Capítulo 2. Torres

 Escena 3: Monsters – Acoustic- All Time Low

Ayna salió al exterior para ser recibida con una corriente fresca que se agradecía después de un largo día de intenso calor. Emprendió el camino con paso ligero calle arriba. Desde el parque que había cerca de su manzana se podía divisar gran parte del barrio, y acostumbraba a acudir a aquel punto para evadirse del día a día. Además, Jack disfrutaba ávidamente de los innumerables aromas que le ofrecía el terreno. Algo más despegada de los pensamientos que la habían estado rondando toda la tarde, Ayna subió la vista al cielo y caminó contemplando las rosadas nubes que se desplazaban con suavidad por encima de su cabeza, huyendo atemporalmente de la caída del sol. Le gustaba tanto observarlas… todas tenían una forma distinta y peculiar, y un tono de atardecer a cada cual más especial. Cerró los ojos para poder sentir su lejana compañía.

Sin darse cuenta, había empezado a andar sobre tierra mojada y césped. Escuchaba pájaros cantando a su alrededor. El sol del mediodía le calentaba la cara agradablemente, y un suave aire fresco le revolvía el claro pelo con delicadeza. Abrió los ojos y se sorprendió deslumbrada por la intensidad de la luz en el ambiente. Fijó su atención en las copas de los altísimos árboles que se divisaban unos metros hacia delante. Parecía que estaba en el claro de un bosque. La chica se descubrió emocionada, con la sensación de tener cientos de colibríes revoloteando entre pecho y espalda. La brisa que corría le estaba susurrando sutilmente que se diese la vuelta. Justo en el momento en el que sus pies giraban, sintió un fuerte golpe en el estómago. Le había dado tiempo a percibir una efímera visión de la torre que había tenido a su espalda antes de abrir los ojos con sorpresa y dolor. Coches pasando a centímetros de ella, grupos de personas mirándola con una mueca de terror -¿o era de desaprobación?- y alguien que pasaba un brazo por debajo de los suyos. Subió la mirada para encontrarse con dos pequeños ojos verdes que se movían con velocidad recorriendo el rostro de la joven, iluminado por las farolas que ya se habían encendido sobre las calles. Estaba sobre el asfalto de la carretera. De nuevo, su incontrolable imaginación le había jugado la mala pasada de hacerla desaparecer de la realidad, esta vez con demasiado poco margen de conciencia. Por suerte, el chico al que pertenecía el brazo que aún la agarraba le había salvado. Con las manos temblorosas, Ayna empujó un poco al joven y se apartó de él lo suficiente como para poder situarse en el contexto espacial.

-Gracias… -susurró. La multitud que se había agolpado alrededor de ambos se disipó sin siquiera preguntar. El chico ladeó la cabeza como un perro curioso.

-¿En qué pensabas? –Definitivamente, Ayna no se esperaba esa pregunta.

-En nada, supongo. -le respondió titubeante. Se maldecía internamente por ser tan despistada mientras se aseguraba de que seguía teniendo las extremidades en su sitio. Era una suerte que no le hubiera pasado nada. El muchacho mostraba una tímida sonrisa sin dejar de mirarla.

-Me llamo Roy. Encantado de salvarte. –Él le tendió la mano sin reparo. Ayna sonrió, algo más tranquila.

-Ayna. Encantada de ser salvada.- La mano de Roy era pequeña, proporcionada con el resto de su cuerpo. Medía apenas un par de centímetros más que ella, y aparentaba además tener una edad parecida.

-¿Vives por aquí cerca? Si quieres te puedo acompañar, por si estás algo mareada. –se ofreció el joven. Ayna atrajo a Jack hacia sí. –Tranquila, si no quieres no pasa nada. Sé que es raro que venga un chaval y te diga que si te acompaña a tu casa. En fin, en qué momento se me ocurre… discúlpame, mejor me voy yendo. –Con la cabeza baja, el chico se frotaba un brazo con la mano y daba pasos hacia atrás, dispuesto a marcharse con las mejillas sonrojadas. A Ayna le pareció un gesto tierno, y después de dudar en sí responderle afirmativamente o no, asintió con la cabeza con una sonrisa. El chico abrió mucho los ojos y se acercó de nuevo a ella dando un par de saltitos.

-No vivo lejos, estaba paseando a mi perro cuando me he distraído con el cielo y me he despistado, nada más. –le explicó.

-Seguro que te hubiera salvado él de no haber pasado yo por aquí, se le ve inteligente –Roy se había puesto de cuclillas para acariciar con delicadeza el lomo de Jack. El perro movía su cola lentamente mientras le olfateaba los brazos sin disimulo. –Bueno, pues caminemos si queréis. Tengo que pasarme por correos a recoger una cosa, si os pilla de camino podemos ir juntos.

Los tres continuaron con el paseo cuando ya había oscurecido del todo. Los relojes digitales de las marquesinas marcaban las diez menos cuarto de la noche, por lo que Ayna debía darse prisa para estar a tiempo en casa. Sus padres tenían cierta obsesión con la puntualidad, aspecto que no había heredado ella, precisamente.

En la estación de correos, Roy recogió lo que parecía un pesado paquete en cuya caja había una etiqueta que rezaba “Mudanzas Caley”.

-Mi madre y yo nos acabamos de mudar a Caley. Vamos, ya llevamos un par de semanas rondando por aquí, pero aún nos quedan bastantes cosas por traer y tal. Mis padres se divorciaron hace un tiempo, y nosotros queríamos cambiar de aires así que… -Roy dejó de hablar para fijarse en Ayna. Esta observaba al chico con cierto aire curioso. Como hacía con cada persona que conocía, analizaba su apariencia en busca de algo que hiciese saltar las alarmas de su desconfianza. Sin embargo, no encontraba nada sospechoso en Roy. Le parecía un chico objetivamente atractivo, de pequeños ojos verdes y pelo rubio revuelto. Vestía una camiseta lisa de color verde y unos pantalones deportivos de una tonalidad oscura. Ayna se sintió un poco mal por no haber estado en constante interacción con él durante el paseo. Tenía la sensación de que era un chico amable que valoraría enormemente cualquier atisbo de amistad en aquel, para él, nuevo lugar. –Si te aburro, no tienes más que decírmelo.

-No pasa nada, de verdad. Está bien que nos estemos conociendo, pareces un buen chico. –se excusó con una sonrisa sincera. Roy se llevó la mano a la nuca. –Yo aún vivo con mis padres y mis dos hermanos. Bueno y con Jack, claro. –La expresión del muchacho se iluminó con una sonrisa.

-Qué gran compañía son los perros, ¿verdad? Yo también tengo uno, se llama Mila. Está ya algo viejito, pero es mi mejor amigo. Además, se lleva genial con los gatos de mi madre. –

Continuaron caminando y charlando acerca de sus mascotas durante unos minutos más hasta que llegaron a la calle de Ayna. La chica tenía una sensación acoplada en el estómago que no sabía identificar. Era una especie de vértigo provocado por el hecho de estar conociendo a alguien de nuevo. Sentía que había conectado mucho con Roy, cosa que no le había sucedido jamás. Con Val fue un camino mucho más progresivo, plagado de pruebas de confianza que ahora recordaban entre risas. Pero esta vez había sido diferente, la confianza que le inspiraba el muchacho era algo a lo que no estaba acostumbrada, y que tampoco sabía cómo gestionar.

-Muchas gracias por acompañarme, Roy. Y por evitar que me atropellaran, claro. –Le tendió la mano al chico a modo de despedida. Él aceptó el gesto de buen grado.

-A ti por dejarme acompañarte. Es difícil hacer amigos cuando acabas de llegar a la ciudad.

Escena 4: I´m not a cynic –Alec Benjamin

La hierba fresca mojaba las patas de Jack mientras correteaba por la hierba buscando piedras que morder. Roy y Ayna jugaban a las cartas sentados bajo la sombra de un grueso árbol en el parque. La sofocante temperatura mantenía a los muchachos en un estado de constante sopor que los dejaba lo suficientemente aturdidos como para mantenerse largo rato en silencio. Llevaban sin decir palabra más de media hora, concentrados ambos en el juego.

Tras el incidente junto a la carretera, ambos se habían cruzado varias veces por la zona cercana a la estación de correos. Como Ayna iba siempre con Jack, Roy había cogido la costumbre de acompañarles en su paseo vespertino y así aprovechar para charlar con Ayna. Poco a poco, habían ido creado la rutina de verse todos los días para dar un paseo con Jack y Mila, el viejo perro blanco de Roy.

-Sí, ya sé que Mila parece nombre de chica. Pero ya no, porque Mila es un macho. El problema es que cuando era pequeño, llegó a casa y mi madre se empeñó en que tenía que llamarse Mila por una cantante mexicana que le encantaba a mi abuela. Y le dio igual que no fuese hembra, así que ahí está. Es un viejo bonachón. –le había contado una de las veces el chico, palmeando el lomo de su mascota. Era muy evidente el gran amor que sentía Roy hacia los animales. Su madre tenía dos gatos a los que, por supuesto, también adoraba: Romeo y Batman.

Cuando Ayna llegaba a casa de sus paseos con Roy, Eric la esperaba en la puerta para preguntarle sistemáticamente si estaban ya en una relación formal, pero la joven lo negaba con rotundidad. Roy se había convertido en su vía de escape de la rutina, y aparte de Val -quien se pasaba todo el tiempo hablando de estudios o en su casa de la playa- era su única amistad de entre la gente de su edad. Se había convertido en un buen amigo en poco tiempo, y eso no tenía por qué significar que le gustase. De hecho, se decía Ayna, no sentía el más mínimo interés romántico por él. Obviamente, no tendría que dejar esto claro con él porque no había motivos para sacar el tema, ¿no? ¿Un chico y una chica de la misma edad no podían ser solo amigos?

Val estaba al tanto de esta amistad, y desde el punto de vista de Ayna, parecía molestarle. En cierto modo, la entendía. Ella había sido su única amiga de verdad desde hacía años atrás, estando siempre ahí. Y que Ayna tuviese un vínculo especial, a sabiendas de su naturaleza desconfiada, con un chico al que prácticamente acababa de conocer le sentaba bastante mal. Algo totalmente comprensible. Pero Ayna intentaba no darle importancia a todo eso. Simplemente intentaba prestar la misma atención a ambos. Roy estaba deseando conocer a Val, Ayna le hablaba de ella a menudo, pero Val hacía esfuerzos evidentes por posponer el momento de la presentación tanto como podía, poniendo malas excusas cada vez que se lo planteaba.

En el instituto, los exámenes de final de curso estaban a la vuelta de la esquina, y Ayna no podía permitirse el lujo de distraerse de sus estudios. Si no conseguía las notas requeridas, no podría hacerse con el graduado en educación secundaria, tenía que volcar todas sus energías en la superación de las pruebas. A pesar del agobio con el que afrontaba las últimas clases, Ayna parecía estar viviendo una semana sabática en comparación con Val. El expediente más alto del curso no se mantenía solo, por lo que la muchacha desaparecía literalmente del mapa y ni siquiera se presentaba a las clases de repaso, para no perder tiempo de estudio doméstico.

Esos días eran insoportables para Ayna, ya que se quedaba prácticamente sola en el aula. Sus compañeros de clase apenas sabían de su existencia, ya que nunca participaba en clase ni se veía con la necesidad de socializar con ellos. Ella sí que sabía perfectamente quién era cada uno, y lo más importante, sabía cómo eran: un grupo de treinta adolescentes hipócritas a los que a simple vista no se puede distinguir, tres o cuatro líderes populares a los que la mayoría de estudiantes seguía en sus nocivas demostraciones de aparente madurez, cinco o seis alumnos que se juntaban para recrear peleas de manga japonés en un rincón del patio con altivo cerramiento a conocer gente, Val y ella.

Sin embargo, todo esto no influía ni de lejos en el día a día de Ayna. Por suerte, la Ayna a la que todo le afectaba demasiado había quedado atrás. Durante toda la primaria, los compañeros que había tenido la habían ignorado a niveles demasiado crueles para una niña tan inocente como ella, viéndose consecuentemente obligada a arrastrarse por la simple compañía de alguno de ellos. Su ferviente deseo por tener amigos la había llevado siempre a malas experiencias: los chicos le prometían que podría jugar al fútbol con ellos si les hacía los deberes, y las chicas se aprovechaban de ella diciéndole que la invitarían a merendar si se mantenía sin hablar lo que duraba el recreo. Al principio, Ayna no era consciente de que aquello que le hacían era bullying, porque nunca había sentido que fuera algo malo que debiera contarles a sus padres o profesores. Pero cuando llegó a la adolescencia, todo aquello que llevaba acumulando desde pequeña salió a la luz en forma de inseguridades, y no tuvo otro remedio que contárselo a su familia. Eric reaccionó con violencia, jurando que si se cruzaba a alguno de los compañeros de su hermana, le “partiría las piernas”. Ayna lloró mucho por sentirse estúpida e ignorada. Evidentemente, no se le ocurrió dejar de hacerles caso a sus compañeros, no fuera a ser que ella pagara los platos rotos de la clase y le cayese encima todo su odio.

 Cuando pasó a secundaria y entró al instituto de su ciudad, todo cambió, sobre todo al conocer a Val. Al principio, cada una iba por su lado, hasta que un profesor al que Ayna recuerda con cariño las colocó en el mismo equipo de trabajo. Durante las primeras semanas, la interacción entre ambas era escasa. Ayna se mantenía en silencio la mayor parte de las clases. Afortunadamente, los estudiantes de aquel instituto no tenían ninguna intención de saber quién era ella, por lo que su inseguridad se transformó en una fuerte coraza de desconfianza. Pasado algún tiempo, tanto Val como ella se dieron cuenta de lo muy parecidas que eran sus formas de trabajar, siendo esto una de las muchas cosas que luego descubrirían tener en común. A raíz de aquello, tras cuatro años de bonita amistad, Val y Ayna se habían convertido en amigas inseparables. Excepto cuando era época de exámenes, claro está.

Escena 5: Spanish Dance, Op 37, No.2 “Oriental”- Enrique Granados

Los finales habían pasado para Ayna como la mariposa que huye de una red. Gracias a su esfuerzo, los resultados habían sido más que satisfactorios. El último viernes de clase, los padres de Ayna habían invitado a Val a comer en una hamburguesería a modo de celebración.

-Yo sabía que la tercera pregunta era trampa. En el primer examen que hicimos con ese profesor, nos puso una operación muy parecida. Menos mal que salí a corregirla a la pizarra porque si no, no hubiera sabido hacer ese ejercicio. –Val engullía su comida sin dejar de parlotear acerca del examen de matemáticas. Las notas les llegarían en un par de días, y en cuanto las tuviesen habían planeado pasar un fin de semana en la casa de playa de los abuelos de Val. No iban a hacer una graduación como tal. Sabían que sus compañeros habían alquilado un local para pasarse la noche bebiendo, pero eso no iba con ellas. Lo máximo que harían sería despedirse de los que se cruzasen al ir a recoger el boletín de notas. De todas maneras, al año siguiente tendrían que seguir viéndose las caras con gran parte de ellos…

-Bueno Val, entonces vais a pasar de hacer turismo por el centro y os vais a tirar todo el tiempo echadas en las tumbonas de la playa, ¿no? –preguntaba el padre de Ayna mientras le ofrecía sus patatas fritas a su hija pequeña. Ambas chicas asintieron con energía.

-¿Ayn por qué no puedo ir yo también? Me gusta mucho bucear y encontrar conchas especiales. –Juls repartía las patatas que le había dado su padre entre ella y su madre con una mueca de tristeza dibujada en sus labios.

-Porque a ti aún te queda mucho para acabar el instituto, y porque seguro que con Eric aquí te lo pasas mejor que conmigo allí. –le explicó mientras rechazaba las ya aplastadas patatas que le acercaba su madre. Observó cómo su hermana alargaba el brazo, las cogía y se las metía en el bolsillo del pantalón. «Para Eric», la escuchó susurrar.

Por la tarde en casa de Ayna, las chicas se dedicaron a pensar qué harían en la costa cuando estuviesen allí. Val le prometía que su pandilla de amigos de la playa era estupenda, y que seguro que se llevarían bien con ella. A Ayna no le hacía demasiada ilusión conocer a gente nueva, y menos en vacaciones. En suma, detestaba ir a la playa, lo hacía para poder recuperar el tiempo perdido de cuando Val se había encerrado en su dormitorio a estudiar. Por suerte, serían dos días para desconectar del final de las clases, y en parte, de su familia. Sus padres estaban nerviosos por el comienzo de la temporada alta y el correspondiente aumento de los vuelos veraniegos, y su hermano Eric aún estaba con sus exámenes y recuperaciones. Julia había acabado también el cole, por lo que descargaba su energía correteando por toda la casa con Jack.

-Supongo que con las vacaciones dejarás de tener cansancio acumulado, ¿verdad? –Ayna parpadeó un par de veces mirando a su amiga. No sabía a qué se refería, hasta que recordó que había camuflado sus visiones como cansancio cuando ella le había preguntado. De repente, Ayna sentía un extraño peso invisible sobre sus hombros.

-Ah, eh… sí, eso espero –respondió con una risa nerviosa. Los desvaríos no habían vuelto a aparecer desde aquel que le transportó al claro del bosque el día que conoció a Roy. No había vuelto a pensar en eso porque en la vorágine de su cabeza no había lugar para preocuparse por ellos. Posó la mirada inconscientemente en la carpeta que tenía sobre su mesa de estudio. Ahí estaban guardados los dibujos que había hecho sin darse cuenta semanas antes. Si lo pensaba bien, no tenía por qué preocuparse. Igual eran sus ganas de vivir algo especial… como sospechar que estaba siendo abducida por una tropa alienígena.

-Bueno Ayn, me voy a ir yendo que mis primos vienen hoy a cenar y estarán ya en casa alborotando. Vamos hablando, ¿vale? No hace falta que me acompañes, me sé el camino. ¡Te quiero! –Val se despidió de ella con un abrazo y abandonó su dormitorio. Ayna escuchó cómo se despedía animadamente de sus padres y cómo la puerta de entrada se cerraba con delicadeza. En la soledad de su habitación, fijó su vista en la carpeta donde guardaba los dibujos con la sensación de que una abeja se había quedado atrapada en su cráneo y zumbaba para poder salir. No sabía qué hacer con ellos. Algo dubitativa, se acercó a la mesa y agarró la carpeta. Durante unos segundos, permaneció con ella en la mano sin hacer nada, esperando que al abrirla estuviera vacía. Había comenzado a respirar un poco más rápido. Por fin, se decidió a quitar las gomas de la carpeta y se encontró de nuevo cara a cara con el dibujo de la torre. Lo recorrió con la mirada varias veces, buscando una vez más entre sus recuerdos. Sin embargo, esta vez hubo algo que sí fue capaz de reconocer. Una torre que sobresalía de entre las copas de los árboles en un bosque… era exactamente el mismo escenario que había visto en su última visión, justo antes de ser empujada por Roy. Ahogó un grito de sorpresa. ¿Cómo era posible? Se sentó en la cama para pensar con claridad. ¿Y si resultaba que sí que había estado allí de pequeña, o había visto el lugar en alguna película o documental? Su padre dio una voz desde la cocina pidiéndoles a sus hijas que fueran a ayudar con la preparación de la cena. Con frustración, Ayna volvió a guardar los bocetos en la carpeta y salió de su cuarto, algo mareada.

Días más tarde, Ayna ponía patas arriba su armario en busca de los bañadores de verano que se llevaría a la playa. Su madre se había pasado el día insistiéndole en qué hiciese la maleta con tiempo. Aún así, allí se encontraba ella, a las once y media de la noche buscando ropa. Su móvil no dejaba de vibrar, siendo el blanco de todos los mensajes que Val podía llegar a enviar en unos pocos segundos. «Llévate abrigo que por la noche refresca», «mis amigos están deseando conocerte», «cuando pruebes la paella de mi abuela vas a flipar»…

-Mira que te lo llevo diciendo todo el día, hija. Tú como siempre, tan desastre. –Ayna mostró sus dientes en una sonrisa culpable sin dejar de sacar ropa de los cajones de su armario. – ¿A qué hora te ha dicho Valeria que estés abajo mañana?

-A las diez y poco. Supongo que tardaremos una hora más o menos en llegar. Me ha dicho que le hace ilusión parar a desayunar en algún bar de carretera, así que puedo levantarme más tarde. –El bañador que llevaba largo rato buscando apareció bajo una montaña de suéteres llenos de pelusas que la chica había ignorado en cuanto hubieron aparecido en su campo visual.

-Llévate mucha crema, que tú con el acné tienes más peligro de sufrir problemas en la piel. –Lena se había acercado a su hija y le sujetaba la cara con las dos manos, examinándola con aire protector. Ayna intentó zafarse pero fue incapaz. Su madre tenía una fuerza increíble, y resistirse podía causarle incluso algún daño. Con las cejas formando una línea recta sobre sus ojos, cogió las manos de la mujer y lentamente las apartó. Automáticamente, la mirada de Lena recorrió la habitación como un felino que busca su presa.

-¡Mamá! Estaba yo tan tranquila aquí con la maleta y ha sido llegar tú y no saber ya ni qué tenía que buscar. –gritó sofocada. Lena, reprimiendo una carcajada, levantó las palmas de las manos y alzó las piernas exageradamente para pasar por encima de la ropa, caminando hacia la puerta. La chica no pudo esconder su sonrisa. Antes de cerrar la puerta, su madre le lanzó un beso.

Aquella noche, Ayna volvió a tener problemas para quedarse dormida. Con la excitación del viaje, el apremio de Val y los constantes recordatorios de sus padres, no conseguía relajar la mente lo suficiente como para dejarse llevar por el sueño. La última vez que miró su reloj, marcaba las dos y media de la madrugada.

-Vamos, Ayn. Tienes que dormirte. ¿Quieres estar cansada mañana? ¿No, verdad? Pues a dormir. –se decía a sí misma.

Los minutos pesaban sobre ella como si las ovejas, en vez de dejarse contar, se revelaran y comenzaran a hacer cabriolas en su dormitorio. Los golpes de sus pezuñas impedían que Ayna no pudiese cerrar los ojos sin sentir su cabeza retumbar. Algún que otro ovino se había atrevido a subirse a la cama y pisotear el pecho de la muchacha. La paciencia de Ayna se estaba agotando a cada pisotón que sentía. Tenía ganas de gritarle a aquellas violentas ovejas que parasen de tratarle como si fuera un trozo de césped marchito. Poco a poco, el cansancio mental se encargó de ir apagando los músculos de su cuerpo uno a uno. Tuvo muchos sueños en la misma noche. Algunos muy bizarros, otros demasiado aburridos. Sin embargo,  uno de ellos provocó que despertase de un sobresalto y con incómodos sudores.

-Juls, ve pensando qué pizza quieres que en cuanto vengan a recoger a tu hermana nos vamos a comer fuera.

 -Creo que no voy a ir a la playa con Val –Lena y Darío miraron a su hija con los ojos bien abiertos y las tostadas a medio centímetro de la boca.

-¡Cariño! ¿Y eso? ¿Te encuentras mal? –le preguntó su madre con tono compasivo. Ayna cogió aire con fuerza por la nariz y asintió.

-Me he despertado con sensación de mareo, como si no tuviera energía.

-Eso serán los nervios, Ayn. –La chica negó con la cabeza y apartó el recién puesto bol de cereales. No mentía, realmente tenía mal cuerpo. Pero no era su única motivación para tomar la decisión de quedarse en casa. Había tenido un sueño que aún le impedía pensar con claridad.

Vivido en tercera persona, veía cómo sus padres y su hermana se despedían de ella desde el balcón antes de marcharse a la playa. El coche de los padres de Val se alejaba con ella misma dentro, saludando por la ventanilla. Su familia entraba de nuevo en casa, y Ayna los seguía. Observó cómo cogían sus bolsos y salían por la puerta riendo. Intentó seguirles, pero la puerta se cerró en sus narices y se vio obligada a quedarse en el interior. De pronto, un sofocante humo negro le cerró el campo de visión. Instintivamente, aguantó la respiración. Al darse la vuelta, unas peligrosas llamas salidas del cuarto de su hermana le rozaron el rostro. El techo del piso se venía abajo, fundido con el calor del fuego.

-¿Estás segura? Llama a Val entonces. Tampoco te vamos a obligar… -Su padre parecía preocupado. Ayna llamó a Val y estuvo largo rato intentando hacerle comprender que se encontraba demasiado débil como para aguantar el largo trayecto encerrada en un coche. Su amiga pareció ofendida por ello, pero termino aceptándolo. A Ayna le hacía mucha ilusión la escapada, pero estaba segura de que el nudo de su estómago le iba a impedir disfrutar al cien por cien.

-¡Julia! ¿Qué te hemos dicho muchas veces de jugar con la cera de las velas? Apaga esas ahora mismo, y ve con tu hermana.

Escena 6: Nailed It –Drum & lace, Ian Hultquist

Al día siguiente, Ayna decidió que le hablaría a Roy acerca de sus idas y venidas de la realidad. Necesitaba contárselo a alguien, y tenía la esperanza de que él le entendiera. El joven la escuchó como si lo que le estuviera contando también le afectara, sin apartar sus inquietos ojos verdes de ella.

–Increíble. ¡Son como dejá vu! Pero si dices que no recuerdas haber estado en esos sitios… ¿qué demonios te pasa en la cabeza?- La chica rió ante el comentario. Tenía razón, el problema era que ni ella misma sabía siquiera si estaba exagerando. Se quedaron en silencio. Roy no dejaba de mirar a su amiga, como esperando algo más.

-¿Qué?- le inquirió ella.

–Estoy esperando a que se te vaya la cabeza y entres en trance. Me hace ilusión verlo.- Ayna no pudo contener una carcajada.

-Roy te lo he contado para que me digas tu opinión, no para que me mires como si fuera un animal de circo.

-Vale, vale. Pues mi opinión es que tienes súperpoderes y que eres capaz de teletransportarte a sitios que no existen. –La respuesta dejó perpleja a Ayna.

-Chico, no me vale que metas en la opinión la influencia de los cinco cómics de superhéroes que te lees al día. Esto es algo serio, podría estar muriéndome o volviéndome loca. –Roy abrió mucho los ojos y sacó la lengua de forma infantil.

-Podrían experimentar contigo. Igual te cayó un rayo cuando eras un bebé, y por eso puedes ver cosas raras. O lo más probable es que te hayan absorbido las muchísimas novelas de fantasía que te habrás leído a lo largo de tu vida, como Don Quijote. Tú sueñas con irte a mundos fantásticos y yo duermo con un pijama de Spiderman.

Val llevaba desde el día anterior sin responder a ninguno de los mensajes de Ayna. Sabía que se había enfadado, y quién sabe si su cabeza estaría maquinando con la idea de que Ayna hubiera rechazado ir con ella por pasar tiempo con Roy. El joven estaba al tanto de la situación, y era el único que de verdad creía a Ayna.

-Tuviste un sueño premonitorio, Ayn. Si te hubieras ido, muy probablemente tu hermana se habría dejado encendidas esas velas, y al irse con tus padres a comer, podrían haber quemado su habitación. Puede haber sido casualidad, pero no lo creo –Las cartas yacían sobre la hierba, y la mano de Ayna jugueteaba con un par de ellas. –Es algo diferente a lo que te ha estado pasando últimamente, pero todo está en la misma línea.

-Roy, sé que piensas que pueden ser súperpoderes o algo de este estilo, pero me preocupa que pueda ser algún tipo de esquizofrenia o enfermedad mental. Mi hermano estudia psicología, y dice que es cosa del cansancio. Pero cada vez que le intento sacar el tema, me evita. ¿Y si se ha dado cuenta que es algo grave y sin cura, y por eso no me lo quiere decir? –Los ojos verdes de Roy se mostraban ahora algo más tristes. El silencio se hizo de nuevo entre ambos.

Escena 7: The Lake-Laberinth

Ayna pasó el resto de la tarde flotando sobre el tiempo. Al llegar a casa, sus padres ya tenían la cena preparada. Era lunes, sí, pero los pensamientos de Ayna tenían un volumen tan alto que impedían que la joven pudiese participar de forma adecuada en la vida familiar. Por primera vez en mucho tiempo, pasó la cena en silencio. El cansancio había conseguido que ni sus padres ni Eric se diesen cuenta del estado no presencial de su hija, aunque los ojitos de Julia no se alejaban de ella.

Ya en la cama, Ayna se retorcía entre las sábanas tratando de conciliar el sueño. Sus pensamientos revoloteaban por su mente sin descanso. El calor tampoco ayudaba mucho a que Ayna pudiese quedarse dormida. Soltando un suspiro de resignación, se colocó boca arriba dando patadas a las sábanas del pie de su cama. Era inevitable que las visiones volvieran a su cabeza, así que se rindió y dejó que la invadiesen. Habían sido dos las más evidentes, la del bosque y la del pasillo de instituto, pero sabía que a veces soñaba despierta hasta el punto de prácticamente desaparecer de la realidad, por lo que seguramente habría tenido muchas más. La torre era lo que más le llamaba la atención. Era el elemento común a los dibujos y las visiones, por lo que quizás significaba más de lo que creía. ¿Y si era realmente una llamada del más allá? ¿O una señal de que se había reencarnado y esa torre era simbólica de su vida anterior? ¿Y si, podía realmente provocar que volvieran a suceder? Cerró los ojos con fuerza y se concentró en revivir las emociones que había sentido cuando sucedieron las primeras visiones. Escuchaba a su corazón latir cada vez más lento. Poco a poco sintió cómo su cuerpo dejaba de pesar y se elevaba sobre el colchón. Estaba de nuevo en el pasillo de la primera vez. La luz era la misma, la velocidad del tiempo también. Y por supuesto, la chica de ojos oscuros la apremiaba con sus gestos a que la siguiese. Vamos, no lleguemos tarde. Esta vez, a Ayna le dio tiempo a contestarle.

-¿Quién eres? –A la joven pareció no importarle la pregunta.

-Ayn, venga. –Sabía su nombre. La había llamado por su apodo. ¿Quién demonios era? Se incorporó golpeando la cama con la palma de la mano. Ahora respiraba mucho más rápido. Se revolvió el pelo con las manos, tenía la frente empapada en sudor. Al menos, había comprobado que los desvaríos eran reales y que podía manejarlos, o al menos inducirlos. Quizás no eran más que exageradas imaginaciones realmente provocadas por el cansancio… Volvió a dejarse caer hacia atrás, posando la cabeza sobre la almohada. Respiró hondo un par de veces. Estaba intranquila, pero la somnífera pesadez que le recorría el cuerpo parecía estar ganándole la batalla a su pensamiento. El sueño se fue apoderando lentamente de ella hasta que, por fin, se la llevó.

Una silueta masculina de la que solo se podían distinguir los ojos azul eléctrico se acercó a Ayna y habló un idioma que no entendía. Susurraba desde la gravedad de su voz, y giraba alrededor de ella con las manos en la espalda. Unas alas de blancas plumas se dejaban ver tras de sus hombros, como si de un ángel se tratara. Se encontraban en una especie de catedral abandonada, repleta de vegetación y polvo. Ayna sentía que no era dueña de sus acciones. Sus pies, independientes, avanzaban siguiendo al hombre alado. A su paso iban apareciendo espejos que mostraban distintas personas cuyos rostros se encontraban difuminados. De pronto, se vio encerrada por ellos. El hombre alado se había sentado en el suelo, y actuaba como un niño pequeño que apenas sabe andar. Por fin, Ayna sintió que los movimientos eran suyos. Conscientemente, giró sobre sí misma, buscando una salida. Poco a poco, los espejos comenzaron a sufrir extraños cambios. Algunos se rompían, otros desaparecían. Ardían, se congelaban, dejaban de reflejar o deformaban la realidad. Las personas que aparecían dudosamente reflejadas la señalaban a ella. Ayna se acercó a uno de ellos, el que más normal parecía. La sensación nerviosa que la invadía desapareció conforme se acercó al cristal. Con cierta somnolencia, alargó un brazo y posó la palma de su mano sobre la fría superficie del espejo. Su reflejo, ahora claro, le devolvió el gesto. Tras unos segundos de quietud, la Ayna del otro lado subió la cabeza y señaló hacia arriba con un dedo. Una gran escalera de caracol se erguía sobre sus cabezas, esqueleto y sostén de una ya familiar torre. Tímidos rayos de sol se colaban sin permiso a través de varias ventanas de pequeño tamaño. Embelesada hasta el punto de olvidarse de respirar, Ayna despertó tosiendo con fuerza sobre su almohada. Se incorporó en la oscuridad y se llevó una mano al pecho. Una terrible necesidad de salir corriendo le tensaba las piernas. El corazón le latía a una velocidad preocupante, y una sensación terrible de despersonalización le impedía escapar del sueño completamente. “Ya está”, se dijo. “Solo ha sido un sueño”.


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