado llamativa para una escuela como
Élmeros… pero no tenía otra opción que la de arriesgarse. «Es la torre que dijo
Freddie…» pensó, mirando hacia arriba. Según las indicaciones de su Hirnok,
había llegado a su destino… Tras dejar escapar un largo suspiro, dio un par de
pasos más y empujó la puerta hacia dentro con cierta dificultad.
Escena 14: Running with the wolves-
AURORA
Un escalofrío le recorrió la espalda en
el momento en el que dejó atrás el bosque Sin embargo, en el interior no
encontró para nada lo que ella se imaginaba. Una pequeña sala de piedra
iluminada por una única ventana la recibió, vacía, llevándose toda su esperanza.
Perpleja, recorrió el espacio con la mirada. Cuatro pequeñas pinturas adornaban
las cuatro pedregosas paredes que daban forma a aquella irrelevante habitación.
Daba la sensación de que habían colocado aquella estancia a la entrada para
evitar que vagabundos y maleantes llegasen al interior del edificio.
Durante unos largos instantes, Ayna
permaneció inmóvil en su posición, aguardando a que algo más mágico y
sorprendente ocurriese, hasta que se dio cuenta de que eso no iba a suceder. La
corazonada que había sentido hacía unos momentos se había reducido a un simple
impulso estúpido carente de lógica. ¿Cómo había podido pensar que ese vulgar
edificio abandonado y medio calcinado correspondería a la supuestamente
majestuosa Escuela de Élmeros? Estaba en una sala de menos 10 metros cuadrados
y no sabía a dónde demonios debía de ir ahora.
Con los hombros bajos y pisada lenta, dio
media vuelta dispuesta a desaparecer de allí. Sin embargo, al volverse sintió
un fuerte golpe que le hizo desequilibrarse y dar pasos ciegos hacia atrás.
Había chocado con algo. Se llevó las manos a la cabeza, dolorida.
-¡Lo siento, lo siento! ¡Perdón! No te
había visto… -dijo una voz afónica. Ayna subió la mirada a duras penas y se
encontró con un par de ojos oscuros que la miraban fijamente con expresión
preocupada. Dejó escapar un grito ahogado. La misma sensación de familiaridad
que le había invadido cuando había divisado la torre por primera vez se apoderó
de ella de nuevo, haciéndola volver perder la estabilidad. Pese al repentino
mareo, no fue capaz de apartar la mirada aquellos ojos. Simplemente habían
causado tal efecto en ella que temía que se desvanecieran y desapareciesen,
producto de su imaginación, como siempre lo habían sido. Pero no era así.
Estaban allí y estaban clavados en los suyos, tan reales como el suelo que
pisaba. Tras unos segundos, fue capaz de romper el contacto. No tenía dónde
apoyarse esta vez, por lo que tuvo que acercarse como pudo a la pared más
cercana y dejarse caer sobre ella.
–Joder, ¿estás bien? Lo siento mucho…
Madre mía, ¿te has hecho daño? –Ayna asintió con la cabeza, poco convencida. Un
dolor agudo se había instalado en la parte trasera de su cráneo, impidiéndole
pensar con claridad. No estaba segura de si la extraña sensación había sido a causa
del golpe o por el horrible calambrazo que le había provocado cruzarse con
aquella mirada. Para asegurarse de que era lo que estaba pensando, miró de
nuevo a aquello con lo que había chocado. Aún con la preocupación dibujada en
el rostro, una chica de largo cabello negro respiraba con dificultad delante de
Ayna. Era ella, había aparecido en sus desvaríos, era la persona que le hablaba
en el extraño pasillo de sus visiones. La observó achinando los ojos, con una
mezcla de curiosidad y desconfianza, mientras intentaba recuperar el aliento.
Iba vestida totalmente de negro, y llevaba un maquillaje muy cuidado. Su maleta
era oscura, algo más pequeña que la de Ayna. Cuando vio que esta se incorporaba,
sonrió con timidez.
–Lo siento, llegaba tarde y no te he visto
desde fuera… -se disculpó. Ayna arqueó las cejas. No creía que hubiese dicho
que llegaba tarde… ¿A dónde, a ese lugar abandonado? ¿O acaso ella también iba
a entrar en Élmeros?
–Tú… ¿tenías intención de venir aquí?
–preguntó con voz grave. A la recién llegada pareció sorprenderle la pregunta.
–Sí, según mi… -calló de pronto, abriendo
mucho los ojos. –Pasaba por aquí y me llamó la atención el sitio. He entrado
por…curiosidad -respondió mientras se frotaba los brazos. Con una mano aún
apoyada en la pared, Ayna se acercó con seriedad a la chica, desconfiando de
ella una vez más. ¿Acaso estaba tratando de ocultarle algo? ¿Y si era una
persona con habilidades mentales que usaba sus poderes para robarle los
recuerdos a la gente? Todo esto pasó por su cabeza el tiempo justo para que a
la chica le diese tiempo de darse la vuelta y poner una mano en la puerta de
entrada. Con un nuevo impulso que no pudo controlar, alargó el brazo y la
agarró de la muñeca para que no se fuese. Inmediatamente se arrepintió de haberlo
hecho al ver la mueca de asombro de la joven. Estaba empezando a hartarse de
aquellos arrebatos impredecibles que la estaban obligando a hacer cosas sin
siquiera tener tiempo de pensar nada. ¿Qué le diría ahora? No tenía nada más
que decirle, ni siquiera sabía su nombre. Estaba demasiado nerviosa como para
presentarse de una manera adecuada. Exhaló con fuerza.
–Yo también estoy buscando la escuela
–resolvió, sin meditar sus palabras y soltándola. No sabía por qué había dicho
aquello, se suponía que no debía hablar con nadie sobre su ingreso en Élmeros.
Sin embargo, no se sintió culpable. Un pequeño atisbo de sonrisa se dibujo en
el lado izquierdo de su rostro. Los ojos oscuros de la chica se clavaron en
ella de nuevo. Su expresión pareció relajarse.
–Me…me llamo Ayna. Y creo que vamos a ser
compañeras de clase –Le tendió la mano con amabilidad. Para su sorpresa, la
morena aceptó el gesto, y le devolvió la sonrisa.
–Yo soy Elvia. Y parece que las dos
estamos buscando el mismo lugar, sí. –se presentó. Así que Elvia era el nombre
de la persona que llevaba viendo todo este tiempo en sus desvaríos. Era extraño
intentar entablar una conversación con alguien a quien había visto tantas veces
pero de la que no sabía si su existencia era real. Se quedó observándola unos
instantes más. Un silencio sorprendentemente agradable las envolvía.
–Bueno… ¿dónde crees que estamos? –preguntó
Ayna para romper el hielo. Elvia se sobresaltó, no esperaba que la otra chica
hablase. Sus voces se amplificaban en aquella vacía habitación.
–Ni idea… la torre que se ve desde fuera es
muy parecida a como me la habían descrito, pero esto… -respondió señalando a
uno de los cuadros. Ambas posaron su mirada en él. Desde su posición, Ayna no
era capaz de distinguir lo que representaba, así que dio un paso hacia delante
con el fin de acercarse lo suficiente. Un fuerte golpe sordo le hizo retroceder
tras dar un cómico brinco. Empujó con suavidad a Elvia hacia atrás para que
pudieran apoyar la espalda en la pared que tenían más próxima, conteniendo la
respiración. Un haz de luz azul fue perceptible por un corto período de tiempo
en lo que parecía ser una grieta que atravesaba las piedras del muro que tenían
justo al frente.
–Tú también lo has oído, ¿verdad?
–susurró Elvia. Ayna asintió despacio. Con cautela, se aproximó y rozó con sus
dedos la superficie rugosa de la pared. Justo en el momento en el que notaba
una delgada fisura, una voz suave pero firme resonó por la sala, pillando a las
chicas desprevenidas.
-¿Qué hacéis aquí todavía, muchachas?
–preguntó un hombre de mediana edad desde la puerta de entrada. –Ya he dado el tercer golpe, ¡deberíais estar
dentro! –El señor que les hablaba vestía una especie de uniforme compuesto por
un polo color granate y unos pantalones negros de cuyo cinturón colgaban varios
manojos de llaves. Debió de notar que ambas estaban algo perdidas, ya que su
fría expresión se transformó rápidamente en una amplia sonrisa afable.
–No creo que hayáis tenido tan mala
suerte como para no encontraros con algún compañero que os enseñe cómo entrar a
la escuela –Elvia miró a Ayna con una mueca de incredulidad. -Soy Joseph, el
conserje. No os asustéis. Ahora, seguidme antes que empiece la reunión de los
de primer curso.
El hombre caminó hasta la grieta de la
que había salido aquella luz azul hacía unos momentos.
–Ahora, relajad el cuerpo y caminad hacia
este hueco. Sé que parece que no va a caber ni una pequeña araña, pero confiad
en mí. Tú, la de los ojos azules –Ayna abrió mucho los ojos al ver que la
estaba señalando a ella. –Tú primera. Como es la primera vez que traspasáis la
barrera, os recomiendo que lo hagáis lo más rápido posible. Dais una carrera y
en un momento estaréis dentro. No penséis en nada, es más amplia de lo que
parece desde aquí –Con el corazón en la boca, Ayna miró a la otra chica por
última vez, buscando seguridad antes de lanzarse hacia la pared. Cogió aire y
encogió su cuerpo. Ya había levantado un pie cuando oyó de nuevo la voz del
conserje.
-¡Es broma! No te vayas a estampar contra
el muro -dijo con una risa socarrona -Mirad, es una trampilla –Con paso algo
torpe se acercó a la pared e introdujo literalmente la mano en el cemento.
-Desde aquí se abre hacia fuera, tiráis hacia la izquierda, y un seguro la deja
quieta hasta que ya estéis dentro. Es muy simple y rudo para ser la entrada de
una Escuela de poderes mentales, lo sé. Pero ya veréis como compensa el
interior.
Las chicas habían abierto la boca de forma
sincronizada, perplejas por igual. Un hueco cuadrado del tamaño de un maletero
de coche se había abierto en la pared a escasos centímetros del suelo. Con paso
cauteloso, ambas pasaron por el hueco, levantando los pies para no tropezar.
Instintivamente, Ayna cerró los ojos. Cuando se sintió lo suficientemente
segura, los abrió. Un enorme recibidor se hallaba ante ella, repleto de gente
que iba de un lado para otro con paso nervioso. Observó todo lo que la rodeaba
con gran admiración. El corazón le latía con fuerza. Sintió una ligera
corriente de aire frío en la espalda y se giró para encontrarse con Elvia,
quien mantenía el cuerpo tenso y la cabeza baja. Ayna le tocó el brazo para
llamar su atención.
–Elvia, mira. Es real. Élmeros es real.
Ella levantó la mirada, y una chispa de
emoción se encendió en sus ojos oscuros. Ambas quedaron paralizadas intentando
asimilar que se encontraban en la Escuela Élmeros de la Mente. Ayna comenzó a recorrer el lugar con la
vista, asombrada por su belleza. El interior del edificio era completamente
dispar al aspecto exterior. El suelo era de un brillante mármol rosado, y el
techo era parte alto y ahuecado. Las paredes estaban pintadas con un color que
se encontraba a medio camino entre el rosa más suave y el marrón más claro.
Había varios sofás repartidos por la sala, y una gran alfombra redonda de color
granate colocada en el centro, donde algunos jóvenes charlaban animadamente.
Dos enormes lámparas colgaban del techo arqueado dando una iluminación bastante
necesaria, debido a la escasez de ventanas. A la izquierda de las chicas había
una caseta del mismo color del polo que llevaba puesto el conserje. Ayna supuso
que era su puesto de vigilancia, y aunque parecía estrecho, estaba segura de
que era bastante más amplio de lo que aparentaba, al igual que todo el
edificio. Un poco más hacia delante había dos grandes escaleras de color caoba
separadas por una bonita chimenea sin brasas. Varias puertas cerradas rodeaban
a las chicas, escondiendo lugares que ya estaban deseando descubrir. Frente a
ellas, al otro lado del salón, se visualizaba un pasillo que daba la sensación
de no tener final.
-¡Buena suerte en vuestro primer día,
chicas! –se despidió de ellas el conserje.
Escena 15: La puerta gris
De entre todo el barullo resaltó una voz
firme que se dirigía a todos los alumnos allí presentes. Los jóvenes que
estaban dispersos por el espacio se concentraron en un grupo uniforme frente a
un portón dorado al otro lado de la sala. Ayna y Elvia se apresuraron en
llegar.
–Chicos, vamos, acercaos todos –llamó mientras
hacía gestos con las manos. Una mujer alta y esbelta había subido un par de
escalones para hacerse ver entre los estudiantes. Tenía el corto cabello del
mismo tono cobrizo de la madera, y llevaba unas gafas rectangulares que
contrastaban con la vivacidad de su cabello. Lucía un vestido largo holgado que
le otorgaba aún más altura, y cruzaba las manos delante del cuerpo, con la
espalda bien recta. Ayna tuvo un sentimiento de respeto inmediato hacia ella.
–Bien. ¿Estamos todos? De acuerdo. Bueno,
bienvenidos a vuestro primer curso en la Escuela de la Mente de Élmeros.
Supongo que vuestros Hirnoks os habrán informado acerca de vuestras habilidades
mentales… pues es en este lugar donde aprenderéis a convivir con ellas y con
vuestros compañeros mentia. Para el que no lo sepa o recuerde, mentia es el
nombre que se nos da a los Mentalmente Hábiles que tenemos control sobre esos
“poderes psíquicos”, si quieren llamarlo así. Yo soy la profesora Leabhar, y
seré su maestra de la asignatura de Ética, además de actuar como directora en
funciones… hasta que la verdadera ocupante de este puesto se digne a aparecer
-Esto último fue casi imperceptible para la mayoría de los presentes, pero Ayna
consiguió escucharlo con claridad. La cabeza le daba vueltas. ¿Había mucha más
gente que podía usar su mente para cosas fuera de lo normal? Freddie no había
sido demasiado claro con sus explicaciones acerca de la escuela, por lo que
tendría que apañárselas sola. Miró a Elvia. Sus ojos oscuros centelleaban.
Sonrió, preguntándose qué sabría ella de todo eso. A su alrededor había decenas
de chicos y chicas muy diferentes entre sí. Altos, bajos, con los ojos verdes,
oscuros, pelos rizados, melenas de colores… pero todos con el mismo brillo de
expectación en el rostro. Ayna sonrió al pensar que ella misma debía tener esa
expresión.
–Ahora, subid por estas escaleras y el
profesor Teinset os enseñará vuestras habitaciones. Las maletas las podréis
dejar aquí. Y una última cosa – El silencio inusual permitía que la voz de la
profesora Leabhar se oyera sin necesidad de tener un tono elevado. -Recordad
que en Élmeros somos una familia, espero que os sintáis aquí como en casa –Los
alumnos aplaudieron entusiasmados por el alentador discurso de la profesora
Leabhar, rompiendo el silencio como la primera canción de una fiesta.
-¡Yo soy el profesor Teinset, síganme!
Sin darse cuenta, Ayna fue arrastrada por
la multitud en dirección a las escaleras. Subieron dos pisos de escalones hasta
detenerse en una estancia amplia y algo
menos iluminada. Había perdido de vista a Elvia, pero no le dio tiempo a
preocuparse por ello. Habían llegado a los dormitorios. Un largo y ancho
pasillo de madera se aparecía ante los ojos de los impacientes alumnos.
Sobresaliendo a ambos lados del mismo había varios pares de escaleras cortas
(de un par de escalones) que bajaban a un segundo descansillo más bajo. En ese
nivel estaban las puertas cerradas de las habitaciones, a la espera de ser
abiertas. Cada una de ellas era de una tonalidad distinta.
–Bien, niños. Espero que os haya dado
tiempo a conoceros lo suficiente como para ser capaces de elegir cuando os lo
pida a las personas que van a dormir con vosotros durante lo que dure el curso
–Los jóvenes se miraron entre ellos con muecas de horror. ¡Ni siquiera les
había dado lugar a conocerse! Ayna suspiró algo asustada. ¿Dónde estaría Elvia?
Se puso de puntillas para poder ver por encima de las cabezas de la gente, sin
éxito. El profesor que les guiaba continuó hablando, pero ella ya había dejado
de prestar atención. A su lado tenía a una chica con el pelo de un rojo oscuro
muy elegante, largo y ondulado. Llevaba una chaqueta del mismo color, decorada
con dibujos de dragones chinos. Ayna subió la mirada hacia su rostro. Presentaba
rasgos asiáticos muy sutiles, como los ojos suavemente rasgados o la piel
tersa, aunque con cierto tono tostado. De pronto, un pequeño haz de luz y calor
llamó su atención a la altura de sus manos. Ahogó un grito, sorprendida al ver
cómo una curiosa bola de fuego se formaba entre los dedos de la chica. Esta, al oír la reacción de la joven, cerró
la mano y la recorrió con la mirada. Sin saber qué decir, Ayna agachó la
cabeza, notando cómo el rubor trepaba hasta sus orejas y coloreaba sus
mejillas.
–No te asustes, no te voy hacer nada –
susurró la chica con voz rasposa. Ayna volvió a mirarle a los ojos,
descubriendo un color ambarino muy parecido al del fuego que acababa de crear
misteriosamente.
-¿Cómo… cómo has hecho eso? –le preguntó
en voz baja para que no la oyesen el resto de alumnos. Ella sonrió.
–No lo sé, por eso estoy aquí, para averiguarlo –respondió
mirándose las manos.
–Entonces, ¿eso ha sido una habilidad
mental como las que ha mencionado la maestra? Ha dicho que aprenderíamos a controlarlas,
¿puedo entonces yo encender un fuego también con solo pensarlo? –La chica de
rojo pestañeó un par de veces, abrumada por tantas preguntas. Se encogió de
hombros y devolvió la atención al profesor que aún seguía hablando. Ayna apretó
los puños. Estaba deseosa de salir de allí y probar la que quiera que fuese su
habilidad mental. La emoción y la adrenalina daban vueltas en su estómago
impidiéndole permanecer quieta. Cambiaba el peso de una pierna a otra, se
mordía los labios con frecuencia…Tras unos largos minutos de charla a la cual
ya le había perdido el hilo hacía rato, el hombre dio vía libre para elegir
habitación, pidiendo a los estudiantes que no tardasen demasiado y que bajasen
después al hall para ir a cenar.
A base de empujones, Ayna logró salir de
entre la gente, caminando hacia el centro del corredor. La mayoría de los
alumnos se habían quedado en el sitio esperando que alguien los mandase a una
habitación concreta, sin decir palabra. Ayna se alegró sutilmente al averiguar
que no era la única que tenía problemas a la hora de hacer amigos. Frente a
ella tenía una puerta de color gris con una placa de cristal a la altura de sus
ojos que mostraba un papel con tres iníciales escritas: una N mayúscula seguida
de una E y una S. Tenía tantas ganas de ver el dormitorio por dentro, que no se
esforzó en averiguar qué significaban aquellas letras. Justo cuando apoyaba la
mano sobre el pomo, algo le tocó el hombro haciéndole brincar del susto. Tras
ella estaba Elvia, con una sonrisa contenida y los ojos muy abiertos.
–Te estaba buscando –le dijo. Ayna no
pudo evitar sonreír. Había llegado a pensar que se había hecho amiga de alguien
más interesante y se había olvidado de ella.
–Yo también te estaba buscando –le
respondió. Sin pensárselo dos veces, le preguntó:
-Oye, ¿quieres ser mi compañera de
habitación? El profesor ha dicho que tenemos que compartirla con alguien a
quien ya conozcamos bien, y aunque todavía no sea el caso, creo que aquí vamos
a tener tiempo de sobra para ello. Además, ya me has caído genial… -Esperando
una negativa por parte de la chica, sintió una alegría interna inexplicable
cuando vio que esta asentía frenéticamente con la cabeza. Sin embargo, su
expresión cambió por completo al instante.
–Pero, ¿estás segura de que quieres esta
habitación? ¿Y de que quieres compartirla conmigo? El profesor Teinset ha dicho
que más nos valía estar completamente cómodos porque iba a ser muy difícil
cambiar las cosas después –le explicó con las cejas bajas. Ayna borró su
sonrisa también.
–Claro
que estoy segura. Esta habitación está en el medio, está igual de cerca de los
baños que de las escaleras de salida –afirmó señalando al cartel que se veía al
final del pasillo, el cual indicaba la presencia de los servicios. Elvia cogió
aire y se aproximó a su compañera con decisión. Esta tragó saliva, nerviosa.
Con una fuerza que la mano que tenía puesta en el pomo de la puerta no
agradeció, la morena empujó ambos hacia abajo con el fin de abrir el dormitorio
de forma heroica y simultánea a su compañera. Sin embargo, la cerradura no
cedió. Parecía estar cerrado con llave aún.
-¿No has cogido la llave? –preguntó la morena
mientras se apartaba con una mueca de decepción. Ayna arqueó una ceja.
-¿Qué llave? –dijo extrañada.
-¿No te has enterado de lo que ha dicho
el profesor Teinset? Hay que ir a coger la llave de la habitación que tenga las
iniciales de la puerta que hayamos elegido y saber ya todas las personas que
vayan a vivir en la habitación. ¿Vamos a dormir solo nosotras aquí? Dudo que
nos dejen… -le explicó Elvia. Ayna torció la cabeza hacia un lado intentando
pensar qué hacer. No conocían aún a nadie, y esperar a que alguien se
presentase como su compañero de la nada era algo que no quería que sucediese.
Cogió de la mano a Elvia para no perderla de vista de nuevo y se metió entre la
gente para coger la llave de la puerta gris. El resto de alumnos se
arremolinaban alrededor del pequeño mueble que guardaba las llaves de todas las
habitaciones del corredor. Justo en el centro, un ejemplar plateado llamó la
atención de Ayna por su brillo limpio. Alargó la mano y lo cogió con cuidado.
Se hizo el silencio, todos estaban pendientes de lo que hacía la chica. Volvió
a sentir cómo el calor llegaba a sus mejillas.
Escena 16: From the Dining Table- Harry
Styles
Era la primera en escoger habitación,
nadie se había atrevido. En cuanto tuvo la llave entre sus dedos, retrocedió
abriéndose paso entre la gente y caminó con rapidez hasta la puerta central del
lado izquierdo. Elvia le sonrió en un gesto de compasión. Sin importarle lo que
le había dicho sobre tener a todos los que fueran a convivir en el dormitorio
reunidos para entrar en él, introdujo la llave en la cerradura y la puerta se
abrió con un oxidado chirrido. Una luz le dio de lleno en la cara, cegándola
por unos segundos. Cuando sus ojos se acostumbraron al exceso de iluminación,
pudo relajar la mandíbula, la cual había tenido tensionada hasta el momento. El
cuarto albergaba dos literas de un par de camas cada una, con lo que parecían
sábanas recién puestas. Una ventana ojival dejaba pasar los rayos del sol
coloreándolos de un suave color dorado. La luz se reflectaba sobre una mesa de
estudio blanca que ocupaba el final de la habitación, entre las dos literas.
Dos sillas del mismo color complementaban el rincón. Apoyada en la litera
izquierda había una robusta escalera de madera. Las paredes eran de un
agradable color beige, y la estructura que sujetaba las camas era de madera
también. Ayna soltó el aire que había estado reteniendo y se giró hacia atrás.
Elvia la observaba con los brazos cruzados.
-¿Por qué no has esperado a que
encontrásemos a alguien más? –La rubia enseñó las palmas de las manos a modo de
respuesta. Realmente no lo sabía, quizás había sido otro de sus impulsos
incontrolables, y bajo la presión de la mirada fija de sus compañeros se había
visto forzada a abrir la puerta sin
ningún miramiento. Iba a disculparse por ello cuando el profesor Teinset llegó
al corredor misteriosamente mojado.
–Espero que ya hayáis escogido. ¿Se puede
saber qué demonios hacéis todos aquí parados? ¡No tenemos todo el día! –En ese
momento, los alumnos empezaron a moverse de un lado a otro del pasillo,
abriendo cerraduras y sonriéndose tímidamente. Ayna se colocó cerca de Elvia,
lo suficiente como para que la oyera susurrar:
-Me parece muy precipitado que nos
obliguen a compartir habitación sin conocernos aún –La morena le dedicó una
mirada en parte reprochadora, en parte dándole la razón. De pronto, las chicas
sintieron cómo algo húmedo les tocaba el hombro.
–Señoritas, ¿quiénes serán vuestros
compañeros? –preguntó una estruendosa voz. El profesor Teinset las fulminaba
con la mirada, esperando una respuesta inmediata que no iba a llegar. Tenía el
pelo canoso aplastado sobre la cabeza, como si le hubieran echado un cubo de
agua por encima. Como consecuencia de ello también llevaba el traje color azul
grisáceo empapado. Aún con gotas vacilantes colgándole de las grandes orejas,
el hombre se acercó a la habitación de la puerta gris y la examinó con una
mirada veloz.
–Chicas, no podéis ser solo vosotras dos.
Me temo que voy a tener que separaros y mandaros cada una a un dormitorio en el
que aún haya huecos. Os lo había advertido porque sabía que estas cosas iban a
pasar –El profesor había cambiado el tono de su voz repentinamente, pasando de
un fuerte volumen autoritario a uno amable capaz de convencer a un niño
pequeño. Gracias a este detalle, Ayna recibió la noticia de una manera mucho
más suave. Incluso llegó a dar un par de pasos siguiendo a Teinset, pero un
sonoro suspiro la sacó de su ensoñación. Elvia miraba al suelo, con las manos
juntas en actitud reservada. Su compañera se acercó, cayendo en la cuenta de
que era la única persona con la que había congeniado desde que llegaron a Élmeros.
Con un nudo en la garganta forjado por la culpa, trató de disculparse por su
poca empatía.
–Lo-lo siento, ha sido sin querer.
Últimamente actúo demasiado sin pensar, ya te acostumbrarás… si es que quieres
acostumbrarte, claro… -le explicó con voz temblorosa. Intentó aparentar
indiferencia, pero por dentro temía que Elvia diese media vuelta, enfadada. Le
había parecido muy buena chica, y no le importaría que fueran amigas. No quería
perder al primer amago de amistad que había hecho en la Escuela.
–No me he enfadado. Es normal, estamos
nerviosos y hacemos las cosas sin pensarlas, como primero se nos vienen a la
cabeza. Ahora será mejor que bajemos con el resto de la gente –Ayna la miró a
los ojos, extrañada. ¿Tanto se le había notado que no quería que se molestase?
–Además, igual tenemos suerte y nos toca con alguien con quien ya hayamos
hablado –añadió con tono frío. La otra chica sacudió la cabeza.
-¿Has hablado ya con alguien? ¿Con quién?
–le preguntó, dudosa.
–Con una chica que sabe hacer crecer las
plantas con su mente. Se llama Clara, o Ciara, no lo recuerdo bien –le
respondió Elvia sin mirarla mientras comenzaba a caminar. Ayna volvió a ser
consciente entonces que estaba rodeada de personas que controlaban su alrededor
con la mente, como habían dicho la profesora Leabhar y, anteriormente, Freddie.
De pronto, frenó en seco y miró a su compañera con intensidad.
–Tú haces cosas raras también, ¿verdad?
–le inquirió, señalándola con un dedo acusador. Las mejillas de la chica se
colorearon de un simpático rosa pálido. Justo cuando abría la boca para
responder, la chica de la bola de fuego llamó su atención moviendo su mano en
el aire.
–Chica de las preguntas, que nos vamos.
Todos habían desaparecido, a excepción de
ellas tres. Elvia dedicó una mirada inquisitoria a su compañera. Con paso
rápido, ambas siguieron a la muchacha de rojo escaleras abajo. Ayna aún estaba
tensa por lo que acababa de suceder. Había confiado ciegamente en Elvia, sin
tener en cuenta la posibilidad de que tuviera un poder mental capaz de, quizás,
anularla. Pese a ello, se le hacía imposible separarse ahora de ella. Le
transmitía una seguridad que no sentía desde que conoció a Roy.
Comentarios
Publicar un comentario