Capítulo 3. Figura Onírica

Escena 8:

Durante el mes de julio, el sueño hizo su aparición estelar en numerosas ocasiones, perturbando el descanso de Ayna y su consecuente paz mental. El hombre alado. Sus ojos, azul eléctrico, que se clavaban en la chica provocando en ella la necesidad de comprenderle. Los espejos. La escalera de caracol. Siempre igual. Siempre el mismo patrón.

Roy había marchado unas semanas a su pueblo natal. Val iba y venía de la costa, sin aparente tiempo para visitar a Ayna. Las horas pasaban para ella como los largos documentales sobre antílopes y cebras que emitía la cadena de televisión local. El período estival era una de las cosas que más desagradaban a Ayna. Intenso calor acompañado con la parsimonia de los días vacíos. Sus padres apenas pisaban el hogar, controlados por la temporada alta de vuelos turísticos. Los tres hermanos vivían encadenados al televisor y al aire acondicionado. Por suerte para Eric y Julia, amigos cercanos tenían la amabilidad de sacarlos de cuando en cuando de aquel aturdimiento para literalmente empujarlos a la refrescante agua de sus impecables piscinas. En dichas ocasiones, Ayna aprovechaba su soledad para investigar más acerca de sus visiones. Su historial de búsqueda en Internet estaba plagado de páginas esotéricas y para-científicas que podrían haber aportado algo de luz a su desesperación, si no fuera porque en su mayoría justificaban los sueños repetitivos con una profecía o importante misión vital.

Comenzando agosto y con la esperanza de un posible retorno de sus amigos, Ayna decidió una tarde en la que el calor estaba de buen humor –y por lo tanto ofreció una amistosa tregua a los habitantes de Caley- recorrerse las calles en busca de carretes con los que dar vida a su cámara analógica. Sabía de la existencia de una antigua tienda de fotografía al otro lado de la localidad, y allí puso su destino. Aprovechó las horas más próximas al atardecer para ello.

El agradable sonido de una campanita la recibió a su entrada en la tienda. Tuvo que bajar tres escalones una vez pasada la puerta de entrada, ya que el nivel del suelo estaba algo más bajo que el de la calle. Todo estaba decorado de una forma muy rústica, con marcos de exposición tallados en madera, repisas adornadas con bonitas plantas y cámaras antiguas, y pequeños ventanales que dejaban pasar la clara luz de la tarde. Algunos rayos se reflejaban en los diferentes espejos que colgaban de las blancas paredes de aspecto sedoso, las cuales se encontraban teñidas de tonos ocres por la caída del sol. Los aromas de café y jazmín que flotaban en el aire llevaron a Ayna a un estado de simpática tranquilidad. El mostrador, también de madera, contaba con una bonita caja registradora de apariencia antigua, como sacada de una película de época. No había ningún empleado a la vista, por lo que se decidió a esperar en silencio mientras contemplaba el lugar. Como de costumbre, tenía la sensación de que la observaban. No había nadie a la vista. El techo de la tienda tenía una superficie curva que a Ayna le parecía el interior del caparazón de una tortuga. En una de las repisas que había más cerca del mostrador había colocada una serie de libros que podrían provenir del mismo tiempo que la caja registradora. Sus lomos roídos por el tiempo vaticinaban lo que Ayna encontraría en su interior al abrirlos para curiosear. Decenas de imágenes con grandes obras maestras del arte representadas en ellas conformaban el contenido de aquella especie de antigua enciclopedia de las artes plásticas. En la primera de sus amarillentas páginas figuraban unos símbolos similares a unas runas o grafemas pertenecientes a un idioma desconocido. Una sensación de inesperada familiaridad se asentó en el estómago de la chica. Para su sorpresa, fue capaz de descifrar lo que decía letra a letra: Kho-far…

-¿Khofar?

De pronto, unas manos rudas taparon la cara de Ayna impidiéndole respirar. La chica tensó su cuerpo de inmediato. Alguien la arrastró unos metros hacia atrás. No veía nada. Olía a colonia barata y a algo que no conseguía identificar. Ayna pataleó desesperadamente intentando escapar, pero la persona que la tenía agarrada lo hacía con mucha fuerza. Volcó toda su energía en tratar de zafarse, pero era inútil. Tenía ganas de llorar, pero una de las manos le tapaba la boca impidiéndole gritar o pedir ayuda, por lo que desistió dejando caer los brazos. Acto seguido, se vio liberada. Intentó escapar, pero se dio de bruces con una puerta cerrada. Estaba encerrada en un cuarto iluminado con una desconcertante luz roja. Su pecho subía y bajaba con gran velocidad, y las rodillas le temblaban como si le hubiesen propinado una descarga eléctrica. Se dio la vuelta para enfrentar a su captor en un arranque de valor.

Era él. Eran sus ojos azules, clavándose en ella como si fueran a leer su alma. Era el hombre que aparecía en sus sueños una y otra vez. No distinguía sus rasgos debido a la mediana oscuridad en la que estaban sumidos, pero no era necesario. Ayna no sabía cómo reaccionar. Mil impulsos inconclusos se mezclaban en su cabeza, y un sudor frío había comenzado a empaparle la espalda.

–Lo siento, pero es que es usted de las más difíciles -le susurró con voz afónica. La chica se sobresaltó al averiguar que, al contrario que lo que sucedía en su sueño, hablaban el mismo idioma. Sin embargo, no le entendía. Sin decir nada más, el hombre puso una mano en el hombro de Ayna en actitud tranquilizadora. La respiración de esta volvió a la normalidad, ralentizando su ritmo. Era como si le hubiese dado un calmante. Una sensación de paz la invadió por dentro. Poco a poco, se estaba quedando dormida. No podía dejar que el sueño se apoderase de ella. Sus párpados tenían más fuerza que todo su ser. No debía. Soltó aire con cansancio. Sin saber cómo, reunió todas sus fuerzas y abrió los ojos. Hizo un esfuerzo enorme por mantenerse alerta. Bajó la vista a los zapatos del desconocido. Eran negros, brillantes y alados… ¿alados? Ayna parpadeó perpleja. Ya totalmente despierta, observó cómo un par de pequeñas alas de plumas blancas adornaban el talón de aquello zapatos. Las enormes alas del hombre que aparecía en sus sueños se habían reducido a un simple pero logrado detalle decorativo de sus zapatos. Volvió a poner su atención en los ojos del hombre, que tintineaban con una mezcla de misterio y aprobación.

No comprendía nada. Le sonreía. Después de sacarla a rastras del local y meterla en un cuarto de revelado. Los nervios y el miedo volvieron al pecho de Ayna como una enorme ola que rompe en las rocas. El efecto calmante había desaparecido. Tenía delante a una figura con la que había soñado en numerosas ocasiones, le parecía un acto de brujería. ¿Y si era eso? ¿Y si Ayna era una bruja?

–Veo que es capaz de resistirse. Es usted fuerte. Y creo que eso es bueno –Los ojos de Ayna iban de un lado hacia otro buscando posibles utensilios con los que defenderse, o salidas a la vista.

-¿Quién eres? -se aventuró a preguntar. Él seguía sonriendo con orgullo.

–Soy Freddie. Un placer conocerla en persona, Ayna -¿Cómo sabía su nombre? Bufó nerviosa.

–No sé cómo demonios sabes mi nombre, ni qué quieres de mí. Pero por favor, no me hagas daño… -suplicó. El hombre dejó escapar una carcajada demasiado dulce para la percepción de Ayna. Todo el miedo que tenía se había transformado en rabia. ¿Se estaba riendo de ella?

–Perdóneme, señorita Cruser. No era mi intención ofenderla. Siento no poder explicárselo. Mi intención era hipnotizarla y dejarla en su casa como si nada hubiese pasado, pero al ver que se ha resistido he tenido que hacer un ligero cambio de planes. En vez de dejar que encuentre esta carta por usted misma, tendré que dársela en mano. Hágame el favor de no leerla hasta que esté reposando en su hogar. No se asuste -le pidió con voz suave. Ayna lo miraba perpleja. ¿Había dicho hipnotizarla? El hombre, con expresión tranquila, señalo un punto por encima del hombro de la chica. Esta volvió el cuerpo para ver qué llamaba su atención, pero no encontró nada. Cuando se giró para responderle que qué clase de broma era aquella, el misterioso hombre había desaparecido. Movió la cabeza de un lado a otro en su busca. Ni rastro. Se volvió y trató de abrir la puerta. Esta cedió sin demasiadas dificultades, y Ayna pudo salir al aire libre de nuevo. El sol estaba a punto de desaparecer por el horizonte, y los edificios estaban teñidos en sus partes más altas de un atrayente color anaranjado.

Al llegar a casa, se fue directa a su cuarto y cerró la puerta con un leve portazo. Encendió su lamparita de mesa y suspiró nerviosa. Rozó con los dedos el filo del sobre. La adrenalina provocaba que sintiese en la yema cada poro del pálido papel. ¿Por qué dudaba ahora? Sentía la familiar sensación en el pecho de que tenía que dejarse llevar por su intuición. Si aquello era peligroso, lo sabría.

-¡Ayna, te he llamado ya dos veces! ¡A cenar, ya! –Ayna dio un brinco, sobresaltada, al oír el grito de su madre desde la cocina. Había estado a punto de abrir el sobre. Tendría que esperar a la hora de dormir. 

Escena 9:

Por suerte, aquel día la cena no fue abundante. Ayna comió todo lo rápido que pudo y evitó responder preguntas de su madre. Su padre no había llegado, y Eric iba a quedarse a dormir en casa de Ben.

-Me voy a estudiar, mamá. Por ahí está el CD de la peli que quería ver Julia la semana pasada, yo ya la he visto ¡buenas noches! –se despidió mientras echaba agua a su plato sucio en el fregadero. Salpicó por todas partes, pero se fue a su cuarto antes de que su madre pudiera darse cuenta. Con la camiseta llena de gotas de agua, cerró la puerta de su cuarto y encendió la luz. Dos ojos azules la observaban curiosos desde su cama. A Ayna se le puso la piel de gallina y el corazón le dio un vuelco vertiginoso. El hombre que le había asaltado en la tienda de analógicas estaba sentado en su cama, con las piernas cruzadas y el mentón apoyado en una mano. Con la luz de su lámpara de techo, distinguía perfectamente sus facciones. Era mucho más joven de lo que se había imaginado. Tenía el rostro anguloso, la piel tersa y tostada. Sus espesas cejas estaban arqueadas en una mueca de aparente reproche, sobre un par de zafiros intensos que escudriñaban a Ayna con frialdad. El pelo, del mismo color que una teja, estaba cuidadosamente peinado hacia atrás, dándole un aspecto de hombre elegante. Esto se veía reforzado por su vestimenta. Una chaqueta larga, sin bolsillos y abrochada por un solo botón encima de una camisa blanca impoluta. Los pantalones, de vestir, contaban con un chapucero arreglo en los tobillos que discordaba con la pulcritud del resto de sus ropajes. Los zapatos de charol brillaban, evidentemente limpios. Las pequeñas alas blancas que decoraban sus talones se movían suavemente con el movimiento nervioso de las piernas del joven.

-Qué haces aquí, y por última vez, quién eres –susurró Ayna. No quería que, si aquello que presenciaba era una ilusión de su mente, su madre le escuchara hablar y viese que lo hacía sola. En caso de que fuera real, tampoco le haría gracia descubrir que había un desconocido en su casa.

-Ya le dije que me llamo Freddie. Ayna, le ruego que me escuche. Se ha demorado demasiado en abrir la carta, y más me vale que antes de la medianoche sepa su contenido. Así que he venido para recordárselo… aunque quizás se lo cuente yo personalmente para asegurarme –Ayna dejó escapar una risa nerviosa.

-¿Qué eres, una especie de brujo que ha traspasado las paredes para venir a comprobar que he leído su carta? ¿Me va a enviar a un colegio de magia y hechicería o algo por el estilo?–preguntó en un susurro agudo. Freddie parpadeó con un atisbo de perplejidad.

-No del todo, aunque se aproxima. No atravieso paredes, la intangibilidad no es compatible conmigo. Simplemente me he colado por la ventana –respondió el joven señalando a la ventana que tenía a su espalda. Ayna no sabía qué responder a aquello. Posó su mirada en las alitas de los zapatos, pero Freddie negó rotundamente con la cabeza –Solo son un distintivo de los Hirnoks para que otros MH sepan que trabajamos para la comunidad.

Ahora sí, Ayna sintió que aquel hombre y ella no hablaban el mismo idioma. Empezó a temerse que se estuviera refiriendo a algún tipo de secta.

-Perdona, ¿qué? – espetó, subiendo un poco el tono de voz. Una sonrisa de dientes como perlas se dibujó en el rostro de Freddie.

-Siéntese, por favor. No sabe la ilusión que me hace realmente ser yo quién le introduzca al mundo mentia. Llevaba cinco años esperando mi  primer aspirante a MH. Debo confesarle que yo habría preferido habérselo contado todo en la tienda, pero la directora me obligó a entregarle la carta porque en su familia… debido a ciertas circunstancias, más bien. ¿Está preparada? –Ayna estuvo a punto de decirle que no, pero Freddie empezó su discurso sin esperar respuesta:

-Señorita Ayna, es usted especial. Esos sueños que tiene, los dibujos que realiza sin aparente contexto, las idas y venidas de la realidad, tienen su explicación aquí dentro -dijo señalando la frente de la chica –Posee una maravillosa habilidad mental llamada “precognición”, además de algunas otras que aún no han salido a la luz. Eso la convierte en una MH, una Mentalmente Hábil –explicó. Ayna tenía la mente en blanco. Ambos se habían olvidado ya de susurrar. Escuchaba lo que decía Freddie, pero su cabeza no llegaba a asimilarlo, ni siquiera comprenderlo del todo. Si aquello que decía era cierto, eran las respuestas que tantos meses había estado anhelando. A través de la puerta cerrada, la chica pudo distinguir los pasos de su madre acercándose a la habitación. Miró a Freddie con cara de circunstancia, pero este no se movió. Ayna no sabía qué hacer. Si su madre entraba y le veía hablando con aquel extraño, el susto sería monumental. En una situación normal, hubiera preferido que eso ocurriese, y así huiría de su cuarto para contactar con la policía. Sin embargo, era un caso distinto. Aquel joven tenía respuestas a muchos de los interrogantes de Ayna, y no iba a permitir que se fuese sin descubrirlas. Su cabeza iba a una velocidad extremadamente rápida, buscando alguna solución. Sintió un leve mareo, y los pasos de su madre dejaron de sonar. Acercó la oreja a la madera de la puerta, pero no distinguió ningún sonido. Aliviada, se sentó en su silla y hizo un gesto a Freddie para que continuase.

-Se me ha olvidado lo que le iba a decir. De todas maneras, enhorabuena por lo que acaba de hacer –exclamó entusiasmado. Ayna pestañeó, confundida. Antes de que pudiera decir palabra, de nuevo, Freddie la interrumpió.

-¡Se me olvidaba completamente! La carta es un supuesto documento de admisión a un internado para estudiantes con muy buenas calificaciones. Enhorabuena por eso también, por cierto. Se la da a sus padres, que le firmen y, tome nota –Ayna había alcanzado el estado de shock. Cogió lápiz y un trozo de papel. Actuaba como un robot. No era mentira que solía tener buenas notas, ¿pero qué tenía eso que ver con lo de tener precognición? –Con esto, sus padres le dejarán mudarse a ese falso internado. Lo que hará realmente será ingresar en la “Escuela de la Mente Élmeros”, un instituto donde le enseñarán a controlar la precognición y a descubrir sus otros poderes mentales. Y como última cosa, los Hirnoks somos los mensajeros de la comunidad de los Mentalmente Hábiles. Yo soy su mensajero personal, podrá acudir a mí siempre que tenga dudas sobre la escuela. ¡Sea puntual el día 15 de septiembre! Tendrá que coger el tren de las 16:45 con destino en la estación de Ora, a la que llegará a las 17:30 aproximadamente. Ya en Perla, contará tres arcos de piedra por los que tendrá que pasar en el pueblo –siempre oyendo el río a su derecha- y, en cuanto vea una casa con una placa de cerámica en la que ponga “Clínica de Psiquiatría Mar H.”, gire hacia la izquierda por un callejón que la conducirá directamente a la frontera del pueblo. Entonces, deberá atravesar el bosque y llegará a Élmeros. Tendrá treinta minutos para ello, ya que la puerta de la escuela cierra a esa hora. Como es evidente, nadie puede saber que yo he estado aquí. ¡Suerte con el primer día, y que pase un buen verano! –se despidió, como si lo que acabase de decir fuera una banalidad del día a día. Abrió la puerta y salió con parsimonia del dormitorio. Por tercera vez en el día, a Ayna le dio un giro de 360 grados el corazón dentro del pecho. ¡Su madre le iba a ver si salía por la única puerta de la casa! Corrió a coger a Freddie del brazo, pero no llegó a tiempo. Su madre estaba mirando el móvil, de pie en mitad del pasillo, con medio pie adelantado. Freddie pasó por su lado, pero ella ni se inmutó. Ayna tragó saliva nerviosa. No sabía qué le había hecho. Igual sí que era una ilusión. Lo siguió hasta la salida, y observó como su hermana se mostraba impasible ante el hecho de que un hombre hubiera pasado por delante de la tele mientras ocurría una escena de acción a cámara lenta en la película que estaba viendo.

Antes de que el Hirnok desapareciera por la puerta, se volvió y le susurró a Ayna:

-Te recomiendo que vuelvas corriendo a tu cuarto. Dudo que aguantes más de un par de segundos –La chica cerró la boca (la había abierto sin darse cuenta en algún punto entre su cuarto y la salida) y no se cuestionó por qué debía hacer eso. Sus piernas dieron unas cuantas zancadas hasta que se encerró en su habitación de nuevo, pasando por delante de su madre, que seguía en el mismo lugar. Se sentó en la cama, donde hacía segundos que había estado Freddie, y no le dio tiempo a recuperar el aliento cuando oyó unos golpes suaves en la puerta.

-Ayna cariño, ¿cómo vas? –La voz de su madre sonaba tranquila. Su rostro asomó por el umbral. Sonreía. Ayna forzó una sonrisa y se obligó a controlar su respiración.

-Bien mamá. Acabo de recitar de corrillo un párrafo enorme sobre… Nietzsche. La filosofía es agotadora –mintió. Se sintió tremendamente mal en cuanto la última sílaba salió de sus labios.

-Estupendo, hija. Mira venía a enseñarte este vídeo de Jack de cachorro. Es del día que te fuiste con tu padre a conocer a la tripulación, que lo paseé yo. Se encontró una camada de gatitos y mira con que ternura se acercó –La mujer acercó la pantalla del móvil al rostro de su hija. Ayna posó sus ojos en el vídeo, pero le fue imposible concentrarse en el contenido del mismo. ¿De verdad no había visto a Freddie?

Tumbada boca arriba, en la oscuridad de su habitación, Ayna sintió que sus pensamientos daban vueltas sin parar en su cabeza. Lo más seguro es que hubiera sido un desvarío más. Pero había tocado la carta, había oído a Freddie, le había visto abrir la puerta, había olido su colonia artificial. Aunque, por esa regla, también había sentido el calor en la nuca la noche que conoció a Roy. No sabía qué creer. No sabía nada. Lo último que pasó por su mente fueron los datos que había apuntado en el trozo de papel: Estación de Ora, Perla, Élmeros… Se sentía exactamente como la protagonista de una novela de fantasía a la que acaban de anunciar que posee poderes mágicos. Si era sincera consigo misma, dudaba mucho de la veracidad y materialidad de lo que acababa de suceder. Aquella sensación podría deberse a una primera fase de digestión de la noticia: negación a aceptar o comprender que realmente, Ayna poseía un poder mental y estaba destinada a acudir a una escuela donde aprendería acerca de ello. Lo último que hizo antes de cerrar los ojos fue dejar escapar una carcajada.

Escena 10:

-¡Corre Roy! ¡No vamos a llegar!

El calor era insoportable. Ayna y Roy corrían envueltos en sudor calle arriba con el rumbo puesto en la biblioteca municipal. Nada más regresar el chico de su retiro rural, Ayna le había atropellado con información y especulaciones acerca de su encuentro con Freddie. A pesar de que este le había dicho explícitamente que no desvelase su aparición, la joven sintió la necesidad de comunicárselo a Roy. “Me parece ya exagerado, Ayn. Es bastante extraño”, había sido su respuesta inicial. Sin embargo, a medida que su amiga le fue contando todo lo que le había dicho Freddie, su interés fue en aumento hasta el punto de proponerle a Ayna ir a la biblioteca en búsqueda de cualquier cosa que pudiera tener relación con los poderes mentales.

Si había algo que Ayna adoraba de Caley, era la enorme importancia que le daba su ayuntamiento a la cultura. La superficie de la biblioteca era una de las mayores entre los espacios públicos de la localidad. El brusco cambio de temperatura entre el exterior y la entrada de la biblioteca pilló desprevenidos a los chicos.

-Al menos, hasta que encontremos algo estamos más frescos aquí –le susurró Roy. Se acercaron al mostrador principal para enseñar sus acreditaciones de miembros de la biblioteca, y fueron directos a la sección de psicología. Ambos coincidían en que aquella era la etiqueta que más podría tener relación con lo que buscaban.

La biblioteca era un enorme edificio de dos plantas con grandes ventanales y escaleras de madera. Las paredes eran de un blanco cegador si las observabas a primera hora de la mañana, con el sol de media tarde, se teñían del color de la vainilla. Cuando era época de exámenes, el bullicio era tal que el centro cumplía la función totalmente inversa de servir como distracción a los estudiantes que allí decidían quedarse. En pleno verano, la biblioteca cubría sus mesas de estudiantes con padres y madres pendientes de los semanales cuentacuentos, ancianos que habían decidido que no era tan tarde como les hacían creer para estudiar, y personas que, como ellos, no tenían otra cosa mejor que hacer que buscar libros con poca probabilidad de existencia verdadera en huecos ocultos.

La sección de psicología estaba situada en un pasillo totalmente desolado y apartado del centro de toda actividad. Eran evidentes las carencias y el descuido de los –aparentemente- pocos visitantes que pasaban por aquel lugar.

-Bien, por dónde empezamos.

Con un crujido de nudillos, Ayna comenzó a buscar por la letra P en la repisa que tenía más a su derecha: poderes, psíque, precognición… Los libros de autoayuda y supuesta magia negra parecían pedirle a gritos a Ayna que los sacase de aquel cúmulo de polvo olvidado. Pasaron horas, dos cafés aguados para Roy y algún que otro bufido de desesperación por parte de Ayna hasta que, por fin, dieron con un libro que podía parecerse a lo que buscaban.

-Ayn, ¡mira! ¿Es esta la E que aparecía en el dibujo que hiciste del banco?

Algunas personas que estudiaban concienzudamente en la última de las filas de mesas cercanas a la sección de Psicología chistaron en dirección a los chicos. Sin hacer caso, Ayna corrió desde el otro extremo del pasillo hacia su amigo. Este sostenía entre sus manos un viejo ejemplar de pasta oscura en cuya portada había reflejada una elegante letra E bordada en oro. Con sumo cuidado y cierta admiración, Ayna cogió el libro con el latido de su corazón aumentando cada vez más su velocidad. Temía que el sudor de sus manos pudiera estropear lo más mínimamente la superficie. Era menos pesado de lo que parecía a primera vista, pero el tacto era muy reconfortante. Parecía estar forrado con piel de color pardo. Los ojos azules de la joven brillaban ante el misterioso y tentador diseño de aquel tomo.

-¿A qué estás esperando? ¡Vamos a abrirlo! –le dijo Roy en lo que fue un intento de susurro interrumpido por la emoción.

Con una cautela propia de los pies de un bailarín, Ayna abrió el libro por una página al azar. Un suspiro se escapó de entre sus labios. Tenía expectativas de encontrarse una avalancha de respuestas a sus preguntas, pero dentro del libro no había más que párrafos desiguales de símbolos inentendibles. Roy pareció apreciar la decepción en la mirada de Ayna, e intentó quitarle el libro de las manos.

-Qué casualidad más curiosa, ¿verdad?

-No. Espera –La chica recorría el texto de arriba abajo buscando algo, un mínimo detalle de esperanza que alumbrase su incertidumbre. De pronto, recordó. El día que conoció a Freddie -más bien, el día en el que Freddie la arrastró a un cuarto de revelado para intentar hipnotizarla-, el libro de arte que había llamado su atención en una de las repisas junto al mostrador llevaba escrita en la primera hoja una palabra con unos símbolos iguales a los que ahora tenía ante ella. Volvió a su pecho aquella sensación de familiaridad. Sintiendo una dulzura fútil en el paladar, recitó sin esfuerzo:

-La piroquinésis es una de las habilidades mentales que más está sujeta a leyes y normas que rijan su control, así como otras habilidades que requieran una alta carga neuronal. La comunidad MH confía en el correcto desarrollo de la moral ética de aquellas personas cuyas habilidades psíquicas conlleven cierto riesgo y responsabilidad –Roy pestañeó perplejo un par de veces. Con una ceja arqueada, le preguntó a Ayna:

-No te lo estarás inventando, ¿verdad? –Su amiga giró lentamente la cabeza hacia él, negando sutilmente. De pronto, el chico salió corriendo. Ayna se quedó sola con el libro, paralizada en su posición y con las mariposas de su estómago comenzando a alzar el vuelo. Acarició la página por la que el ejemplar aún seguía abierto, embelesada por lo que acababa de hacer. Cerró el tomo y lo agarró con fuerza bajo su brazo izquierdo. Con el otro brazo libre, se acercó a un volumen del psicoanalista C. Jung que hablaba sobre la psicología de la religión oriental. Rápidamente, hojeó sus páginas hasta encontrar alguna que contuviese caracteres chinos, japoneses o coreanos. Cuando consiguió encontrar lo que el autor definía como un proverbio, se dio cuenta de que no tenía ni la más remota idea de qué era aquello de lo que hablaba la oración. Perfecto. Le había servido para descartar un posible súper poder acerca de descifrar lenguas ajenas a la suya propia. Roy volvió con un cómic algo roído y descolorido.

-Ayn, echa un vistazo. Este personaje es capaz de crear bolas de fuego y lanzárselas a sus enemigos. En algún punto de la trama, se refiere a su poder como piroquinesis –Los ojos verdes de Roy tintineaban con una tierna excitación. –Es real, Ayna. En este libro no hay dibujos, no hay notas del autor, no hay sinopsis. Créeme cuando te digo que conozco el género de la ciencia ficción lo suficiente como para saber que esto no es una historia inventada.

Con paso ligero, los chicos bajaron las escaleras de madera hasta llegar al mostrador. Llevaban consigo el misterioso libro de la E en la portada, y unos cuantos cómics que Roy había seleccionado con pulcritud.

-Lo siento, señorita Cruser. Su carnet está actualmente vetado por la no devolución a tiempo de los últimos ejemplares que tomó en préstamo –La mujer que se encargaba de los trámites de la biblioteca tenía la misma expresión aburrida que la profesora de matemáticas de Ayna cuando esta se demoraba demasiado en salir del aula.

-Perdone, pero no hace muchos meses que no pido un préstamo de la biblioteca.

-En mi base de datos pone que, hace exactamente cuatro semanas, usted se llevó en préstamo los siguientes tomos: “Trastornos del comportamiento en la infancia y la adolescencia”, “Neuropsicología clínica” y “El Camino del Artista”-Nada más oír los títulos, Ayna supo que Eric le había quitado la acreditación de la biblioteca para poder sacar libros de allí. Y como era evidente, había olvidado devolverlos en el plazo acordado de tres semanas.

-Disculpe, pero fue mi hermano quien cogió esos préstamos. ¿No hay alguna forma de transferirlos a su acreditación personal?

-Siento decirle que no. La tarjeta de la biblioteca no es un elemento intransferible, pero no podemos hacernos cargo de conciliaciones familiares con…

-Yo me lo llevo. Apúntelo en mi tarjeta, por favor –Roy hablaba con su carnet extendido hacia la bibliotecaria.

-Chico, son máximo tres ejemplares por persona –con un resentimiento apenas perceptible, apartó uno de los cómics para poner el libro. Con una parsimonia agria, la mujer buscó el código de barras propio del centro para poder acceder al préstamo. -Este libro no está registrado en esta biblioteca. Parece que alguien lo dejó aquí olvidado, así que me veo con la obligación de entregarlo a objetos perdidos.

-Está bien –Con cierto dramatismo, Ayna se dio media vuelta y caminó hacia la salida. El cuello le ardía ante la rabia por el tiempo perdido. Internamente, deseaba que la amarga voz de la mujer la frenase diciéndole que no había problema en que se llevase prestado el libro, pero eso no sucedió, y la joven se vio caminando por el jardín exterior del centro cultural.

-¡Ayn! Tranquila, encontraremos alguna forma de hacernos pasar por la persona que perdió ese libro. Sé las ganas que tenías de leerlo bien… -Roy colocó una mano en el hombro de su amiga mientras intentaba recuperar el aliento tras haber salido corriendo detrás suya.

-Gracias por venir conmigo Roy. Eres un sol –Una amplia sonrisa iluminó el rostro del joven, el cual empezó a tornarse de un color rosado.

-Para eso estamos. Además, me he llevado estos cómics de súper héroes, ¿no?

Escena 11:

Pasaban los días, y Ayna seguía sin entregar la carta de admisión a sus padres. Freddie no le había dado ninguna instrucción acerca de qué era lo que debía o no contarles. El fin del mes de agosto estaba a la vuelta de la esquina y, según sus cálculos, necesitaría un par de semanas para prepararlo todo.

Ayna pasaba las tardes dibujando en su habitación. Una de esas tardes, unos toques en la puerta interrumpieron su proceso de estudio de anatomía.

-Mamá, ven a ver qué te parece este brazo. ¿Está más largo que el otro, verdad?

-Bueno, depende de si se mira desde arriba o desde abajo, realmente –la ronca voz que le respondió no fue la que Ayna se esperaba. Con un brinco, se dio la vuelta para cruzarse con dos divertidos ojos azules que la observaban desde arriba.

-¡Freddie! ¿Qué haces aquí? ¿Ahora llamas antes de entrar? –El Hirnok sonrió con gentileza. Llevaba la misma ropa formal que la última vez, y el olor a laca para el pelo que desprendía era abrumador.

-Quiero ir cogiendo costumbre, señorita Cruser. Vengo a asegurarme de que ha entregado la carta a sus padres y de que todo está en orden para que pueda partir a la Escuela Élmeros el próximo día quince –Ayna cerró el libro de anatomía y se levantó de la silla. -¿No me va a preguntar cómo he llegado hasta aquí sin que nadie me viera?

-No hay nadie en mi casa, Freddie. Mi hermana Julia está durmiendo la siesta y no hay bomba que la despierte. No hará falta que congeles en el tiempo a nadie –le respondió la joven con desgana. –Y no, no les he dado la carta.

-A lo primero, no fui yo quién “congeló” en el tiempo a su madre y a su hermana, sino usted. A lo segundo, me lo olía y es por ello que vine a darle unas mínimas indicaciones de qué puede decir y qué no. Bien, en un primer e ideal caso, usted les entregará la carta de admisión y les explicará que, cual sea el instituto en el que estudia, ofrece becas para estudiar en un internado de prestigio a las afueras de Caley. En su caso, le he puesto como “estudiante con las capacidades requeridas para ingresar en la etapa de estudios artísticos superiores” –Ayna permanecía en silencio, oyendo las palabras de Freddie como si fueran el cuento de Caperucita Roja. ¿Cómo sabía que le encantaban las artes? –Confíe en mí si le digo que no será tan difícil como parece convencer a sus padres de la veracidad de la beca. Es muy importante que su hermana pequeña esté presente. Para que sea consciente de la noticia desde primera hora, vaya. En un segundo caso, tendremos que recurrir a la hipnosis, tal y como intenté con usted. ¿Tiene alguna pregunta o cuestión? Por cómo se retuerce las manos me imagino que varias –Ayna se miró las manos, entrelazadas con fuerza entre sí. No sabía por dónde empezar. Era obvio que Freddie no le iba a responder a todas las preguntas que rondaban su cabeza, por lo que se decidió a formular cuestiones lo más concretas posible.

-Pu-pues sí. ¿Debo llevarme mucho equipaje?

-No demasiado. Le informo de que en la Escuela está establecido un uniforme que todos los alumnos deberán llevar. Aunque después de nueve años, no sé yo cómo estarán los uniformes… se heredan.

-¿Por qué nueve años? Es la segunda vez que dices eso.

-Lo siento, Ayna. Solo preguntas formales acerca del traslado –con una mueca de disgusto, Ayna cerró los ojos para concentrarse en hacer una buena pregunta –Tranquila, lo descubrirá en cuanto comiencen las clases. Por cierto, todo el material necesario para el completo desarrollo de las materias será proporcionado por la Escuela. Si no tiene más cuestiones, estaré por aquí, supongo. O tal vez no –exclamó Freddie con alegría mientras se dirigía a la salida.

-¡Espera! ¿Cómo me encontraste en la tienda de fotografía? –aquella pregunta había surgido como un último intento por parte de Ayna de que aquella extraña persona se quedase con ella, esperando alguna explicación más.

-Me parecería inusual que esa fuese la única pregunta que te estés haciendo acerca del proceso de un Hirnok para encontrar a su joven MH. Todo a su tiempo, querida. Todo a su tiempo.

Justo en el momento en el que Ayna iba a preguntar cómo sabría cuál era exactamente la Escuela, se oyó cerrar la puerta principal de la casa.

-¡Juls, Ayn! ¡Estamos en casa! –Ayna y Freddie se miraron con los ojos abiertos.

-¿No puedes desaparecer o algo? –susurró ella.

-Ya le dije que la intangibilidad no es compatible conmigo –Inesperadamente, el padre de Ayna apareció por la puerta con una lechuga en la mano. Sin que le diese tiempo a pronunciar palabra, se quedó paralizado al darse cuenta de la presencia de Freddie.

-Tú no eres hijo mío –Y en un abrir y cerrar de ojos, Freddie le puso la palma de su mano derecha sobre la frente y salió corriendo. Darío se quedó unos instantes con la mirada desenfocada, miró a la ventana y luego a su hija. -¿A qué había venido yo, cariño?

Con voz temblorosa y un sudor frío recorriéndole la espalda, Ayna respondió:

-Llevas una lechuga en la mano, papá –El hombre se dio una palmada suave justo donde Freddie le había puesto la mano.

-Venía a enseñarte la lechuga que nos ha dado Matías, el nuevo de la tripulación Tiene un campo enorme, y hace cultivos. ¡Hoy toca noche de ensaladas! –se marchó por donde había venido canturreando tranquilamente. Ayna se llevó una mano al pecho y dejó salir el aire con fuerza.

Roy estaba muy emocionado por la marcha de su amiga.

-¡Es muy fuerte! Vas a compartir clase con gente que se transforma en león, que inunda casas enteras o que puede controlar los movimientos hasta del rey. ¡Parece literalmente el argumento de un cómic!  -le decía cada vez que se veían. Ayna sin embargo, estaba teniendo dificultades para creerse todo aquello. El día de la visita de Freddie, Roy estaba más convencido que nunca de que Ayna tenía que hacer caso a su Hirnok.

-Vamos a ver Ayn, pongamos las cartas sobre la mesa. Ese hombre es totalmente desconocido, y estamos acostumbrados a dar por hecho que todo lo que tenga que ver con poderes es fantasía o ciencia ficción –Ayna asentía con el semblante serio. –Pero ha venido, te ha dado una carta que tienes que entregar a tus padres –cosa que si fuera irreal, sería demasiado “auto-delatorio”- y hemos encontrado un libro con runas que has sabido descifrar perfectamente. Además claro, de que te haya hablado de precognición sin haber tenido forma de saber acerca de los dibujos y las visiones.

Aquellas palabras de Roy fueron la chispa que Ayna necesitaba para empezar a creer. Miró a su amigo directamente a los ojos, esperando una última afirmación, un último consejo. Su niña interior le estaba diciendo a gritos que hiciese la maleta y cogiese aquel tren hacia la Estación de Ora. Pero su parte desconfiada no hacía más que crear posibles escenarios negativos en su cabeza. ¿Y si era una trampa? ¿Y si Freddie era un pervertido? ¿Y si la secuestraban antes de que partiese el tren?

-Pídeles a tus padres que te acompañen a la estación. Si quieres voy yo también. Hablemos por teléfono durante el trayecto si no encuentras a nadie con quien hablar. Confía, Ayna. Está claro que eres especial, que tienes un don. Simplemente déjate llevar –Roy cogió las manos de Ayna entre las suyas. Ella no supo qué decir. Su amigo estaba demasiado cerca.

-Vale. Esta noche les daré la carta. Voy a irme ya a casa, me doy una ducha para despejarme, y ya te cuento qué tal. Gracias otra vez, Roy. –Y sin siquiera darle un abrazo como siempre que se despedían, amarró a Jack y marchó a casa. En su cabeza sonaban mil voces vacías que todavía la hacían dudar.

Escena 12:

Noche de ensaladas. Con la televisión puesta a todo volumen, Darío, Lena y Julia respondían a gritos las preguntas que formulaba el presentador a los concursantes del programa que se estaba emitiendo. Los boles, vacíos sobre la mesa y llenos de aceite, reflejaban las luces del televisor en la oscuridad del salón. Eric, sentado en un extremo del sofá, miraba su teléfono móvil con expresión aburrida. La pierna izquierda de Ayna subía y bajaba a gran velocidad. Con la carta en el bolsillo de su ancho pantalón de elefantes, contaba cada minuto que pasaba hasta encontrar el momento perfecto.

-¿Ayudáis a recoger la mesa?

Sus padres se levantaron para retirar las cosas de la mesa de madera del salón en la que cenaban siempre que estaban todos juntos. Julia ya había dado una carrera hasta la cocina con media barra de pan en la mano.

-¡Esperad! –Ayna se había incorporado demasiado bruscamente –Tengo… tengo una cosa que contaros.

Darío y Lena intercambiaron una mirada de complicidad.

-Puedes contárnoslo en la cocina, cariño.

Cada uno cogió su bol, cubiertos y vaso de agua y los llevó a la cocina. Ayna iba mordiéndose el labio. Temía que, con el sudor de sus manos, se le resbalasen los objetos de cristal. Notaba el sobre arrugarse levemente. Enjuagó lentamente sus utensilios, retrasando el momento lo máximo posible. Cuando se dio la vuelta, encontró a sus padres sentados en la mesa de la cocina cogidos de la mano. Antes de que pudiera decir palabra, su padre se adelantó con una sonrisa sincera:

-Hija, queremos que sepas que aunque en nuestra generación no era algo común, sabemos que todos somos personas con el mismo derecho a amar a quién sea que amemos. Para nosotros no significa nada, ¿de acuerdo?

Ayna parpadeó un par de veces. Se había quedado perpleja ante las palabras de su padre. Sin saber qué responder a aquello, sacó el sobre del bolsillo y lo puso sobre la mesa en silencio. Darío levantó las cejas y carraspeó de forma distraída. Antes de abrirlo, Lena llamó a sus otros dos hijos. Ayna estaba cada vez más nerviosa. Con delicadeza, la mujer cogió el sobre y lo abrió sin hacer ninguna fisura.

-Queridos señor y señora Ferral y Cruser –A Ayna siempre le había parecido un precioso detalle que sus padres hubieran optado por anteponer el apellido de su madre –Me comunico con ustedes desde el Gabinete de Administración del Instituto Elián André de Caley para informarle de que su hija, Ayna Cruser Ferral, ha obtenido una beca para iniciar sus estudios en la Escuela-Internado de Arte Superior de Ruet. Hemos observado un potencial que tal, tal… firmado, el jefe de estudios. ¡Cariño! ¡Esto es fantástico! –Ayna no se esperaba para nada la reacción de su familia. Su madre la miraba con una amplia sonrisa dibujada en el rostro; su padre asentía enérgicamente con la cabeza; y su hermano, por primera vez en algunas semanas, la observaba con orgullo. Las dudas volvieron a Ayna como un boomerang con efecto retardado.

-Pero… ¿Por qué me lo envían en agosto, cuando el instituto está cerrado? ¿Habéis comprobado que haya cambios con sentido en la cuenta del banco? ¡Ruet está fuera de Caley! Es todo demasiado repentino… -Era evidente que Ayna buscaba la negativa de sus padres. Si ellos no le permitían estudiar fuera, podría dejar de preocuparse por la supuesta existencia de Élmeros. Darío se levantó a abrazar a su hija.

-Más lejos estaba Irlanda, ¿verdad Eric? –El joven asintió con una expresión que su hermana no supo descifrar. –A él también le avisaron de la beca para ir a Dublín pocas semanas antes. Parece ser la línea que siguen las instituciones encargadas de enseñar el arte a grandes niveles. –Ayna sabía que su hermano había ido a Dublín hacía siete años a estudiar los dos cursos del título de Musicología, pero no tenía ni idea de que había sido becado y propuesto para ello.

-Ayn, esto es una gran oportunidad. Obviamente, no podemos obligarte a hacerlo. Pero mira lo contento que vino tu hermano. Además, vas a estar interna. Los internados no son como antaño. Ahora son centros estupendos para aprender y formarse plenamente. Será como una residencia, pero con el ahorro del transporte. Imagínalo como una universidad.

-Me cambió la vida. Confía en mí, sé que puede parecer una idea demasiado ambiciosa o inalcanzable. Pero todo es adaptarse –los ojos azul intenso de Eric brillaban con un cierto amargor de nostalgia. Sin embargo, la atención de ella estaba puesta en otro punto. Su hermana pequeña estaba agachada jugueteando con el cuenco de agua de Jack. Tenía el mentón apoyado en las rodillas, y la mirada perdida en el suelo. Ayna se puso a su altura y le colocó una mano en la cabeza con cariño.

-Juls, mira lo que dicen papá, mamá y Eric. Ellos quieren que me vaya a estudiar a Ruet. Saben que allí voy a aprender mucho, y me lo pasaré bien. Pero realmente, si tú prefieres que me quede, me quedaré. ¿Qué me dices?

La niña permaneció en silencio unos instantes, hasta que se levanto y abrazó con fuerza a Ayna. Esta perdió el equilibrio y acabó sentada en el suelo con su hermana en brazos. Era probable que se perdiese parte de la adolescencia de Julia, así que disfrutó aquel abrazo como ninguno. Miles de pequeñas abejas comenzaron a picotear la garganta de Ayna. Si dejaba escapar una sola lágrima, su hermana podría pensar que no iba a estar bien. Pero lo estaría. Ya no había vuelta atrás.

-Aquí vienen unas instrucciones, supongo que con la dirección y eso. Desde Caley, tienes que coger el tren de las 16:45 que pasa por Perla y llega a Ruet en poco más de una hora. “Acto de Bienvenida” a las 18:00. Vas a llegar justita, pero no pasa nada. Darío, el hijo de Iago el piloto ha estudiado aquí, ¿no? Ya verás cariño, Iago nos contaba siempre que su hijo Carlo se sentía Miguel Ángel en sus mejores años. Hay una asignatura de escultura incluso –Ayna se iba diciendo a sí misma que debía creer en Freddie. Se había trabajado una convincente carta de admisión que sus padres parecían haberse creído al cien por cien. Tenía un sentimiento agrio instalado en el pecho por ello, le sabía fatal tener que mentirles. Pero la insistencia de Freddie en la entrega de la carta le había hecho pensar que algo malo podría suceder si desvelaba su verdadero destino. «Todo a su tiempo», se repitió.

El catorce de septiembre, la enorme maleta negra de Ayna esperaba con paciencia en la puerta de la habitación de la chica a que llegase la tarde del día siguiente. La casa permanecía en un estado constante de revuelo y nervios. Todos aportaban su granito de arena para que a Ayna no se le quedase nada atrás. Val era la única que aún no sabía acerca de la partida de su amiga. A última hora de la tarde, Ayna aprovechó que ya tenía todo preparado para llamarla.

-¡Val! ¿Cómo estás? ¿Estás ya por Caley?

-Hey, Ayn. Pues genial, algo cansada ya de la playa y de su poca cobertura. Este año también están mis abuelos, por eso no he vuelto aún. Vamos, dentro de dos días tendré que coger un tren a Caley para no perderme el inicio de clases. ¿Tú ya tienes el material?

-Justo quería… hablarte de esto. Este año no seguiré estudiando en el Elián André.

Silencio.

-Me han becado para estudiar en la Escuela de Arte Superior de Ruet. Empiezo mañana.

Ayna sintió una punzada en el costado. La emoción de la víspera de la partida había desaparecido.

-Ayn, eso es fantástico. No sabes cuánto me alegro por ti, de verdad.

Podía escuchar la sonrisa de su amiga.

-¿De verdad? Dios Val, te voy a echar muchísimo de menos. Tenía la esperanza de que ya estuvieses aquí y… pudiera darte un abrazo. Voy a estar interna, y no sé si me dejarán venir a Caley de vez en cuando.

-Ruet no está tan lejos. Un día puedo ir a verte y me enseñas tu instituto, ¿no?

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