Capítulo 2. Torres
Escena 3: Monsters – Acoustic- All Time Low
Ayna salió al exterior para ser recibida con una corriente fresca que
se agradecía después de un largo día de intenso calor. Emprendió el camino con
paso ligero calle arriba. Desde el parque que había cerca de su manzana se podía
divisar gran parte del barrio, y acostumbraba a acudir a aquel punto para
evadirse del día a día. Además, Jack disfrutaba ávidamente de los innumerables
aromas que le ofrecía el terreno. Algo más despegada de los pensamientos que la
habían estado rondando toda la tarde, Ayna subió la vista al cielo y caminó
contemplando las rosadas nubes que se desplazaban con suavidad por encima de su
cabeza, huyendo atemporalmente de la caída del sol. Le gustaba tanto
observarlas… todas tenían una forma distinta y peculiar, y un tono de atardecer
a cada cual más especial. Cerró los ojos para poder sentir su lejana compañía.
Sin darse cuenta, había empezado a andar sobre tierra mojada y
césped. Escuchaba pájaros cantando a su alrededor. El sol del mediodía le calentaba
la cara agradablemente, y un suave aire fresco le revolvía el claro pelo con
delicadeza. Abrió los ojos y se sorprendió deslumbrada por la intensidad de la
luz en el ambiente. Fijó su atención en las copas de los altísimos árboles que
se divisaban unos metros hacia delante. Parecía que estaba en el claro de un
bosque. La chica se descubrió emocionada, con la sensación de tener cientos de
colibríes revoloteando entre pecho y espalda. La brisa que corría le estaba
susurrando sutilmente que se diese la vuelta. Justo en el momento en el que sus
pies giraban, sintió un fuerte golpe en el estómago. Le había dado tiempo a
percibir una efímera visión de la torre que había tenido a su espalda antes de abrir
los ojos con sorpresa y dolor. Coches pasando a centímetros de ella, grupos de
personas mirándola con una mueca de terror -¿o era de desaprobación?- y alguien
que pasaba un brazo por debajo de los suyos. Subió la mirada para encontrarse
con dos pequeños ojos verdes que se movían con velocidad recorriendo el rostro
de la joven, iluminado por las farolas que ya se habían encendido sobre las
calles. Estaba sobre el asfalto de la carretera. De nuevo, su incontrolable
imaginación le había jugado la mala pasada de hacerla desaparecer de la
realidad, esta vez con demasiado poco margen de conciencia. Por suerte, el
chico al que pertenecía el brazo que aún la agarraba le había salvado. Con las
manos temblorosas, Ayna empujó un poco al joven y se apartó de él lo suficiente
como para poder situarse en el contexto espacial.
-Gracias… -susurró. La multitud que se había agolpado alrededor de
ambos se disipó sin siquiera preguntar. El chico ladeó la cabeza como un perro
curioso.
-¿En qué pensabas? –Definitivamente, Ayna no se esperaba esa
pregunta.
-En nada, supongo. -le respondió titubeante. Se maldecía
internamente por ser tan despistada mientras se aseguraba de que seguía
teniendo las extremidades en su sitio. Era una suerte que no le hubiera pasado
nada. El muchacho mostraba una tímida sonrisa sin dejar de mirarla.
-Me llamo Roy. Encantado de salvarte. –Él le tendió la mano sin reparo.
Ayna sonrió, algo más tranquila.
-Ayna. Encantada de ser salvada.- La mano de Roy era pequeña,
proporcionada con el resto de su cuerpo. Medía apenas un par de centímetros más
que ella, y aparentaba además tener una edad parecida.
-¿Vives por aquí cerca? Si quieres te puedo acompañar, por si
estás algo mareada. –se ofreció el joven. Ayna atrajo a Jack hacia sí.
–Tranquila, si no quieres no pasa nada. Sé que es raro que venga un chaval y te
diga que si te acompaña a tu casa. En fin, en qué momento se me ocurre…
discúlpame, mejor me voy yendo. –Con la cabeza baja, el chico se frotaba un
brazo con la mano y daba pasos hacia atrás, dispuesto a marcharse con las
mejillas sonrojadas. A Ayna le pareció un gesto tierno, y después de dudar en
sí responderle afirmativamente o no, asintió con la cabeza con una sonrisa. El
chico abrió mucho los ojos y se acercó de nuevo a ella dando un par de saltitos.
-No vivo lejos, estaba paseando a mi perro cuando me he distraído
con el cielo y me he despistado, nada más. –le explicó.
-Seguro que te hubiera salvado él de no haber pasado yo por aquí,
se le ve inteligente –Roy se había puesto de cuclillas para acariciar con
delicadeza el lomo de Jack. El perro movía su cola lentamente mientras le
olfateaba los brazos sin disimulo. –Bueno, pues caminemos si queréis. Tengo que
pasarme por correos a recoger una cosa, si os pilla de camino podemos ir
juntos.
Los tres continuaron con el paseo cuando ya había oscurecido del
todo. Los relojes digitales de las marquesinas marcaban las diez menos cuarto
de la noche, por lo que Ayna debía darse prisa para estar a tiempo en casa. Sus
padres tenían cierta obsesión con la puntualidad, aspecto que no había heredado
ella, precisamente.
En la estación de correos, Roy recogió lo que parecía un pesado
paquete en cuya caja había una etiqueta que rezaba “Mudanzas Caley”.
-Mi madre y yo nos acabamos de mudar a Caley. Vamos, ya llevamos
un par de semanas rondando por aquí, pero aún nos quedan bastantes cosas por
traer y tal. Mis padres se divorciaron hace un tiempo, y nosotros queríamos
cambiar de aires así que… -Roy dejó de hablar para fijarse en Ayna. Esta
observaba al chico con cierto aire curioso. Como hacía con cada persona que
conocía, analizaba su apariencia en busca de algo que hiciese saltar las
alarmas de su desconfianza. Sin embargo, no encontraba nada sospechoso en Roy. Le
parecía un chico objetivamente atractivo, de pequeños ojos verdes y pelo rubio
revuelto. Vestía una camiseta lisa de color verde y unos pantalones deportivos
de una tonalidad oscura. Ayna se sintió un poco mal por no haber estado en
constante interacción con él durante el paseo. Tenía la sensación de que era un
chico amable que valoraría enormemente cualquier atisbo de amistad en aquel,
para él, nuevo lugar. –Si te aburro, no tienes más que decírmelo.
-No pasa nada, de verdad. Está bien que nos estemos conociendo,
pareces un buen chico. –se excusó con una sonrisa sincera. Roy se llevó la mano
a la nuca. –Yo aún vivo con mis padres y mis dos hermanos. Bueno y con Jack,
claro. –La expresión del muchacho se iluminó con una sonrisa.
-Qué gran compañía son los perros, ¿verdad? Yo también tengo uno,
se llama Mila. Está ya algo viejito, pero es mi mejor amigo. Además, se lleva
genial con los gatos de mi madre. –
Continuaron caminando y charlando acerca de sus mascotas durante
unos minutos más hasta que llegaron a la calle de Ayna. La chica tenía una
sensación acoplada en el estómago que no sabía identificar. Era una especie de
vértigo provocado por el hecho de estar conociendo a alguien de nuevo. Sentía
que había conectado mucho con Roy, cosa que no le había sucedido jamás. Con Val
fue un camino mucho más progresivo, plagado de pruebas de confianza que ahora
recordaban entre risas. Pero esta vez había sido diferente, la confianza que le
inspiraba el muchacho era algo a lo que no estaba acostumbrada, y que tampoco
sabía cómo gestionar.
-Muchas gracias por acompañarme, Roy. Y por evitar que me
atropellaran, claro. –Le tendió la mano al chico a modo de despedida. Él aceptó
el gesto de buen grado.
-A ti por dejarme acompañarte. Es difícil hacer amigos cuando
acabas de llegar a la ciudad.
Escena 4: I´m not a cynic –Alec Benjamin
La hierba fresca mojaba las patas de Jack mientras correteaba por
la hierba buscando piedras que morder. Roy y Ayna jugaban a las cartas sentados
bajo la sombra de un grueso árbol en el parque. La sofocante temperatura
mantenía a los muchachos en un estado de constante sopor que los dejaba lo
suficientemente aturdidos como para mantenerse largo rato en silencio. Llevaban
sin decir palabra más de media hora, concentrados ambos en el juego.
Tras el incidente junto a la carretera, ambos se habían cruzado
varias veces por la zona cercana a la estación de correos. Como Ayna iba
siempre con Jack, Roy había cogido la costumbre de acompañarles en su paseo
vespertino y así aprovechar para charlar con Ayna. Poco a poco, habían ido
creado la rutina de verse todos los días para dar un paseo con Jack y Mila, el
viejo perro blanco de Roy.
-Sí, ya sé que Mila parece nombre de chica. Pero ya no, porque
Mila es un macho. El problema es que cuando era pequeño, llegó a casa y mi
madre se empeñó en que tenía que llamarse Mila por una cantante mexicana que le
encantaba a mi abuela. Y le dio igual que no fuese hembra, así que ahí está. Es
un viejo bonachón. –le había contado una de las veces el chico, palmeando el
lomo de su mascota. Era muy evidente el gran amor que sentía Roy hacia los
animales. Su madre tenía dos gatos a los que, por supuesto, también adoraba:
Romeo y Batman.
Cuando Ayna llegaba a casa de sus paseos con Roy, Eric la esperaba
en la puerta para preguntarle sistemáticamente si estaban ya en una relación formal, pero la
joven lo negaba con rotundidad. Roy se había convertido en su vía de escape de
la rutina, y aparte de Val -quien se pasaba todo el tiempo hablando de estudios
o en su casa de la playa- era su única amistad de entre la gente de su edad. Se
había convertido en un buen amigo en poco tiempo, y eso no tenía por qué
significar que le gustase. De hecho, se decía Ayna, no sentía el más mínimo
interés romántico por él. Obviamente, no tendría que dejar esto claro con él
porque no había motivos para sacar el tema, ¿no? ¿Un chico y una chica de la
misma edad no podían ser solo amigos?
Val estaba al tanto de esta amistad, y desde el punto de vista de Ayna,
parecía molestarle. En cierto modo, la entendía. Ella había sido su única amiga
de verdad desde hacía años atrás, estando siempre ahí. Y que Ayna tuviese un
vínculo especial, a sabiendas de su naturaleza desconfiada, con un chico al que
prácticamente acababa de conocer le sentaba bastante mal. Algo totalmente
comprensible. Pero Ayna intentaba no darle importancia a todo eso. Simplemente
intentaba prestar la misma atención a ambos. Roy estaba deseando conocer a Val,
Ayna le hablaba de ella a menudo, pero Val hacía esfuerzos evidentes por posponer
el momento de la presentación tanto como podía, poniendo malas excusas cada vez
que se lo planteaba.
En el instituto, los exámenes de final de curso estaban a la
vuelta de la esquina, y Ayna no podía permitirse el lujo de distraerse de sus
estudios. Si no conseguía las notas requeridas, no podría hacerse con el
graduado en educación secundaria, tenía que volcar todas sus energías en la
superación de las pruebas. A pesar del agobio con el que afrontaba las últimas
clases, Ayna parecía estar viviendo una semana sabática en comparación con Val.
El expediente más alto del curso no se mantenía solo, por lo que la muchacha
desaparecía literalmente del mapa y ni siquiera se presentaba a las clases de
repaso, para no perder tiempo de estudio doméstico.
Esos días eran insoportables para Ayna, ya que se quedaba
prácticamente sola en el aula. Sus compañeros de clase apenas sabían de su
existencia, ya que nunca participaba en clase ni se veía con la necesidad de
socializar con ellos. Ella sí que sabía perfectamente quién era cada uno, y lo
más importante, sabía cómo eran: un grupo de treinta adolescentes hipócritas a
los que a simple vista no se puede distinguir, tres o cuatro líderes populares
a los que la mayoría de estudiantes seguía en sus nocivas demostraciones de
aparente madurez, cinco o seis alumnos que se juntaban para recrear peleas de
manga japonés en un rincón del patio con altivo cerramiento a conocer gente,
Val y ella.
Sin embargo, todo esto no influía ni de lejos en el día a día de
Ayna. Por suerte, la Ayna a la que todo le afectaba demasiado había quedado
atrás. Durante toda la primaria, los compañeros que había tenido la habían
ignorado a niveles demasiado crueles para una niña tan inocente como ella,
viéndose consecuentemente obligada a arrastrarse por la simple compañía de
alguno de ellos. Su ferviente deseo por tener amigos la había llevado siempre a
malas experiencias: los chicos le prometían que podría jugar al fútbol con
ellos si les hacía los deberes, y las chicas se aprovechaban de ella diciéndole
que la invitarían a merendar si se mantenía sin hablar lo que duraba el recreo.
Al principio, Ayna no era consciente de que aquello que le hacían era bullying,
porque nunca había sentido que fuera algo malo que debiera contarles a sus
padres o profesores. Pero cuando llegó a la adolescencia, todo aquello que
llevaba acumulando desde pequeña salió a la luz en forma de inseguridades, y no
tuvo otro remedio que contárselo a su familia. Eric reaccionó con violencia,
jurando que si se cruzaba a alguno de los compañeros de su hermana, le “partiría
las piernas”. Ayna lloró mucho por sentirse estúpida e ignorada. Evidentemente,
no se le ocurrió dejar de hacerles caso a sus compañeros, no fuera a ser que
ella pagara los platos rotos de la clase y le cayese encima todo su odio.
Cuando pasó a secundaria y
entró al instituto de su ciudad, todo cambió, sobre todo al conocer a Val. Al
principio, cada una iba por su lado, hasta que un profesor al que Ayna recuerda
con cariño las colocó en el mismo equipo de trabajo. Durante las primeras semanas,
la interacción entre ambas era escasa. Ayna se mantenía en silencio la mayor
parte de las clases. Afortunadamente,
los estudiantes de aquel instituto no tenían ninguna intención de saber quién
era ella, por lo que su inseguridad se transformó en una fuerte coraza de
desconfianza. Pasado algún tiempo, tanto Val como ella se dieron cuenta de lo
muy parecidas que eran sus formas de trabajar, siendo esto una de las muchas
cosas que luego descubrirían tener en común. A raíz de aquello, tras cuatro
años de bonita amistad, Val y Ayna se habían convertido en amigas inseparables.
Excepto cuando era época de exámenes, claro está.
Escena 5: Spanish Dance, Op 37, No.2 “Oriental”- Enrique Granados
Los finales habían pasado para Ayna como la mariposa que huye de
una red. Gracias a su esfuerzo, los resultados habían sido más que
satisfactorios. El último viernes de clase, los padres de Ayna habían invitado
a Val a comer en una hamburguesería a modo de celebración.
-Yo sabía que la tercera pregunta era trampa. En el primer examen
que hicimos con ese profesor, nos puso una operación muy parecida. Menos mal
que salí a corregirla a la pizarra porque si no, no hubiera sabido hacer ese
ejercicio. –Val engullía su comida sin dejar de parlotear acerca del examen de
matemáticas. Las notas les llegarían en un par de días, y en cuanto las
tuviesen habían planeado pasar un fin de semana en la casa de playa de los
abuelos de Val. No iban a hacer una graduación como tal. Sabían que sus
compañeros habían alquilado un local para pasarse la noche bebiendo, pero eso
no iba con ellas. Lo máximo que harían sería despedirse de los que se cruzasen
al ir a recoger el boletín de notas. De todas maneras, al año siguiente tendrían que
seguir viéndose las caras con gran parte de ellos…
-Bueno Val, entonces vais a pasar de hacer turismo por el centro y
os vais a tirar todo el tiempo echadas en las tumbonas de la playa, ¿no? –preguntaba
el padre de Ayna mientras le ofrecía sus patatas fritas a su hija pequeña.
Ambas chicas asintieron con energía.
-¿Ayn por qué no puedo ir yo también? Me gusta mucho bucear y encontrar
conchas especiales. –Juls repartía las patatas que le había dado su padre entre
ella y su madre con una mueca de tristeza dibujada en sus labios.
-Porque a ti aún te queda mucho para acabar el instituto, y porque
seguro que con Eric aquí te lo pasas mejor que conmigo allí. –le explicó
mientras rechazaba las ya aplastadas patatas que le acercaba su madre. Observó
cómo su hermana alargaba el brazo, las cogía y se las metía en el bolsillo del
pantalón. «Para Eric», la escuchó
susurrar.
Por la tarde en casa de Ayna, las chicas se dedicaron a pensar qué
harían en la costa cuando estuviesen allí. Val le prometía que su pandilla de
amigos de la playa era estupenda, y que seguro que se llevarían bien con ella.
A Ayna no le hacía demasiada ilusión conocer a gente nueva, y menos en
vacaciones. En suma, detestaba ir a la playa, lo hacía para poder recuperar el
tiempo perdido de cuando Val se había encerrado en su dormitorio a estudiar.
Por suerte, serían dos días para desconectar del final de las clases, y en parte,
de su familia. Sus padres estaban nerviosos por el comienzo de la temporada
alta y el correspondiente aumento de los vuelos veraniegos, y su hermano Eric
aún estaba con sus exámenes y recuperaciones. Julia había acabado también el
cole, por lo que descargaba su energía correteando por toda la casa con Jack.
-Supongo que con las vacaciones dejarás de tener cansancio
acumulado, ¿verdad? –Ayna parpadeó un par de veces mirando a su amiga. No sabía
a qué se refería, hasta que recordó que había camuflado sus visiones como
cansancio cuando ella le había preguntado. De repente, Ayna sentía un extraño
peso invisible sobre sus hombros.
-Ah, eh… sí, eso espero –respondió con una risa nerviosa. Los
desvaríos no habían vuelto a aparecer desde aquel que le transportó al claro
del bosque el día que conoció a Roy. No había vuelto a pensar en eso porque en
la vorágine de su cabeza no había lugar para preocuparse por ellos. Posó la
mirada inconscientemente en la carpeta que tenía sobre su mesa de estudio. Ahí
estaban guardados los dibujos que había hecho sin darse cuenta semanas antes. Si
lo pensaba bien, no tenía por qué preocuparse. Igual eran sus ganas de vivir
algo especial… como sospechar que estaba siendo abducida por una tropa
alienígena.
-Bueno Ayn, me voy a ir yendo que mis primos vienen hoy a cenar y
estarán ya en casa alborotando. Vamos hablando, ¿vale? No hace falta que me
acompañes, me sé el camino. ¡Te quiero! –Val se despidió de ella con un abrazo
y abandonó su dormitorio. Ayna escuchó cómo se despedía animadamente de sus
padres y cómo la puerta de entrada se cerraba con delicadeza. En la soledad de
su habitación, fijó su vista en la carpeta donde guardaba los dibujos con la
sensación de que una abeja se había quedado atrapada en su cráneo y zumbaba
para poder salir. No sabía qué hacer con ellos. Algo dubitativa, se acercó a la
mesa y agarró la carpeta. Durante unos segundos, permaneció con ella en la mano
sin hacer nada, esperando que al abrirla estuviera vacía. Había comenzado a
respirar un poco más rápido. Por fin, se decidió a quitar las gomas de la
carpeta y se encontró de nuevo cara a cara con el dibujo de la torre. Lo
recorrió con la mirada varias veces, buscando una vez más entre sus recuerdos. Sin
embargo, esta vez hubo algo que sí fue capaz de reconocer. Una torre que
sobresalía de entre las copas de los árboles en un bosque… era exactamente el
mismo escenario que había visto en su última visión, justo antes de ser
empujada por Roy. Ahogó un grito de sorpresa. ¿Cómo era posible? Se sentó en la
cama para pensar con claridad. ¿Y si resultaba que sí que había estado allí de
pequeña, o había visto el lugar en alguna película o documental? Su padre dio
una voz desde la cocina pidiéndoles a sus hijas que fueran a ayudar con la
preparación de la cena. Con frustración, Ayna volvió a guardar los bocetos en
la carpeta y salió de su cuarto, algo mareada.
Días más tarde, Ayna ponía patas arriba su armario en busca de los
bañadores de verano que se llevaría a la playa. Su madre se había pasado el día
insistiéndole en qué hiciese la maleta con tiempo. Aún así, allí se encontraba
ella, a las once y media de la noche buscando ropa. Su móvil no dejaba de
vibrar, siendo el blanco de todos los mensajes que Val podía llegar a enviar en
unos pocos segundos. «Llévate abrigo que por la noche refresca», «mis amigos
están deseando conocerte», «cuando pruebes la paella de mi abuela vas a
flipar»…
-Mira que te lo llevo diciendo todo el día, hija. Tú como siempre,
tan desastre. –Ayna mostró sus dientes en una sonrisa culpable sin dejar de
sacar ropa de los cajones de su armario. – ¿A qué hora te ha dicho Valeria que
estés abajo mañana?
-A las diez y poco. Supongo que tardaremos una hora más o menos en
llegar. Me ha dicho que le hace ilusión parar a desayunar en algún bar de
carretera, así que puedo levantarme más tarde. –El bañador que llevaba largo
rato buscando apareció bajo una montaña de suéteres llenos de pelusas que la
chica había ignorado en cuanto hubieron aparecido en su campo visual.
-Llévate mucha crema, que tú con el acné tienes más peligro de
sufrir problemas en la piel. –Lena se había acercado a su hija y le sujetaba la
cara con las dos manos, examinándola con aire protector. Ayna intentó zafarse
pero fue incapaz. Su madre tenía una fuerza increíble, y resistirse podía
causarle incluso algún daño. Con las cejas formando una línea recta sobre sus
ojos, cogió las manos de la mujer y lentamente las apartó. Automáticamente, la
mirada de Lena recorrió la habitación como un felino que busca su presa.
-¡Mamá! Estaba yo tan tranquila aquí con la maleta y ha sido
llegar tú y no saber ya ni qué tenía que buscar. –gritó sofocada. Lena,
reprimiendo una carcajada, levantó las palmas de las manos y alzó las piernas
exageradamente para pasar por encima de la ropa, caminando hacia la puerta. La
chica no pudo esconder su sonrisa. Antes de cerrar la puerta, su madre le lanzó
un beso.
Aquella noche, Ayna volvió a tener problemas para quedarse
dormida. Con la excitación del viaje, el apremio de Val y los constantes
recordatorios de sus padres, no conseguía relajar la mente lo suficiente como
para dejarse llevar por el sueño. La última vez que miró su reloj, marcaba las
dos y media de la madrugada.
-Vamos, Ayn. Tienes que dormirte. ¿Quieres estar cansada mañana?
¿No, verdad? Pues a dormir. –se decía a sí misma.
Los minutos pesaban sobre ella como si las ovejas, en vez de
dejarse contar, se revelaran y comenzaran a hacer cabriolas en su dormitorio.
Los golpes de sus pezuñas impedían que Ayna no pudiese cerrar los ojos sin
sentir su cabeza retumbar. Algún que otro ovino se había atrevido a subirse a
la cama y pisotear el pecho de la muchacha. La paciencia de Ayna se estaba
agotando a cada pisotón que sentía. Tenía ganas de gritarle a aquellas
violentas ovejas que parasen de tratarle como si fuera un trozo de césped
marchito. Poco a poco, el cansancio mental se encargó de ir apagando los
músculos de su cuerpo uno a uno. Tuvo muchos sueños en la misma noche. Algunos
muy bizarros, otros demasiado aburridos. Sin embargo, uno de ellos provocó que despertase de un
sobresalto y con incómodos sudores.
-Juls, ve pensando qué pizza quieres que en cuanto vengan a recoger
a tu hermana nos vamos a comer fuera.
-Creo que no voy a ir a la
playa con Val –Lena y Darío miraron a su hija con los ojos bien abiertos y las
tostadas a medio centímetro de la boca.
-¡Cariño! ¿Y eso? ¿Te encuentras mal? –le preguntó su madre con
tono compasivo. Ayna cogió aire con fuerza por la nariz y asintió.
-Me he despertado con sensación de mareo, como si no tuviera
energía.
-Eso serán los nervios, Ayn. –La chica negó con la cabeza y apartó
el recién puesto bol de cereales. No mentía, realmente tenía mal cuerpo. Pero
no era su única motivación para tomar la decisión de quedarse en casa. Había
tenido un sueño que aún le impedía pensar con claridad.
Vivido en tercera persona, veía cómo sus padres y su hermana se
despedían de ella desde el balcón antes de marcharse a la playa. El coche de
los padres de Val se alejaba con ella misma dentro, saludando por la
ventanilla. Su familia entraba de nuevo en casa, y Ayna los seguía. Observó cómo
cogían sus bolsos y salían por la puerta riendo. Intentó seguirles, pero la
puerta se cerró en sus narices y se vio obligada a quedarse en el interior. De
pronto, un sofocante humo negro le cerró el campo de visión. Instintivamente,
aguantó la respiración. Al darse la vuelta, unas peligrosas llamas salidas del
cuarto de su hermana le rozaron el rostro. El techo del piso se venía abajo,
fundido con el calor del fuego.
-¿Estás segura? Llama a Val entonces. Tampoco te vamos a obligar…
-Su padre parecía preocupado. Ayna llamó a Val y estuvo largo rato intentando
hacerle comprender que se encontraba demasiado débil como para aguantar el
largo trayecto encerrada en un coche. Su amiga pareció ofendida por ello, pero
termino aceptándolo. A Ayna le hacía mucha ilusión la escapada, pero estaba
segura de que el nudo de su estómago le iba a impedir disfrutar al cien por
cien.
-¡Julia! ¿Qué te hemos dicho muchas veces de jugar con la cera de
las velas? Apaga esas ahora mismo, y ve con tu hermana.
Escena 6: Nailed It –Drum & lace, Ian Hultquist
Al día siguiente, Ayna decidió que le hablaría a Roy acerca de sus
idas y venidas de la realidad. Necesitaba contárselo a alguien, y tenía la
esperanza de que él le entendiera. El joven la escuchó como si lo que le
estuviera contando también le afectara, sin apartar sus inquietos ojos verdes
de ella.
–Increíble. ¡Son como dejá vu! Pero si dices que no recuerdas
haber estado en esos sitios… ¿qué demonios te pasa en la cabeza?- La chica rió
ante el comentario. Tenía razón, el problema era que ni ella misma sabía
siquiera si estaba exagerando. Se quedaron en silencio. Roy no dejaba de mirar
a su amiga, como esperando algo más.
-¿Qué?- le inquirió ella.
–Estoy esperando a que se te vaya la cabeza y entres en trance. Me
hace ilusión verlo.- Ayna no pudo contener una carcajada.
-Roy te lo he contado para que me digas tu opinión, no para que me
mires como si fuera un animal de circo.
-Vale, vale. Pues mi opinión es que tienes súperpoderes y que eres
capaz de teletransportarte a sitios que no existen. –La respuesta dejó perpleja
a Ayna.
-Chico, no me vale que metas en la opinión la influencia de los
cinco cómics de superhéroes que te lees al día. Esto es algo serio, podría
estar muriéndome o volviéndome loca. –Roy abrió mucho los ojos y sacó la lengua
de forma infantil.
-Podrían experimentar contigo. Igual te cayó un rayo cuando eras
un bebé, y por eso puedes ver cosas raras. O lo más probable es que te hayan
absorbido las muchísimas novelas de fantasía que te habrás leído a lo largo de
tu vida, como Don Quijote. Tú sueñas con irte a mundos fantásticos y yo duermo
con un pijama de Spiderman.
Val llevaba desde el día anterior sin responder a ninguno de los
mensajes de Ayna. Sabía que se había enfadado, y quién sabe si su cabeza
estaría maquinando con la idea de que Ayna hubiera rechazado ir con ella por
pasar tiempo con Roy. El joven estaba al tanto de la situación, y era el único
que de verdad creía a Ayna.
-Tuviste un sueño premonitorio, Ayn. Si te hubieras ido, muy
probablemente tu hermana se habría dejado encendidas esas velas, y al irse con
tus padres a comer, podrían haber quemado su habitación. Puede haber sido
casualidad, pero no lo creo –Las cartas yacían sobre la hierba, y la mano de Ayna
jugueteaba con un par de ellas. –Es algo diferente a lo que te ha estado
pasando últimamente, pero todo está en la misma línea.
-Roy, sé que piensas que pueden ser súperpoderes o algo de este
estilo, pero me preocupa que pueda ser algún tipo de esquizofrenia o enfermedad
mental. Mi hermano estudia psicología, y dice que es cosa del cansancio. Pero
cada vez que le intento sacar el tema, me evita. ¿Y si se ha dado cuenta que es
algo grave y sin cura, y por eso no me lo quiere decir? –Los ojos verdes de Roy
se mostraban ahora algo más tristes. El silencio se hizo de nuevo entre ambos.
Escena 7: The Lake-Laberinth
Ayna pasó el resto de la tarde flotando sobre el tiempo. Al llegar
a casa, sus padres ya tenían la cena preparada. Era lunes, sí, pero los
pensamientos de Ayna tenían un volumen tan alto que impedían que la joven
pudiese participar de forma adecuada en la vida familiar. Por primera vez en
mucho tiempo, pasó la cena en silencio. El cansancio había conseguido que ni
sus padres ni Eric se diesen cuenta del estado no presencial de su hija, aunque
los ojitos de Julia no se alejaban de ella.
Ya en la cama, Ayna se retorcía entre las sábanas tratando de
conciliar el sueño. Sus pensamientos revoloteaban por su mente sin descanso. El
calor tampoco ayudaba mucho a que Ayna pudiese quedarse dormida. Soltando un
suspiro de resignación, se colocó boca arriba dando patadas a las sábanas del
pie de su cama. Era inevitable que las visiones volvieran a su cabeza, así que
se rindió y dejó que la invadiesen. Habían sido dos las más evidentes, la del
bosque y la del pasillo de instituto, pero sabía que a veces soñaba despierta
hasta el punto de prácticamente desaparecer de la realidad, por lo que
seguramente habría tenido muchas más. La torre era lo que más le llamaba la
atención. Era el elemento común a los dibujos y las visiones, por lo que quizás
significaba más de lo que creía. ¿Y si era realmente una llamada del más allá?
¿O una señal de que se había reencarnado y esa torre era simbólica de su vida
anterior? ¿Y si, podía realmente provocar que volvieran a suceder? Cerró los
ojos con fuerza y se concentró en revivir las emociones que había sentido
cuando sucedieron las primeras visiones. Escuchaba a su corazón latir cada vez
más lento. Poco a poco sintió cómo su cuerpo dejaba de pesar y se elevaba sobre
el colchón. Estaba de nuevo en el pasillo de la primera vez. La luz era la
misma, la velocidad del tiempo también. Y por supuesto, la chica de ojos
oscuros la apremiaba con sus gestos a que la siguiese. Vamos, no lleguemos tarde. Esta vez, a Ayna le dio tiempo a
contestarle.
-¿Quién eres? –A la joven pareció no importarle la pregunta.
-Ayn, venga. –Sabía su
nombre. La había llamado por su apodo. ¿Quién demonios era? Se incorporó
golpeando la cama con la palma de la mano. Ahora respiraba mucho más rápido. Se
revolvió el pelo con las manos, tenía la frente empapada en sudor. Al menos,
había comprobado que los desvaríos eran reales y que podía manejarlos, o al
menos inducirlos. Quizás no eran más que exageradas imaginaciones realmente
provocadas por el cansancio… Volvió a dejarse caer hacia atrás, posando la
cabeza sobre la almohada. Respiró hondo un par de veces. Estaba intranquila,
pero la somnífera pesadez que le recorría el cuerpo parecía estar ganándole la
batalla a su pensamiento. El sueño se fue apoderando lentamente de ella hasta
que, por fin, se la llevó.
Una silueta masculina de la que solo se podían distinguir los ojos
azul eléctrico se acercó a Ayna y habló un idioma que no entendía. Susurraba
desde la gravedad de su voz, y giraba alrededor de ella con las manos en la
espalda. Unas alas de blancas plumas se dejaban ver tras de sus hombros, como
si de un ángel se tratara. Se encontraban en una especie de catedral
abandonada, repleta de vegetación y polvo. Ayna sentía que no era dueña de sus
acciones. Sus pies, independientes, avanzaban siguiendo al hombre alado. A su
paso iban apareciendo espejos que mostraban distintas personas cuyos rostros se
encontraban difuminados. De pronto, se vio encerrada por ellos. El hombre alado
se había sentado en el suelo, y actuaba como un niño pequeño que apenas sabe
andar. Por fin, Ayna sintió que los movimientos eran suyos. Conscientemente,
giró sobre sí misma, buscando una salida. Poco a poco, los espejos comenzaron a
sufrir extraños cambios. Algunos se rompían, otros desaparecían. Ardían, se
congelaban, dejaban de reflejar o deformaban la realidad. Las personas que
aparecían dudosamente reflejadas la señalaban a ella. Ayna se acercó a uno de
ellos, el que más normal parecía. La sensación nerviosa que la invadía
desapareció conforme se acercó al cristal. Con cierta somnolencia, alargó un
brazo y posó la palma de su mano sobre la fría superficie del espejo. Su
reflejo, ahora claro, le devolvió el gesto. Tras unos segundos de quietud, la
Ayna del otro lado subió la cabeza y señaló hacia arriba con un dedo. Una gran
escalera de caracol se erguía sobre sus cabezas, esqueleto y sostén de una ya
familiar torre. Tímidos rayos de sol se colaban sin permiso a través de varias
ventanas de pequeño tamaño. Embelesada hasta el punto de olvidarse de respirar,
Ayna despertó tosiendo con fuerza sobre su almohada. Se incorporó en la
oscuridad y se llevó una mano al pecho. Una terrible necesidad de salir
corriendo le tensaba las piernas. El corazón le latía a una velocidad
preocupante, y una sensación terrible de despersonalización le impedía escapar
del sueño completamente. “Ya está”,
se dijo. “Solo ha sido un sueño”.
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